Mensaje a los políticos
Todavía no comprendo el juego y el rejuego político que tenemos los panameños. No es la primera vez que escribo sobre el particular; con decepción veo que cae en oídos sordos o, lo que es peor para mí, no leen mis artículos que tanto me cuesta escribir. No es fácil escoger un tema, que debe ser de actualidad, que debe atraer a los lectores, a los que programan la página de opinión a ver dónde lo colocan y luego desarrollarlo especialmente para quienes me leen, para llegarles con los mensajes que envío y que hicieran cambiar algunas cosas en el país.
Pero, veo con preocupación que, a pesar de hacer llamados a los políticos y yo lo soy también, para llevar a cabo una verdadera reconversión en la manera de pensar, de actuar, de desarrollarse como tales y, sobre todo, de la manera de ver las diferentes situaciones para cambiar el concepto que el resto de la sociedad tiene de nosotros. Pareciera que sólo nos interesa el interés personal y no el del país; que pensáramos en sacar provechos individuales de las posiciones que ocupamos como políticos en vez de crear situaciones para mejorar la posición económica de nuestros asociados.
Sin embargo, más peligroso que la indiferencia y el poco me importa, es el comportamiento entre nosotros y con los demás. Si hablamos de los adversarios, nos referimos a ellos como enemigos, con insultos, con palabras fuertes que hacen de nuestro idioma un léxico soez e insultativo. No vemos en esos adversarios lo positivo que pudieran aportar a la sociedad; todo es negativo y criticable. Me pregunto por qué somos intolerantes e irrespetuosos. Por qué la deshonestidad no nos permite reconocer lo positivo de las actuaciones de esas personas.
No es posible hallar siempre en los del gobierno, lo que no nos gusta. Esto nos lleva a ser permanentes opositores ya que, desde la oposición es más fácil criticar y en este campo existen varios de ellos. Si llegan al poder, abusan del mismo; pero, llega un momento en que se empalagan del mismo porque no pueden criticarse a ellos mismos y se ven obligados a ser oposición por antonomasia.
La sociedad nos mira con expectativa a ver qué hacemos los políticos y, cuando no somos capaces de ponernos de acuerdo y llevar al país por el sendero de la paz y la comprensión, los ciudadanos nos recriminan lo bueno y lo malo en el mismo plano. No saben distinguir lo uno de lo otro y acusan a los políticos por todos los males que viven, aún los personales. Un día, ejerciendo mi profesión de médico, me llegó un niño atorado con una pepa de mamón que pudimos extraer. Recordamos que, hacía una semana, la misma señora había llevado a otro hijo en iguales circunstancias y le recriminamos; nos respondió que el municipio era el culpable por no tumbar el árbol.
Mientras los políticos nos metamos en un mundo de insultos, de corrupción, de anteponer intereses personales, no lograremos el respeto de esa sociedad que, a la larga nos juzgará y nos pasará la cuenta por nuestras actuaciones. No somos perfectos; pero, es necesario reconvertirnos y hacer de nuestra vida una circunstancia de honestidad, de respeto, de disciplina. No podemos permitir a los legisladores, principales representantes del poder político, actuar como lo hacen. Mientras uno de ellos hace una intervención, los demás hablan entre sí o por celular o se levantan sin tener la educación de escuchar lo que se esfuerza en presentar su colega. Pareciéramos haber descendido a una escala tal que no nos permite un comportamiento digno, una actuación de acuerdo a nuestros valores, los cuales pareciera que hemos perdido. Ser político no significa ser pervertido. Ser político conlleva mucha responsabilidad, sobre todo ante la faz del país. Ser político también implica tener ética, respeto, un comportamiento honesto. Ser político nos indica que manejamos el destino de la patria porque el poder lo ejercen los políticos y para esto se necesita preparación, conocimiento y responsabilidad de estadista y no de corrupto. Abramos los ojos antes de perder nuestro terreno.
Pero, veo con preocupación que, a pesar de hacer llamados a los políticos y yo lo soy también, para llevar a cabo una verdadera reconversión en la manera de pensar, de actuar, de desarrollarse como tales y, sobre todo, de la manera de ver las diferentes situaciones para cambiar el concepto que el resto de la sociedad tiene de nosotros. Pareciera que sólo nos interesa el interés personal y no el del país; que pensáramos en sacar provechos individuales de las posiciones que ocupamos como políticos en vez de crear situaciones para mejorar la posición económica de nuestros asociados.
Sin embargo, más peligroso que la indiferencia y el poco me importa, es el comportamiento entre nosotros y con los demás. Si hablamos de los adversarios, nos referimos a ellos como enemigos, con insultos, con palabras fuertes que hacen de nuestro idioma un léxico soez e insultativo. No vemos en esos adversarios lo positivo que pudieran aportar a la sociedad; todo es negativo y criticable. Me pregunto por qué somos intolerantes e irrespetuosos. Por qué la deshonestidad no nos permite reconocer lo positivo de las actuaciones de esas personas.
No es posible hallar siempre en los del gobierno, lo que no nos gusta. Esto nos lleva a ser permanentes opositores ya que, desde la oposición es más fácil criticar y en este campo existen varios de ellos. Si llegan al poder, abusan del mismo; pero, llega un momento en que se empalagan del mismo porque no pueden criticarse a ellos mismos y se ven obligados a ser oposición por antonomasia.
La sociedad nos mira con expectativa a ver qué hacemos los políticos y, cuando no somos capaces de ponernos de acuerdo y llevar al país por el sendero de la paz y la comprensión, los ciudadanos nos recriminan lo bueno y lo malo en el mismo plano. No saben distinguir lo uno de lo otro y acusan a los políticos por todos los males que viven, aún los personales. Un día, ejerciendo mi profesión de médico, me llegó un niño atorado con una pepa de mamón que pudimos extraer. Recordamos que, hacía una semana, la misma señora había llevado a otro hijo en iguales circunstancias y le recriminamos; nos respondió que el municipio era el culpable por no tumbar el árbol.
Mientras los políticos nos metamos en un mundo de insultos, de corrupción, de anteponer intereses personales, no lograremos el respeto de esa sociedad que, a la larga nos juzgará y nos pasará la cuenta por nuestras actuaciones. No somos perfectos; pero, es necesario reconvertirnos y hacer de nuestra vida una circunstancia de honestidad, de respeto, de disciplina. No podemos permitir a los legisladores, principales representantes del poder político, actuar como lo hacen. Mientras uno de ellos hace una intervención, los demás hablan entre sí o por celular o se levantan sin tener la educación de escuchar lo que se esfuerza en presentar su colega. Pareciéramos haber descendido a una escala tal que no nos permite un comportamiento digno, una actuación de acuerdo a nuestros valores, los cuales pareciera que hemos perdido. Ser político no significa ser pervertido. Ser político conlleva mucha responsabilidad, sobre todo ante la faz del país. Ser político también implica tener ética, respeto, un comportamiento honesto. Ser político nos indica que manejamos el destino de la patria porque el poder lo ejercen los políticos y para esto se necesita preparación, conocimiento y responsabilidad de estadista y no de corrupto. Abramos los ojos antes de perder nuestro terreno.