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Meterse en Honduras


Alos pueblos hay que respetarlos cumpliendo con la constitución y la ley. Los gobiernos merecen respeto sólo cuando respetan a sus pueblos. Las personas y los ciudadanos deben ser respetados siempre y en todo lugar por su condición humana y por sus derechos cívicos de elegir y ser elegidos. Todos se han metido en Honduras, pero pocos lo han hecho con mesura.

Si el presidente legítimo cometió delitos constitucionales durante su mandato, el remedio lo tenía la Constitución hondureña. Ordenar que sea expulsado de su país sin juicio previo, en pijama y a punta de bayoneta, como lo han hecho, viola la misma Constitución que pretendieron defender con un indefendible y vulgar golpe de Estado. Además de pisotear los derechos humanos y civiles del señor Zelaya pisotearon los del pueblo hondureño que lo eligió limpiamente.

Pongamos las pasiones, las ideologías y los intereses a un lado y veamos las cosas en perspectiva. Lo que se discute a nivel internacional no es una mera cuestión de legitimidad electoral. Ni la validez del prejuicio temeroso de algunos sobre las supuestas intenciones políticas encubiertas de otros. Tampoco se discute el derecho del pueblo hondureño de reclamar o protestar contra las acciones cometidas por uno u otro bando.

Lo que se atropelló en Honduras fueron los fundamentos democráticos sobre los que descansaba el nuevo principio interamericano vigente, el de la defensa del sistema republicano, el del respeto universal a la condición humana y al Estado de Derecho que rige en todas las democracias de América. Un principio fundamental de gobierno ganado a costa de miles de desaparecidos -como el padre Gallegos y la cabeza de Hugo Spadafora-. En Honduras se aplicó la desgraciada doctrina Bush-Cheney de los ataques y golpes de Estado preventivos. Un remedio muy tentador para dictadorzuelos en potencia, doctrina que en su oportunidad también aplicó Colombia en Ecuador, con el silencio cómplice de los que hoy defienden a los golpistas de Honduras.

Aprobar el golpe por el resultado de una elección -promovida por un gobierno ilegítimo- como un juego de ganar y perder, me parece un razonamiento baladí. A menos que se escondan segundas intenciones. La gran excitación producida en el ambiente político latinoamericano tiene que ver con esta guerra fría desatada por los gobiernos de Venezuela y Colombia. De tal forma que lo que está en el tapete es la permanencia de los preceptos democráticos y la auténtica voluntad del pueblo expresada en elecciones libres, legitimadas no por la opinión de veedores escogidos a dedo, sino por todos los participantes, sin encarcelados políticos, ni exclusiones caprichosas o amañadas.

Soslayar las claras opiniones de numerosos países y de organizaciones internacionales vigentes, de las cuales formamos parte, me parece una desmesura y un irrespeto al Derecho Internacional. Pareciera que lo pueblos pobres están destinados al sometimiento de las percepciones de las elites iluminadas o de políticos para quienes quedar bien es más importante que ser honesto con los principios democráticos que rigen, en los pueblos civilizados, las relaciones internacionales y la solución pacífica de las controversias.

101 años de Panamá América

 
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