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Mensaje de una madre




Periodista

En aquella modesta residencia repiqueteaba el teléfono insistentemente y de manera misteriosa. Al fin alguien tomó el aparato para atender lo que parecía ser una llamada urgente.- Escribe lo que te voy a dictar -dijo claramente una voz a través del auricular- y no pierdas nada de lo que te diga.
Así lo haré. -dijo con voz de espanto la mujer que atendía, y que no era otra que la empleada doméstica de dicho hogar. Bueno, esto es... -exclamó la también misteriosa voz, y prosiguió así: -Muchos años hacen que llevo ya de muerta, alejada del mundo de los vivos para siempre. ¡Sí, para siempre! La muerte coarta toda posibilidad de volver, pues el infinito abismo que nos separa de los mortales está concebido de designios misteriosos, al menos para pasarlo y hacernos visibles a vuestros ojos. Sólo se nos permite de tiempo en tiempo que se oiga allá nuestra voz para expresar algo muy deseado. Por medio de este mensaje quiero que mi idolatrado hijo Rafael sepa con seguridad que después de tantos años de muerta, he seguido viviendo al igual que viven todos los que acá están separados de sus cuerpos. Allá nada soy más que cenizas, polvo solamente como si nunca hubiera sido. Sin embargo, sigo viéndole y pensando cuánto le quise y sigo queriéndole...
El mensaje proseguía, lento y majestuoso.
...desde que vine de vuestro mundo he intentado ser visible a él, pero eso no puede ni podrá ser jamás porque es una ley eterna de este mundo invisible de las almas. Hoy deseo decirle a mi hijo querido tantas cosas a fin de que no me olvide nunca en sus pensamientos, pues la soledad es espantosa en nosotros cuando alguien de allá nos olvida para siempre. Hijo mío, quiero que sepas que estoy juzgada, que presiento dónde voy, pero que todavía no he realizado ese otro viaje... Mi alma te ve constantemente, hijo adorable, como a través de una visión potente y maravillosa, una visión incomparable y tierna. Hubo un silencio largo y profundo. El monólogo se reanudó casi a susurros.
Hijo, deseo que ajustes todas tus acciones, todas tus obras al verdadero bien y a los mandamientos de la Ley Divina, no sea que después te arrepientas cuando ya no hay remedio para alcanzar la bienaventuranza de los justos. Hoy, cuando nos invocan allá con motivo del Día de las Madres, te digo estas cosas que no son muchas, porque no está en nosotros revelar lo que quisiéramos porque un poder extraordinario nos lo impide. La que escribe este mensaje está aterrada y sus ojos están vidriosos. Parece que va a desmayarse... Voy a dejarla, y mis labios se cerrarán para siempre. No volverás a recibir ningún otro mensaje. Pero eso sí, estaré pendiente de tu partida para acá... El cielo y yo te bendecimos. Adiós, hijo de mi alma...
Muchos mensajes así se han recibido alrededor del mundo. Si realmente ellos han sido auténticos no lo podremos comprobar, pero fenómenos similares han sido aceptados como verídicos por los entendidos en cosas del más allá. Y yo me pregunto, ¿quienes tenemos muertas a nuestras madres, habremos recibido algún tipo de mensaje similar? ¿O por casualidad, sordos y sumergidos en el siempre horrible mar de la soberbia, en placeres, pasatiempos, distracciones y festines, habremos dejado pasar la ocasión en que sus palabras llegan a nosotros? Hay conciencias y conciencias...¡cada cual con la suya!


101 años de Panamá América

 
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