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Mensajero y mensaje


En el marco de la comunicación entre partes, conviene tener en cuenta quién constituye el proveedor de la información y quién en el receptor. De igual manera, es importante lo que se transmite, por cuanto que su contenido producirá efectos adversos o bien positivos, dependiendo a quien se dirija el mensaje.

En el caso que nos ocupa, y que ha cobrado notoriedad, pareciera que lo que importa es el mensajero, David Murcia, y, en segundo lugar, el destinatario; es decir, la comunidad y luego el recado. Se ha pretendido descalificarlo sobre la base de su condición de prisionero, como si se tratara que la verdad es privativa de los libertos, y que la mentira es condición consustancial del delincuente. Es necesario meditar -como se sugería alguien- sobre eso de que era posible que en el mundo de los locos existieran muchos cuerdos y en el de los cuerdos se encontraran muchos locos.

Lo importante es que las manifestaciones del prisionero han sido dirigidas a la clase política, y especialmente, a personeros del oficialismo. Si al final las pesquisas realizadas por las instancias pertinentes muestran que no había veracidad en sus señalamientos, el daño a los políticos panameños es innegable; e igualmente ocurriría si se demuestra que la relación era efectiva y, peor aún, si se dio sobre la base de una participación económica para recibir la consiguiente correspondencia en razón del negocio efectuado. Es que como dijera en una ocasión Alberto Quiróz Guardia, que para ser político había que ser honesto; y más propiamente, Sebastián Aguilar Vallejos (q.e.p.d), que el hombre público y el político deben estar más allá de toda duda.

Desafortunadamente, sectores interesados de la sociedad panameña han pretendido ponderar las caracterizaciones psíquicas del mensajero, como una vía para la descalificación sin detenerse con la aconsejada serenidad a valorar su mensaje. Han preferido optar en el estrecho análisis a ver la persa y su supuesta intención, y no el contenido. Es que el prisionero pareciera querer poner en evidencia las escabrosidades del poder, los intereses sectarios y politiqueros, y los clandestinos manejos que pudieran hacerse en la soledad que muchas veces es cómplice de lo que ocurre. Y frente a todo lo que hoy tiene en zozobra a la sociedad porque se trata de los hombres y mujeres que deberán dirigir la cosa pública, también sectores bien definidos han pretendido dirigir sus censuras a la prensa panameña, y han llegado sin desparpajos a responsabilizarla del manejo que han definido como sensacionalista y novelesco, en un afán de minimizar, desviar y ocultar lo que se ha convertido en uno de los casos repugnante que ha tocado las entrañas de la “casta política”.

Los temores, han llegado hasta proponer que no se diga más nada, y que la prense se silencie. Bien decía Cursio Malaparte, que sin libertad de expresión cualquiera puede gobernar una nación.

El país decente sigue con atención lo que se presente sobre este caso, independientemente de quien o quienes produzcan la información.

101 años de Panamá América

 
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