A mi mamá
"No estaría aquí si no fuera por ella".
Esa frase puede interpretarse meramente como un parto, pero detrás de cada palabra se esconden varias dosis de sacrificio y amor.
No fue fácil para ningún miembro de la familia salir adelante sin un padre la mayor parte del camino, situación que obligó a una mujer muy joven a hacerse cargo de la casa con gran astucia para que a nadie le faltara nada. Trabajaba todo el día, pero nunca sentí que estaba fuera de casa, siempre estaba accesible, y por teléfono, con mucha paciencia, resolvía mis inquietudes aunque estuviera en una reunión muy importante.
Como a todos, no nos faltaron momentos de angustia e incertidumbre, pero cada paso por el que nos guió lo hizo con mucha firmeza y seguridad.
Sus consejos son siempre una maravilla, pero en mi adolescencia era el bálsamo perfecto contra las dificultades escolares o sociales.
A pesar de las pérdidas, en casa reinaba la alegría, el buen humor y las ganas de vivir. Tal vez ese fue el antídoto contra las vivencias insípidas, las depresiones o las malas horas.
Es una contentura que a todos contagia, tal vez una cualidad hereditaria, o quizás, una conducta aprendida muy útil a la hora de enfrentar mis retos.
Los años me confirman que esta labor de madre no es para nada fácil; ahora es mi turno de enfrentar reclamos, peticiones no negociables y, por supuesto, disfrutar de grandes satisfacciones.
Es momento de aplicar lo aprendido con mis hijos, de guiarlos y educarlos con lo que me enseñaron en casa: amor, respeto, honradez, cariño, alegría y, sobre todo, luchar por lo que uno quiere. Lecciones a las que tuve que recurrir en mi rol de madre, que con el tiempo me confirmaron que aquellas ocasiones en las que hubo enojos, frustración o disgusto no fueron en vano. Se trataba de un manual al que siempre se puede consultar para salir adelante en este andar tan complicado.
Ella es mi madre, a la que le debo no solamente estar en este mundo, más bien a quien agradezco por ser quien soy.