Medidas alcaldicias en el carnaval tableño
Con buen tino, el alcalde de Las Tablas dictó un decreto destinado a recaudar fondos de los asistentes a los actuales carnavales para restaurar la ciudad al terminar las fiestas y para controlar los excesos. Quienes conocen la magnitud desmesurada que adquieren estas actividades saben el enorme precio que paga la pequeña y acogedora población al concluir las mismas.
Digámoslo claro. Las Tablas queda convertida en un inmenso basural y orinal, del que no se salvan sus edificios públicos y monumentos, calles, aceras y edificaciones privadas, fuera de la destrucción de sus obras de ornato y jardines. ¿Quién paga la fiesta?
No es posible que se deje a un municipio de muy escasos recursos la pesada tarea de reconstruir virtualmente Las Tablas luego de la ruina en que queda convertida al recibir medio millón de visitantes, en un pueblo que normalmente no llega a cien mil almas.
Igual de certera es la iniciativa de regular que no se canten insultos entre las tradicionales tunas, ni se arrojen objetos que puedan dañar a quienes participen de las celebraciones. El año pasado, por ejemplo, los mentores de una de las soberanas, acusaron haber sido víctimas del arrojo de objetos pesados y otros de mal gusto.
Hay que procurar elevar la seguridad y adecentar el carnaval tableño, que es el mejor del país, y que cada año genera grandes recursos económicos en términos de turismo interno. El potencial de estas fiestas y la capacidad promocional del evento es infinita. Pero los tableños y sus autoridades deben hacer un esfuerzo mayor para canalizar toda esa energía y fuente de recursos.
La idea, pues, es buena y debe mejorarse. Hay mucha gente y empresas que lucran grandemente de estas fiestas. Y hay otras que disfrutan de ellas a lo grande. Todas tienen que aportar y pagar por ellas. Se debe procurar en consecuencia, sacar máximo provecho social de ellas, en términos de impuestos y recursos que redunden en beneficio del ornato y obras sociales de un pueblo que se lo merece porque se da todo. Hay que apoyar más a las tunas que son las que realmente hacen el espectáculo. Y hay que cobrar, y cobrar bien, porque la grandiosidad y el lujo del carnaval tableño lo merecen.
Digámoslo claro. Las Tablas queda convertida en un inmenso basural y orinal, del que no se salvan sus edificios públicos y monumentos, calles, aceras y edificaciones privadas, fuera de la destrucción de sus obras de ornato y jardines. ¿Quién paga la fiesta?
No es posible que se deje a un municipio de muy escasos recursos la pesada tarea de reconstruir virtualmente Las Tablas luego de la ruina en que queda convertida al recibir medio millón de visitantes, en un pueblo que normalmente no llega a cien mil almas.
Igual de certera es la iniciativa de regular que no se canten insultos entre las tradicionales tunas, ni se arrojen objetos que puedan dañar a quienes participen de las celebraciones. El año pasado, por ejemplo, los mentores de una de las soberanas, acusaron haber sido víctimas del arrojo de objetos pesados y otros de mal gusto.
Hay que procurar elevar la seguridad y adecentar el carnaval tableño, que es el mejor del país, y que cada año genera grandes recursos económicos en términos de turismo interno. El potencial de estas fiestas y la capacidad promocional del evento es infinita. Pero los tableños y sus autoridades deben hacer un esfuerzo mayor para canalizar toda esa energía y fuente de recursos.
La idea, pues, es buena y debe mejorarse. Hay mucha gente y empresas que lucran grandemente de estas fiestas. Y hay otras que disfrutan de ellas a lo grande. Todas tienen que aportar y pagar por ellas. Se debe procurar en consecuencia, sacar máximo provecho social de ellas, en términos de impuestos y recursos que redunden en beneficio del ornato y obras sociales de un pueblo que se lo merece porque se da todo. Hay que apoyar más a las tunas que son las que realmente hacen el espectáculo. Y hay que cobrar, y cobrar bien, porque la grandiosidad y el lujo del carnaval tableño lo merecen.