Mi posición
SIEMPRE HE creído que los hombres públicos nos debemos en gran medida a la opinión de la ciudadanía que juzga, bien o mal, nuestras actuaciones. Leí hace poco en un interesante libro, que recoge las memorias de un destacado periodista norteamericano, una explicación que una vez un ex presidente de ese país, le brindó en torno a cómo se veía él ante la eventualidad de su triunfo electoral. El Presidente le dijo, palabras más o menos, así: "Hay ciertos hombres públicos destinados a ser amados, y otros hombres públicos destinados a ser antipáticos. Pero lo más importante acerca de un hombre público no es si es amado o si es antipático, sino que sea respetado". Ese concepto cobra una tremenda significación, en momentos en donde el respeto por lo que se hace en función política atraviesa por uno de los momentos más críticos en el país y la región.
En los últimos días, he sido objeto de grandes y profusos ataques. También, y de forma quizás inesperada y que agradezco, he sido beneficiario de muchos comentarios favorables de parte de observadores y actores a los que me une simplemente el respeto que profeso por todo aquel con quien comparto, sea como amigo o como adversario digno, la palestra pública. Las causas de los ataques comienzo a dilucidarlas, pero no es lo medular en este análisis. De eso y sobre eso, habrá tiempo. Pero sí resulta oportuno dejar planteado, en apretada síntesis, el por qué estoy en política.
Es pública mi trayectoria desde finales de los 80. La Cruzada Civilista y los riesgos y compromisos adquiridos en esa desigual lucha por la democracia, forjaron en todos nosotros-los que luchamos en ella -cambios imperecederos en nuestras vidas, desde distintas perspectivas. Luego, tuve el gran honor de servirle al país desde posiciones cimeras, procurando dejar a mi paso, una trayectoria limpia. Mi vida profesional y empresarial también ha sido de gran valor. La etapa gremialista, en tiempos de grandes riesgos, me sirvió para foguearme, a temprana edad, en un mundo complejo y desconocido. De eso guardo grandes experiencias, todas las cuales me han servido a su vez, para interesarme con honestidad ciudadana por el rumbo de la Nación. El tiempo y esta columna que con regularidad escribo, son testigos de mis ideas, planteamientos y propuestas en torno a temas que guardan relación con asuntos nacionales, a los que les dedico tiempo en estudiarlos, en ilustrarme, en conversarlos, a fin de, en la medida de mis posibilidades, plantear recomendaciones y propuestas, como lo he realizado en múltiples foros nacionales e internacionales, a lo largo del tiempo. Muchos de esos aportes y estudios, junto al de otros ciudadanos meritorios, son hoy instituciones forjadas para hacer de nuestra identidad nacional y de nuestra democracia un sistema consolidado y en busca de su eficiencia, tarea ésta por demás, cambiante e inagotable.
Escuché siempre que la política es sucia, mezquina, desprovista de valores, carente de principios y, de manera casi absoluta, motivada siempre por no muy legítimos intereses. Los políticos, a su vez, reciben una gran dosis de esos calificativos, algunos de los cuales son merecidos y otros pagan justos por pecadores, pero en el balance final, prevalecen más los negativos que los positivos. Algunos pensadores le llaman a esto "la crisis de la política en América Latina" y producto de la misma, emergen y siguen emergiendo, en medio de grandes incertidumbres, nuevos actores que vienen de una "sociedad civil" cansada de que la gobiernen mal. Hoy, puedo decir que mucho de lo que me decían es cierto, pero también puedo decir, que mucho se puede construir desde la política y los partidos, para beneficio de las grandes mayorías, sin demagogia y populismo, pero sustentados en programas coherentes que sobrevivan por sus ejecutorias el caldeado ambiente de las campañas electorales donde se prometen. A pesar de todo, aún pienso así y sigo dispuesto a seguir. Eso anima mi participación en Solidaridad. En eso pienso cuando públicamente he planteado el beneficio de una fusión con el Partido Liberal Nacional. Simplemente, ayudar a construir con la ayuda de quienes así piensen, un partido grande, abierto y democrático. Que el tránsito nuestro por la política deje huellas, no malos recuerdos o precedentes cuestionables en función del manejo de la cosa pública. Creo firmemente que se puede lograr.
