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Ministerio de Transporte


REMACHAR SOBRE las dificultades y las atrocidades cometidas por los conductores de buses y taxis es una redundancia que, de tanto sufrirla en carne propia, nos hemos ido acostumbrando a vivir con ella. Como el "discjockey" de la discoteca, acostumbrado al ruido, le molesta el silencio. Así nos pasa a nosotros, ya casi no escuchamos los bocinazos, la música alta, ni padecemos la descortesía, el insulto, la conducción a altas velocidades, al manejo desordenado, la obstrucción de las bocacalles y la sistemática violación de todas las leyes del tránsito ante las propias narices de sus autoridades. Hasta que no sucede una tragedia.
Al revés de lo que debiera suceder, el descalabro del tránsito es el que dirige con sus caprichos y mañas, a la autoridad y si no ocurre una desgracia como la que recientemente vimos, en vivo y en directo, la insoportable institución encargada de dirigirlo: la ATTT, sigue mirando, como el policía de la esquina, para el lado contrario a dónde están los problemas.
Hace años, apenas llegada a Panamá, una señora que aún conserva su acento extranjero, me decía que se extrañaba hasta la confusión porque los buses y "chivas" de entonces, no sólo les pitaban a los pasajeros para invitarlos a subir, los esperaban no importa cuan lejos estuvieran. Cuando se ocupaban todos los asientos, no hacían más paradas, era un viaje expreso hasta que, desde el fondo, alguien pidiera que lo dejaran frente a su casa. Tampoco estaba permitido viajar de pie ni levantarse con el vehículo en marcha y "pavo" se le llamaba al que pasaba por debajo del molinete sin pagar el real del pasaje.
Porque para quienes estamos doblando la última curva, todo pasado fue mejor, quisiera hacer la siguiente propuesta con la esperanza que alguien en el gobierno, con deseos y carácter para ejecutar, recoja el guante y no lo guarde en el cajón de los proyectos olvidados, donde los políticos suelen hacer dormir las leyes de "alto riesgo". Los diversos sindicatos, las autoridades de la ATTT, los organismos de la empresa privada y las organizaciones no gubernamentales como la CLICAC debieran organizar un consejo permanente encabezado por el Defensor del Pueblo destinado a educar, adecuar y vigilar la calidad del transporte público. Así como acaban de organizarse otras agrupaciones para controlar el ejercicio del periodismo o de la profesión médica, de la misma forma debiera hacerse con quienes tienen la responsabilidad de transportar sanos y salvos a los ciudadanos que requieren sus servicios, sin entorpecer las vías nacionales y cuidando a sus pasajeros como lo que son: seres humanos y no un hato de ganado. Debiera estudiarse seriamente la conveniencia de crear un Ministerio de Transporte que no involucre solamente al Canal sino que unifique, centralice y coordine las distintas vías de transporte: marítimas, aéreas y terrestre.
Ante la avalancha de exigencias por una infraestructura moderna y eficiente a que el progreso del mundo nos empuja, el desarrollo nacional debiera ser más armónico, consistente y planificado. Atendiéndolo con la misma decisión y celeridad que se ha tenido con el megaproyecto de transporte de carga a través del Canal de Panamá.
La ciudad y el país crecen al compás de las necesidades básicas de su población y de los residentes y turistas a quienes se les ofrecen sus virtudes. Si la entrada al primer mundo va a ser por la puerta del Canal, con más razón debemos preparamos en tierra, mar y aire para que el transporte de seres humanos tenga, al menos, la misma importancia que los súper contenedores. En este caso, lo que se necesita es tener buses, camiones, taxis, barcos y aviones seguros y transportistas educados y conscientes de la responsabilidad que tiene su trabajo. Todo esto regido bajo un nuevo sistema ministerial coherente, eficiente y severo.
El Gobierno debiera demostrar de una vez por todas cuán verdaderamente le importa el bienestar del pueblo y cuánto respeta la vida de la gente. Una perorata tantas veces declamada en otras tantas promesas incumplidas de la campaña electoral.
Transportista tampoco puede ser cualquiera. Debiera ser una persona apta y calificada. Su labor es pesada y su responsabilidad sumamente estresante. El conductor debiera tener derecho al descanso remunerado y a la asistencia psicológica programada y permanente.
Panamá es un país de servicios. El transporte marítimo tiene una extraordinaria importancia en su desarrollo económico. El Canal es muestra y escrutinio universal de la eficiencia panameña. La vía aérea privada, es otro buen motivo de orgullo nacional. Sin embargo al transporte terrestre y al marítimo de cabotaje, los hemos dejado colapsar hasta la indolencia dolosa.
¡Qué bueno sería que nuestra ciudad fuera famosa, no sólo por su belleza edilicia, su paz social, el temperamento alegre de sus ciudadanos, sino por la cordialidad y eficiencia de sus sistemas de transporte! Estas pequeñeces son las grandes cosas que descubren y hacen la personalidad del país.
Nota: Comunico a mis amables lectores que por merecidas vacaciones de su autor esta columna reaparecerá el 4 de diciembre si el kami sintoísta de este periódico lo tiene a bien.
Debiera estudiarse seriamente la conveniencia de crear un Ministerio de Transporte que no involucre solamente al Canal sino que unifique, centralice y coordine las distintas vías de transporte: marítimas, aéreas y terrestre.

101 años de Panamá América

 
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