México no aprovecha el Tratado de Libre Comercio
El 1 de enero de 1994 entró en vigor el tratado entre Canadá, Estados Unidos y México, con el objetivo de derogar en un período de 10 años las barreras arancelarias entre estos países. En el año 2004 se intercambiarán libremente todas las mercancías y servicios en los tres países de Norteamérica.
La aprobación del tratado dio origen a una amplia discusión y lucha entre grupos de presión en los tres países, pues afectó muchos intereses. El problema guerrillero de Chiapas renace con eco internacional precisamente el primer día de vigencia de ese tratado. Para muchos analistas, por detrás del conflicto chiapaneco, más que el descontento indígena, están fuerzas que se oponen al libre comercio entre México y Estados Unidos.
Entre los grupos con mayor interés en boicotear el tratado está la poderosa AFL-CIO (American Federation of Labor - Congress of Industrial Organizations). Esa confederación de sindicatos ha patrocinado en varios países de América Latina a grupos de izquierda y de derechos humanos para generar desconfianza entre los inversionistas que piensan trasladar sus fábricas a Latinoamérica. La oposición de los congresistas amigos de esa central obrera a las importaciones de Latinoamérica es ampliamente conocida.
Por el contrario, los congresistas estadounidenses que apoyaron el Tratado de Libre Comercio con México lo vieron como un camino para ayudar a su vecino del Sur a crear empleos y así disminuir la migración ilegal hacia el norte. México es el país que compra más a EU en relación a los dólares obtenidos por sus exportaciones a ese país. Mientras Japón adquiere menos de 30 centavos de EU por cada dólar que exporta a ese país y Alemania menos de 10 centavos, México importa más de 75 centavos por cada dólar de exportación a EU. Por tal razón, a los estadounidenses les conviene importar más de México que de otros pases, pues tres cuartas partes de esos dólares regresarán a su país.
Aunque el tratado incrementó el intercambio entre México y EU, la fuerte recesión mexicana de 1995 y 1996, causada por la devaluación de finales del 1994, ha impedido que la mayoría de los mexicanos vean claramente los beneficios de un tratado de libre comercio.
Nuestra muy superior inflación impone a las empresas mexicanas tasas interés más altas que las pagadas por las empresas de Estados Unidos. En 1997, la inflación en EU fue de 1,7%, mientras en México alcanzó el 15,7%.
Debido a la entrada de capital financiero, el peso mexicano ha mantenido una paridad con el dólar que no refleja el diferencial de inflaciones. En 1997 el precio del dólar sólo aumentó 2,5% en término de pesos. La empresas mexicanas perdieron as 11% de competitividad en sus precios.
Aunque la inversión directa aumentó desde la firma del tratado, la inversión financiera, parte de la cual le apuesta al diferencial de intereses, crea falsas expectativas de estabilidad cambiaria y genera incertidumbre entre los inversionistas.
El TLC no es una panacea, pero si el gobierno de México reduce la inflación al nivel de EU, lo cual tendera a igualar costos de financiamiento y se bajan nuestros costos de transacción mediante la reducción de impuestos y la revisión de la ley laboral, el TLC puede convertirse en un detonador del empleo y del bienestar económico.
El Tratado de Libre Comercio obligó al gobierno mexicano a modernizar las leyes agrarias, pesqueras, de bosques, industriales, comerciales y de comunicaciones, pero todava faltan las más importantes: la fiscal y la laboral, cuyas revisiones son ms urgentes a medida que avanza el tratado. Mientras no avancemos en esos importantes frentes, ser difícil cosechar los frutos de tener libre acceso al mercado más grande del mundo.
La aprobación del tratado dio origen a una amplia discusión y lucha entre grupos de presión en los tres países, pues afectó muchos intereses. El problema guerrillero de Chiapas renace con eco internacional precisamente el primer día de vigencia de ese tratado. Para muchos analistas, por detrás del conflicto chiapaneco, más que el descontento indígena, están fuerzas que se oponen al libre comercio entre México y Estados Unidos.
Entre los grupos con mayor interés en boicotear el tratado está la poderosa AFL-CIO (American Federation of Labor - Congress of Industrial Organizations). Esa confederación de sindicatos ha patrocinado en varios países de América Latina a grupos de izquierda y de derechos humanos para generar desconfianza entre los inversionistas que piensan trasladar sus fábricas a Latinoamérica. La oposición de los congresistas amigos de esa central obrera a las importaciones de Latinoamérica es ampliamente conocida.
Por el contrario, los congresistas estadounidenses que apoyaron el Tratado de Libre Comercio con México lo vieron como un camino para ayudar a su vecino del Sur a crear empleos y así disminuir la migración ilegal hacia el norte. México es el país que compra más a EU en relación a los dólares obtenidos por sus exportaciones a ese país. Mientras Japón adquiere menos de 30 centavos de EU por cada dólar que exporta a ese país y Alemania menos de 10 centavos, México importa más de 75 centavos por cada dólar de exportación a EU. Por tal razón, a los estadounidenses les conviene importar más de México que de otros pases, pues tres cuartas partes de esos dólares regresarán a su país.
Aunque el tratado incrementó el intercambio entre México y EU, la fuerte recesión mexicana de 1995 y 1996, causada por la devaluación de finales del 1994, ha impedido que la mayoría de los mexicanos vean claramente los beneficios de un tratado de libre comercio.
Nuestra muy superior inflación impone a las empresas mexicanas tasas interés más altas que las pagadas por las empresas de Estados Unidos. En 1997, la inflación en EU fue de 1,7%, mientras en México alcanzó el 15,7%.
Debido a la entrada de capital financiero, el peso mexicano ha mantenido una paridad con el dólar que no refleja el diferencial de inflaciones. En 1997 el precio del dólar sólo aumentó 2,5% en término de pesos. La empresas mexicanas perdieron as 11% de competitividad en sus precios.
Aunque la inversión directa aumentó desde la firma del tratado, la inversión financiera, parte de la cual le apuesta al diferencial de intereses, crea falsas expectativas de estabilidad cambiaria y genera incertidumbre entre los inversionistas.
El TLC no es una panacea, pero si el gobierno de México reduce la inflación al nivel de EU, lo cual tendera a igualar costos de financiamiento y se bajan nuestros costos de transacción mediante la reducción de impuestos y la revisión de la ley laboral, el TLC puede convertirse en un detonador del empleo y del bienestar económico.
El Tratado de Libre Comercio obligó al gobierno mexicano a modernizar las leyes agrarias, pesqueras, de bosques, industriales, comerciales y de comunicaciones, pero todava faltan las más importantes: la fiscal y la laboral, cuyas revisiones son ms urgentes a medida que avanza el tratado. Mientras no avancemos en esos importantes frentes, ser difícil cosechar los frutos de tener libre acceso al mercado más grande del mundo.