Amoldar la nueva realidad, este nuevo escenario de adaptación de la agenda nacional a una agenda que se dicta en los grandes polos de poder y de desarrollo, lejos de países como el nuestro con limitado peso específico cono nación, a la tradicional estructura y mentalidad partidaria tradicional, es un gran reto. Hasta utopía, podrán decir aquellos que prefieren el no hacer nada, mientras dure. Reitero mi convencimiento de optar por lo nuevo y lo novedoso y no por lo viejo y fracasado, como dijo una vez Gilberto Arias Guardia, cuando pensaba en la posible administración panameña del Canal.
No vislumbro mi aporte en la política, parafraseando al interrogado presidente del que hice alusión al inicio, para ser un hombre amado o antipático, sino para ser respetado, en lo posible, justamente, por la contribución a la solución de los grandes problemas nacionales. Como dije en una reciente entrevista, no me quita el sueño corretear puesto alguno, eso llega o no, y la mayoría de las veces poco depende de uno. Claro está, sólo desde el gobierno se pueden hacer los cambios, y los partidos en democracia somos o debemos ser, mejor dicho, el intermediario eficiente y transparente entre la sociedad y el poder. Usando un concepto de Felipe González, "para lograr el encuentro entre pueblo y nación". Distraerse en responder a lo pequeño y estéril, al anonimato ruin y cobarde, a la confrontación por la confrontación misma, no me hace ningún sentido. En este escenario, ganar es siempre perder. Por ello, he propuesto y seguiré proponiendo más cohesión, más trabajo en equipo, más identidad con la gran mayoría que deseamos construir y con la que gustoso doblo el lomo del trabajo y del sacrificio. Trabajemos por un proyecto que pueda darle al país mejores derroteros, y a la actividad política, nuevo lustre. De esto escribiré más adelante.
A los que me han apoyado, gracias. A los que anónimamente y en mi ausencia me han atacado, los invito a que se incorporen. Es esta mi respuesta y con la mayor sinceridad la transmito.
En los últimos días, he sido objeto de grandes y profusos ataques. También, y de forma quizás inesperada y que agradezco, he sido beneficiario de muchos comentarios favorables de parte de observadores y actores a los que me une simplemente el respeto que profeso por todo aquel con quien comparto, sea como amigo o como adversario digno, la palestra pública. Las causas de los ataques comienzo a dilucidarlas, pero no es lo medular en este análisis. De eso y sobre eso, habrá tiempo. Pero sí resulta oportuno dejar planteado, en apretada síntesis, el por qué estoy en política.
Es pública mi trayectoria desde finales de los 80. La Cruzada Civilista y los riesgos y compromisos adquiridos en esa desigual lucha por la democracia, forjaron en todos nosotros-los que luchamos en ella -cambios imperecederos en nuestras vidas, desde distintas perspectivas. Luego, tuve el gran honor de servirle al país desde posiciones cimeras, procurando dejar a mi paso, una trayectoria limpia. Mi vida profesional y empresarial también ha sido de gran valor. La etapa gremialista, en tiempos de grandes riesgos, me sirvió para foguearme, a temprana edad, en un mundo complejo y desconocido. De eso guardo grandes experiencias, todas las cuales me han servido a su vez, para interesarme con honestidad ciudadana por el rumbo de la Nación. El tiempo y esta columna que con regularidad escribo, son testigos de mis ideas, planteamientos y propuestas en torno a temas que guardan relación con asuntos nacionales, a los que les dedico tiempo en estudiarlos, en ilustrarme, en conversarlos, a fin de, en la medida de mis posibilidades, plantear recomendaciones y propuestas, como lo he realizado en múltiples foros nacionales e internacionales, a lo largo del tiempo. Muchos de esos aportes y estudios, junto al de otros ciudadanos meritorios, son hoy instituciones forjadas para hacer de nuestra identidad nacional y de nuestra democracia un sistema consolidado y en busca de su eficiencia, tarea ésta por demás, cambiante e inagotable.
