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Mi cáncer de próstata


Días atrás, mi buen amigo I. Roberto Eisenmann escribió un artículo en el cual detallaba sus vicisitudes pocos felices en un hospital de California donde fue internado para someterse a exámenes que determinaran las causas que motivaron algunas molestias pasajeras que lo aquejaron. I. Roberto Eisenmann me hizo ver con su escrito la conveniencia de contribuir, así como él lo hizo, con mi experiencia al haber tenido y superado una seria enfermedad. Yo, por lo que valga, estoy dispuesto a hablar de mi caso con la intención de que el mismo le pueda ser de utilidad a los que han pasado o pasarán por situación similar. Hasta hace poco, hablar de cáncer era tabú y muy pocos se atrevían a hacerlo por razones que aún no comprendo. Gracias a Dios hoy hay menos egoísmo y más solidaridad humana.
Hace cuatro meses fui donde mi urólogo, el Dr. Carlos Raúl Anguizola, a someterme a mis exámenes anuales. Para los hombres después de los 50 años es importantísimo revisarse periódicamente la próstata, al igual que lo hacen las mujeres con el examen del papanicolau y de las mamas. Me encontraba esperando mi turno con el Dr. Anguizola my contento y confiado de que todo estaba muy bien conmigo, dado que los resultados del PSA eran excelentes, pues éste sólo era de 1.36, cuando menos de 4 se considera que es muy bueno. El PSA es el examen de la sangre que da señales de posible malignidad en la próstata. Cuál no sería mi sorpresa cuando el distinguido galeno, después de realizar el examen físico, me comunicó que "sentía por el tacto un nódulo en la próstata que no le gustaba". Asustado, como es natural, le pregunté: "¿y ahora?". Me recomendó hacerme, lo antes posible, una biopsia. Me la realicé a los pocos días con una ligera anestesia que evitó mayores malestares en la extracción de los tejidos que examinaría el patólogo, el Dr. Juan Surgeon, de muy sólida reputación profesional. Su diagnóstico, desafortunadamente, resultó positivo. Tenía cáncer. Por mi mente pasaron en rápida secuencia, los padecimientos que sufrieron muchos allegados míos que fueron atacados por esa terrible enfermedad. Pensé en el futuro espantoso que me esperaba.
El Dr. Anguizola, sin embargo, al darme la mala noticia me calmó mucho manifestándome que el "gleason", que determina el grado de malignidad del cáncer, era muy bajo, de sólo 4, en escala de 1 al 10, y que él estaba casi seguro que el cáncer estaba concentrado en la próstata, pero que era muy importante hacerme un "centelleo" de los huesos. Este examen confirmó plenamente la impresión del Dr. Anguizola.
Teniendo ya en mano los resultados de la "biopsia" y del "centelleo", hice algunas consultas personales y visité a varios médicos en los EE.UU. Me dediqué también a leer todo lo que pude sobre esta enfermedad, sus tratamientos y los resultados que se podrían obtener de ellos. En términos generales, los médicos a quienes consulté me ofrecían cuatro opciones, con buenos resultados todas ellas. La primera fue la cirugía, que era delicada y tenía sus riesgos, pero que daba mayor porcentaje de éxito, casi el 100% de una curación total. Las otras dos consistían en la colocación de unas partículas radioactivas en el área afectada de la próstata y la otra era una radiación lineal. Una cuarta, en no hacer absolutamente nada y dejar que el cáncer, que era de poca agresividad, avanzara en forma lentísima, como le ocurre a las personas en edad avanzada que son afectadas por el cáncer de la próstata.
Discutí mucho qué hacer y después de meditarlo bastante tomé la decisión de la extirpación de la próstata por medio de la cirugía radical. El Dr. Anguizola, como los otros galenos consultados en EE.UU., consideraban que con la nueva técnica iniciada hace algunos años por el Dr. Welch del John Hopkins de Baltimore y que el Dr. Anguizola la había utilizado con mucho éxito en Panamá, la cual consistía en la preservación de los nervios de la parte operada de la próstata, evitaba con ello la incontinencia y la impotencia sexual, que eran los problemas mayores que con más frecuencia afectaban a quienes eran sometidos a esta operación. Mi edad -74 años- parecía un obstáculo, pero los exámenes médicos posteriores que me hicieron demostraron que me encontraba en una excelente condición física que hacía que la operación pudiera llevarse a cabo.
Pude haberme tratado en cualquier centro médico norteamericano. En otras ocasiones, por razones muy distintas a la que obedece este artículo, fui atendido con esmerado y amable cuidado en el Mercy Hospital de Miami. Mi médico, el Dr. Roberto Reyna, eminente galeno panameño de quien debemos, sus coterráneos, sentirnos muy orgullosos por el honroso sitial que tiene entre los hombres de ciencia de esa norteña nación, siempre ha sido acertado, muy dedicado y, particularmente, atento y amable conmigo. No obstante, en este caso por la particularidad de mi enfermedad decidí operarme aquí en Panamá. Sabía que estaba también en manos médicas muy especializadas, en un buen hospital, la Clínica San Fernando, en mi ambiente y, sobre todo, con mi numerosa familia que me ayudaría en una pronta recuperación. Así sucedió. Hoy día, después de cuatro meses, me he quitado de la mente la idea de que tuve cáncer y raras veces recuerdo que fui operado. He recuperado mi salud y con mi energía habitual, sigo cumpliendo con mis obligaciones con entusiasmo y plena confianza en mi capacidad.
¿Qué puedo recomendar? Varias cosas, entre ellas, sobre todo para los jóvenes que se están acercando al medio siglo, que realicen ejercicios, mucho ejercicio, que ajusten sus hábitos de vida, que traten de tener su peso controlado, que se alimenten adecuadamente con comida baja en grasa pero, principalmente, que se realicen exámenes periódicos de la sangre y de la próstata. El cáncer cuando se detecta a tiempo da una sola oportunidad y ésta hay que aprovecharla.

101 años de Panamá América

 
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