Mejores días para nuestras universidades
Los rectores de las universidades locales han decidido hacer un alto en el camino y "determinar las carreras prioritarias para el desarrollo nacional" (La Prensa, 29 de noviembre, 2000). Esta es una aspiración que, de acuerdo a las expectativas de cada quien, puede ser una empresa titánica con grandes consecuencias para el desarrollo de la educación panameña o un estudio más que se archiva y se cita en los discursos de graduación.
Quiero ver esta iniciativa del Consejo de Rectores de Panamá como el primer paso hacia una evaluación del desempleo de nuestras universidades. Un gran debate que genere el círculo virtuoso en el que las universidades se mejoren a sí mismas y con ello se cree el efecto multiplicador de hacer crecer a una cada vez más y mejor educada sociedad, que a su vez sea más productiva y que mejore la calidad de vida de todos los ciudadanos.
¿Utopía? Quizás. Especialmente cuando nuestra educación superior muestra claros síntomas de deterioro y se reconoce que las universidades no están jugando el gran papel de ser el motor del desarrollo nacional y generación del conocimiento. Creo que los rectores han dado un paso importante al reconocer que la percepción de la gente común y corriente es que las universidades se encuentran distantes de las necesidades y objetivos nacionales, entendidos como aquellos que alinean la creación y diseminación del conocimiento con transformaciones efectivas de las condiciones en que vive la gente, de cómo se relacionan socialmente los individuos y cómo se engrandece culturalmente y científicamente el país.
Priorizar los campos para los que deben proveerse carreras es un elemento esencial en el quehacer universitario pero quedan retos en temas fundamentales como la calidad comprobada de la educación que ofrecen, su viabilidad/rentabilidad económica y el fortalecimiento de sus misiones esenciales: Enseñar, investigar y distribuir conocimiento, democratizándolo, haciéndolo accesible a los universitarios y no universitarios.
Por ello surgen toda clase de preguntas: ¿Están cumpliendo las universidades panameñas con la función principal de crear y difundir conocimiento? ¿Tienen nuestras universidades los mejores profesores y estudiantes para lograr un aprendizaje efectivo y eficiente? ¿Estamos siendo rigurosos con la selección de los profesores? ¿Cuál es el porcentaje de docentes con grado de doctor? ¿Cuántos han estudiado en universidades extranjeras? ¿Cuán frecuentemente actualizan los profesores su metodología? ¿Los estamos evaluando y retroalimentando? ¿Cuán exigentes son los procesos de admisión de nuevos estudiantes? ¿Qué haremos con masificación? ¿Participan los estudiantes en el debate académico e investigan profusamente o son simples convidados de piedra que asisten sólo para obtener un diploma? ¿Están los alumnos exigiendo profesores de altura y que excedan los mínimos o son estrictos discípulos de la ley del menor esfuerzo? ¿Cuentan las universidades con los recursos materiales para garantizar buenas clases, buena investigación y buena extensión? ¿Están nuestros profesores investigando e innovando en temas nacionales? ¿Están llevando sus resultados a la academia? ¿Están "llegando" a la gente común y corriente? ¿Cómo estamos evaluando el desempeño de nuestras universidades en términos de calidad y aporte nacional? ¿Está nuestra educación orientada hacia los valores de nuestra sociedad, una de democracia y participación?.
No tengo las respuestas para estas y otras muchas interrogantes, pero sí la certeza de que el Consejo de Rectores tiene mucho trabajo por delante en el análisis y, aún más, en su responsabilidad intransferible de enrumbar efectivamente la educación universitaria panameña. Señores Rectores: ¡No se queden cortos en esta empresa!.
Quiero ver esta iniciativa del Consejo de Rectores de Panamá como el primer paso hacia una evaluación del desempleo de nuestras universidades. Un gran debate que genere el círculo virtuoso en el que las universidades se mejoren a sí mismas y con ello se cree el efecto multiplicador de hacer crecer a una cada vez más y mejor educada sociedad, que a su vez sea más productiva y que mejore la calidad de vida de todos los ciudadanos.
¿Utopía? Quizás. Especialmente cuando nuestra educación superior muestra claros síntomas de deterioro y se reconoce que las universidades no están jugando el gran papel de ser el motor del desarrollo nacional y generación del conocimiento. Creo que los rectores han dado un paso importante al reconocer que la percepción de la gente común y corriente es que las universidades se encuentran distantes de las necesidades y objetivos nacionales, entendidos como aquellos que alinean la creación y diseminación del conocimiento con transformaciones efectivas de las condiciones en que vive la gente, de cómo se relacionan socialmente los individuos y cómo se engrandece culturalmente y científicamente el país.
Priorizar los campos para los que deben proveerse carreras es un elemento esencial en el quehacer universitario pero quedan retos en temas fundamentales como la calidad comprobada de la educación que ofrecen, su viabilidad/rentabilidad económica y el fortalecimiento de sus misiones esenciales: Enseñar, investigar y distribuir conocimiento, democratizándolo, haciéndolo accesible a los universitarios y no universitarios.
Por ello surgen toda clase de preguntas: ¿Están cumpliendo las universidades panameñas con la función principal de crear y difundir conocimiento? ¿Tienen nuestras universidades los mejores profesores y estudiantes para lograr un aprendizaje efectivo y eficiente? ¿Estamos siendo rigurosos con la selección de los profesores? ¿Cuál es el porcentaje de docentes con grado de doctor? ¿Cuántos han estudiado en universidades extranjeras? ¿Cuán frecuentemente actualizan los profesores su metodología? ¿Los estamos evaluando y retroalimentando? ¿Cuán exigentes son los procesos de admisión de nuevos estudiantes? ¿Qué haremos con masificación? ¿Participan los estudiantes en el debate académico e investigan profusamente o son simples convidados de piedra que asisten sólo para obtener un diploma? ¿Están los alumnos exigiendo profesores de altura y que excedan los mínimos o son estrictos discípulos de la ley del menor esfuerzo? ¿Cuentan las universidades con los recursos materiales para garantizar buenas clases, buena investigación y buena extensión? ¿Están nuestros profesores investigando e innovando en temas nacionales? ¿Están llevando sus resultados a la academia? ¿Están "llegando" a la gente común y corriente? ¿Cómo estamos evaluando el desempeño de nuestras universidades en términos de calidad y aporte nacional? ¿Está nuestra educación orientada hacia los valores de nuestra sociedad, una de democracia y participación?.
No tengo las respuestas para estas y otras muchas interrogantes, pero sí la certeza de que el Consejo de Rectores tiene mucho trabajo por delante en el análisis y, aún más, en su responsabilidad intransferible de enrumbar efectivamente la educación universitaria panameña. Señores Rectores: ¡No se queden cortos en esta empresa!.