Escuché siempre que la política es sucia, mezquina, desprovista de valores, carente de principios y, de manera casi absoluta, motivada siempre por no muy legítimos intereses. Los políticos, a su vez, reciben una gran dosis de esos calificativos, algunos de los cuales son merecidos y otros pagan justos por pecadores, pero en el balance final, prevalecen más los negativos que los positivos. Algunos pensadores le llaman a esto "la crisis de la política en América Latina" y producto de la misma, emergen y siguen emergiendo, en medio de grandes incertidumbres, nuevos actores que vienen de una "sociedad civil" cansada de que la gobiernen mal. Hoy, puedo decir que mucho de lo que me decían es cierto, pero también puedo decir, que mucho se puede construir desde la política y los partidos, para beneficio de las grandes mayorías, sin demagogia y populismo, pero sustentados en programas coherentes que sobrevivan por sus ejecutorias el caldeado ambiente de las campañas electorales donde se prometen. A pesar de todo, aún pienso así y sigo dispuesto a seguir. Eso anima mi participación en Solidaridad. En eso pienso cuando públicamente he planteado el beneficio de una fusión con el Partido Liberal Nacional. Simplemente, ayudar a construir con la ayuda de quienes así piensen, un partido grande, abierto y democrático. Que el tránsito nuestro por la política deje huellas, no malos recuerdos o precedentes cuestionables en función del manejo de la cosa pública. Creo firmemente que se puede lograr.
Amoldar la nueva realidad, este nuevo escenario de adaptación de la agenda nacional a una agenda que se dicta en los grandes polos de poder y de desarrollo, lejos de países como el nuestro con limitado peso específico cono nación, a la tradicional estructura y mentalidad partidaria tradicional, es un gran reto. Hasta utopía, podrán decir aquellos que prefieren el no hacer nada, mientras dure. Reitero mi convencimiento de optar por lo nuevo y lo novedoso y no por lo viejo y fracasado, como dijo una vez Gilberto Arias Guardia, cuando pensaba en la posible administración panameña del Canal.
No vislumbro mi aporte en la política, parafraseando al interrogado presidente del que hice alusión al inicio, para ser un hombre amado o antipático, sino para ser respetado, en lo posible, justamente, por la contribución a la solución de los grandes problemas nacionales. Como dije en una reciente entrevista, no me quita el sueño corretear puesto alguno, eso llega o no, y la mayoría de las veces poco depende de uno. Claro está, sólo desde el gobierno se pueden hacer los cambios, y los partidos en democracia somos o debemos ser, mejor dicho, el intermediario eficiente y transparente entre la sociedad y el poder. Usando un concepto de Felipe González, "para lograr el encuentro entre pueblo y nación". Distraerse en responder a lo pequeño y estéril, al anonimato ruin y cobarde, a la confrontación por la confrontación misma, no me hace ningún sentido. En este escenario, ganar es siempre perder. Por ello, he propuesto y seguiré proponiendo más cohesión, más trabajo en equipo, más identidad con la gran mayoría que deseamos construir y con la que gustoso doblo el lomo del trabajo y del sacrificio. Trabajemos por un proyecto que pueda darle al país mejores derroteros, y a la actividad política, nuevo lustre. De esto escribiré más adelante.
A los que me han apoyado, gracias. A los que anónimamente y en mi ausencia me han atacado, los invito a que se incorporen. Es esta mi respuesta y con la mayor sinceridad la transmito.