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Meditaciones de noviembre


No puedo dejar pasar noviembre sin recordar su simbolismo dentro del calendario nacional pues, desde que llegaron los españoles a suelo istmeño hasta la reversión del Canal a manos panameñas, se han producido una serie de sucesos que han ido forjando lentamente nuestra vocación de pueblo soberano.
Vale la pena tener presente que fue en las costas del Darién donde los conquistadores europeos vieron el Pacífico por primera vez. También es necesario mantener vivo en la memoria que de allí zarparon las hordas que exterminaron, más por codicia que por propagar la fe, a esas culturas milenarias que se hallaban hacia el Sur.
Luego apareció Portobelo, aduana que fiscalizaba los envíos de las riquezas al viejo continente y donde celebraron ferias memorables que aglutinaban, tanto a gente noble y buena, como a piratas y otras alimañas que deambulaban por el mar.
Así fuimos madurando poco a poco en nuestro andar. El 28 de noviembre de 1821 nos independizamos de España y los sueños de Bolívar cuajaron en nuestro suelo. Casi de inmediato nos integramos a la Gran Colombia. Se celebró entonces un gran congreso en Panamá y nos proclamaron la capital del mundo, los seguidores de aquella quimera hermosa.
Al morir el Libertador se desbancó la alianza. Nuestro país quedó adherido a la vecina República de Colombia por más de 80 años. Entre intentos separatistas apareció un ferrocarril de oro, mientras los franceses fracasaban en su afán de unir los dos océanos.
Volvió este sublime mes a jugar un papel importante en nuestra historia. El 3 de noviembre de 1903 nos separamos del país vecino. Entonces, la infanta república firmó apresurada un pacto absurdo con el titán del Norte para construir un canal por nuestra tierra. Se terminó la obra cuando comenzaba la primera guerra, a la vez que nacía una relación dispareja y prepotente que hizo crisis en aquellos tristes días de enero de 1964.
Ese esfuerzo de muchos panameños por mejorar nuestras condiciones ante la desigualdad existente, al igual que forjar solos nuestros sueños e ilusiones, culminó el mediodía del pasado 31 de diciembre de 1999. Desaprovechar tan extraordinaria coyuntura ó negarnos por temor la oportunidad de ser dueños de nuestro destino, es la mayor lesión que le podemos infringir a las generaciones presentes y aquellas por venir.
Por eso hoy, cuando empieza a desvanecerse otro noviembre, espero que germine fuerte la tolerancia y el respeto entre nosotros. Mal podremos construir nuestro futuro si en el país continúa vagando el fantasma de la envidia y el horror del egoísmo. La verdad absoluta - ese ensueño peligroso que nos contagia con su malsano orgullo - debe darle paso a la avenencia razonada para solventar así los muchos problemas que aquejan a la República de Panamá.
La ausencia de todo aquello agrava a diario el abismo dentro de los estratos que componen nuestra gente. Esa tensión innecesaria ha producido una brecha sin sentido, y cuyo fruto único ha sido la aparición de un deterioro generalizado junto a una violencia ajena a nuestras costumbres de antaño.
Es hora de aunar fuerzas para apoyar unidos las genuinas causas nacionales. El tiempo pasa apresurado y junto a él las infinitas oportunidades que quedaron a nuestro arbitrio hace ya más de diez meses.
Quizás esta vez, y luego que terminen los desfiles, tambores y cornetas, decidamos los panameños todos dirigir nuestros esfuerzos para afrontar con dignidad los retos de ese nuevo mundo que nos aguarda en el siglo XXI.

101 años de Panamá América

 
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