Metafísica de la rosca
LO SINGULAR es que, siendo Panamá una nación tan chiquita y relativamente joven, algunos compatriotas hayan elevado sus récords de colusión y componenda a niveles sorprendentes, ejerciendo estos vicios como quien se dedica devota y magistralmente a perfeccionar su talento en alguna de las bellas artes.
En nuestra sociedad pobre y atrasada, pergeñada por antivalores, la confabulación viciosa se ha ido convirtiendo en una avenida "lícita" para trepar social y profesionalmente, bajo eso que el filósofo suizo Alain De Botton llama "la enfermiza ansiedad por el status". En diversos entornos, los principios y los valores personales se han ido efectivamente a la porra y sólo son adornos para la retórica pública, para la hipocresía y la figuración. Al oportunismo se le dice hoy "ser práctico". Al cinismo, "ser pragmático". Mucho de la culpa por esta debacle moral la tienen ciertas corporaciones promotoras del oportunismo y de la corrupción: las roscas. Y en Panamá hay para todo: políticas, empresariales, gremiales, deportivas, culturales, etc. Como ejemplo, hablaré de una que conozco bien, pero que casi nadie se atreve a nombrar (por miedo a las consecuencias): la rosca académica, que malvive de aquello que tiene que ver con el entorno educativo, científico y profesional, aunque últimamente también extiende sus apéndices hacia ramas nuevas y muy lucrativas, como el ambiente.
Esta "pandilla" opera como una cerrada cofradía, con tentáculos muy metidos en algunas universidades, en instituciones gubernamentales, en fundaciones y ONGs acomodaticias de diversa naturaleza y hasta en las oficinas locales de varias agencias internacionales. Prospera, gracias a que sabe ubicar muy bien a su gente, según los vaivenes de la política. Cuando sus miembros están temporalmente en oposición (o sea, fuera de la papa), se les asignan misiones de asesoría muy bien pagadas (inclusive, pagadas por el mismo gobierno que adversan), se les fabrican cátedras o cargos hechos a la medida, se les otorgan consultorías jugosas a través de organismos internacionales (sin mediar concursos de nada), etc.. Cuando cambia el gobierno, todos corren a tomar posesión de la cosa pública, reocupando puestos burocráticos sustanciosos en ministerios, entes autónomos, consulados o notarías. Este ciclo nunca se detiene, ya que los afiliados a la rosca medran bajo el gobierno que sea.
En esta rosca hay de todo, como en botica: gente capaz, pero moralmente comprometida con las prácticas deshonestas de la rosca; gente que alguna vez demostró alguna capacidad pero que desde hace mucho tiempo no hace nada que valga la pena y malvive de sus viejas glorias; gente que siempre ha sido incapaz y farsante, pero que sabe vender una imagen mercadotécnica, vacía de sustancia intelectual; y hasta gente cuya única cualidad es saber sonreír y caerle simpática a los connotados líderes de la rosca (y todos, en Panamá, sabemos quiénes son). En fin, una efectiva red de amiguismo, contubernio, encubrimiento, negociados y poder.
Aquellos que se nieguen a comulgar con esas hostias espurias son los que están "mal", los "tontos" o los "locos". Por ello, son estigmatizados y marginados, a pesar de su trayectoria o de sus méritos. La rosca no ataca frontalmente a nadie; sólo neutraliza y aliena a sus críticos. No hay concurso (de cátedra, de cargos, de subsidios para investigar, de contratos de consultoría) en el que no intervenga la mano de la rosca para aplicar el "pase de factura" a sus adversarios, para "planchar y sacar de circulación" a quienes rebeldemente le critiquen o hurguen en sus asuntos. Para "que se ubiquen y aprendan", como le escuché decir a un connotado miembro de la rosca hace poco, envalentonado por sus vínculos cercanos con el actual gobierno. Esta es mi Patria.
Si aspiramos a convertirnos en un país decoroso, es fundamental que estas "reglas del juego" cambien radicalmente. Una de las primeras tareas por atender sería que las roscas y sus rutinas perniciosas desaparezcan. Pero ello no sucederá hasta que los ciudadanos serios realmente enfrentemos el problema. En el caso del entorno académico, hasta que profesores e investigadores universitarios no nos decidamos a ejercer medidas de presión social, de manera firme y pública, para exigir que se corrija todo lo torcido (y que es mucho, demasiado). Si ello no ocurre, el país se hundirá más, cosa que le importa muy poco o nada a esos mafiosos que parasitan la Nación. Para mañana, es tarde.
