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Mi juguete rabioso




Promotor cultural

Esa navidad, fue inolvidable. La renta situada al final de la calle sin salida. Desde temprano cornetas y tambores. La izada de la bandera y el ruido de botas. El convento de las monjitas enfrente. Desayunábamos temprano y el olor de la tabacalera sentado en nuestra mesa de cuatro puestos. El baño afuera, en el pasillo, con tendederos de carriolas. Se podía observar con claridad las maniobras cotidianas del cuartel. Mi padre de pocas palabras, llegaba casi todas las tardes, después del trabajo.
Salsipuedes, no era el desgano de hoy. Una arteria multicolor. La venta de globos y una rifa permanente de carros a un balboa. El ballena, vendedor de dulces, muerto en el bombardeo a El Chorrillo, el fatídico diciembre del 89. Ya en los primeros días la venta de arbolitos y el flujo de compradores. Las curiosidades y pregones. La trata consecuente con el cliente. No existían tantas tiendas especializadas en la venta de juguetes, pero había una, muy bien surtida. Tenía en sus vitrinas, las novedades. Cerca una mueblería las flamantes bicicletas Hércules. Parece ser exactos, sitio preferido del poeta español León Felipe en su permanencia del Good Bye Panamá.
El velocípedo abandonado en el patio de Chorrera. Y aparece, como axioma del Mago Chang. Con dos poderosas llantas negras y blancas, un trasbordador a espacios y veredas. Mucho mejor que el flamante caballo del Llanero Solitario. Un sueño en el escaparate con el precio de oferta navideña. Lo vimos, mi hermano y yo, una vez que regresábamos del circo en Vía España. De la mano de Isabel, nuestra abuela materna. Aficionada al vuelo de trapecistas. Recordaba con precisión el naufragio de una compañía circense en las costas de su pueblo natal. Puerto famoso por sus buzos de origen hindú, sacando de las profundidades perlas. La concha nacarada para la fabricación de botones.
Volviendo a esa Navidad, el 23 llovió en toda la ciudad, se anunciaron por radio, desbordamientos del Tuira. En la mañana del 24 gris, la rutina fue la misma. En la renta desde temprano los radios encendidas y las cantinas aledañas, comenzaron su farra. Sabiendo de antemano que el trineo aterrizaba temprano. Ya a las ocho y media, acostados y rezados, esperamos la mañana del 25. Junto a nuestra cama, rojo con mangos negros y su freno trasero. El escooter y las dos pistolas de Kid Carson. Todo el 25 aterrizamos sobre los pasillos del tercer piso y de vez en cuando el tiroteo espaciado de pistolas Tiros certeros a la fantasía de vivir. La nave por las tardes nos enfrentaba a esos celajes. El verano en su apogeo. Ya de noche, el rabo reluciente de la estrella en el cerro Ancón. Con el pie izquierdo, el frenazo final a la jornada. Enero fue nuestro juguete rabioso, atrapando aventuras como en el viejo Oeste. Nuestro caballo cabalgaba hacia la navidad siguiente.

101 años de Panamá América

 
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