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Memorias de Don Sabino


Es difícil poder resumir en unas líneas la gran amistad que pudo existir entre un niño y su caballo, pues con el pasar de los años, ese niño se va disipando y la realidad lo lleva a otras motivaciones; pero siempre queda el gran recuerdo nuestra mascota y amigo. Nunca tuve una bicicleta, así que “Sabino” vino a ser mi transporte oficial, justo cuando yo tenía 6 ó 7 años; para esa época iniciaba mis estudios en la escuela primaria de Llano Largo, un pequeño pueblito al lado de La Villa de Los Santos, de donde es oriunda Rufina Alfaro, promotora del Grito de Independencia del 10 de noviembre. Se lo compramos a un señor de nombre Sabino, y el caballo era ideal para mí: era pequeño, regordete, algo brioso y de color chocolate claro; además, tenía una cualidad que al momento de comprarlo no lo sabíamos, y es que no podía ver una yegua, pues inmediatamente se ponía inquieto, comenzaba a relinchar, se movía de lado y le mostraba a los curiosos que no necesitaba viagra. A parte de eso, yo me iba directamente al suelo y Sabino justo a su Dulcinea. El otro jinete tenía que arreglárselas, ya que de repente se le caía una situación embarazosa.
Por ello, Sabino tuvo muchos hijos y en muchas ocasiones también lo dimos por desaparecido, debido a que se salía del potrero detrás de sus amores, los cuales la mayoría de las veces era a primera vista. Hoy me pregunto si Sabino tendría algún defecto en su núcleo amigdalino, en el lóbulo temporal de su cerebro. Sin embargo, lo que siempre recuerdo, fuera de lo que les he contado, es la sensación de libertad que sentía cuando corría a todo galope a pelo por la carretera que iba de la finca de Los Sanjones (de mis bisabuelos maternos), la cual queda al lado de cerro El Barco. La emoción de venir a toda velocidad y ganarme al carro donde iban mi papá y mi hermano, me causaba gran satisfacción, especialmente cuando el viento chocaba contra mi rostro y apenas podía abrir mis ojos. Esa vivencia quedaría grabada en mi ser y hoy, a pesar de los años transcurridos, la sigo sintiendo.
El tiempo pasó y cuando me tocó viajar a la ciudad capital a estudiar medicina, dejé atrás a mi amigo, y ya no tendría que ir a ordeñar ni a encerrar a los terneros en el corral para luego ir a cargar la leche.
Otra cosa que recuerdo de Sabino es que en los meses de verano cuando iba a darle agua al ganado, él solito arreaba las vacas y estaba alerta para que entraran por la puerta a su regreso de la quebrada.
En cierta forma cuando analizo mi vida, parte de la personalidad de ese caballo yo la incorporé a la mía. Tal como él, en mis años mozos, fui enamoradizo; pero de ese tema hablaremos en otra ocasión, ya que lo que hoy les quiero recalcar es la importancia de la amistad entre una persona y un animal. En este caso, un caballo llamado Sabino, conociendo que habrá muchas historias similares para nunca acabar, como la “Historia sin fin” en la que Atreyus y su perro volador, tuvieron muchas aventuras que contar.
Luego, con el tiempo, cuando ya había finalizado mis estudios y venía a casa a pasar el fin de semana, me encontraba a Sabino a la orilla del camino o en la cima de un loma colindante con el cerro Barco, mirando hacia el mar. Quién diría que yo, después de muchos años, viviría por los rumbos del “Rompío”, quizás en parte para sentir es sensación de libertad que representa vivir a la orilla del mar, y así poder ver cómo mis hijos disfrutan del ambiente que los rodea, cosa que yo siempre añoré de muchacho; y aún en los meses de verano, continuamos encampanando las cometas para dejarlas toda la noche bajo el cielo estrellado de una noche playera.
No obstante, ya Sabino se ha ido, y tal vez su alma volvió junto al rebaño de caballos, pero su recuerdo queda en mi corazón, que a veces es el corazón del niño que todos llevamos por dentro.

101 años de Panamá América

 
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