(luis.wong@lycosmail.com)
En nuestra sociedad pobre y atrasada, pergeñada por antivalores, la confabulación viciosa se ha ido convirtiendo en una avenida "lícita" para trepar social y profesionalmente, bajo eso que el filósofo suizo Alain De Botton llama "la enfermiza ansiedad por el status". En diversos entornos, los principios y los valores personales se han ido efectivamente a la porra y sólo son adornos para la retórica pública, para la hipocresía y la figuración. Al oportunismo se le dice hoy "ser práctico". Al cinismo, "ser pragmático". Mucho de la culpa por esta debacle moral la tienen ciertas corporaciones promotoras del oportunismo y de la corrupción: las roscas. Y en Panamá hay para todo: políticas, empresariales, gremiales, deportivas, culturales, etc. Como ejemplo, hablaré de una que conozco bien, pero que casi nadie se atreve a nombrar (por miedo a las consecuencias): la rosca académica, que malvive de aquello que tiene que ver con el entorno educativo, científico y profesional, aunque últimamente también extiende sus apéndices hacia ramas nuevas y muy lucrativas, como el ambiente.
Esta "pandilla" opera como una cerrada cofradía, con tentáculos muy metidos en algunas universidades, en instituciones gubernamentales, en fundaciones y ONGs acomodaticias de diversa naturaleza y hasta en las oficinas locales de varias agencias internacionales. Prospera, gracias a que sabe ubicar muy bien a su gente, según los vaivenes de la política. Cuando sus miembros están temporalmente en oposición (o sea, fuera de la papa), se les asignan misiones de asesoría muy bien pagadas (inclusive, pagadas por el mismo gobierno que adversan), se les fabrican cátedras o cargos hechos a la medida, se les otorgan consultorías jugosas a través de organismos internacionales (sin mediar concursos de nada), etc.. Cuando cambia el gobierno, todos corren a tomar posesión de la cosa pública, reocupando puestos burocráticos sustanciosos en ministerios, entes autónomos, consulados o notarías. Este ciclo nunca se detiene, ya que los afiliados a la rosca medran bajo el gobierno que sea.
En esta rosca hay de todo, como en botica: gente capaz, pero moralmente comprometida con las prácticas deshonestas de la rosca; gente que alguna vez demostró alguna capacidad pero que desde hace mucho tiempo no hace nada que valga la pena y malvive de sus viejas glorias; gente que siempre ha sido incapaz y farsante, pero que sabe vender una imagen mercadotécnica, vacía de sustancia intelectual; y hasta gente cuya única cualidad es saber sonreír y caerle simpática a los connotados líderes de la rosca (y todos, en Panamá, sabemos quiénes son). En fin, una efectiva red de amiguismo, contubernio, encubrimiento, negociados y poder.
Aquellos que se nieguen a comulgar con esas hostias espurias son los que están "mal", los "tontos" o los "locos". Por ello, son estigmatizados y marginados, a pesar de su trayectoria o de sus méritos. La rosca no ataca frontalmente a nadie; sólo neutraliza y aliena a sus críticos. No hay concurso (de cátedra, de cargos, de subsidios para investigar, de contratos de consultoría) en el que no intervenga la mano de la rosca para aplicar el "pase de factura" a sus adversarios, para "planchar y sacar de circulación" a quienes rebeldemente le critiquen o hurguen en sus asuntos. Para "que se ubiquen y aprendan", como le escuché decir a un connotado miembro de la rosca hace poco, envalentonado por sus vínculos cercanos con el actual gobierno. Esta es mi Patria.
Si aspiramos a convertirnos en un país decoroso, es fundamental que estas "reglas del juego" cambien radicalmente. Una de las primeras tareas por atender sería que las roscas y sus rutinas perniciosas desaparezcan. Pero ello no sucederá hasta que los ciudadanos serios realmente enfrentemos el problema. En el caso del entorno académico, hasta que profesores e investigadores universitarios no nos decidamos a ejercer medidas de presión social, de manera firme y pública, para exigir que se corrija todo lo torcido (y que es mucho, demasiado). Si ello no ocurre, el país se hundirá más, cosa que le importa muy poco o nada a esos mafiosos que parasitan la Nación. Para mañana, es tarde.
(luis.wong@lycosmail.com)