Mira dónde pones los pies
Todos los perros son buenos. Todos los perros son limpios. Ninguno hace sus necesidades donde no debe. Todos los dueños de los perros recogen sus basuras y tienen muy educaditos a sus animales. Así que las "tortas" en las aceras deben de ser alucinaciones o producto de esos quinientos perros vagabundos, perros tinaqueros, malasangres consentidos que la Asociación Amigos de los Animales retiró de las calles y que ahora tienen albergados en un corral ubicado en las inmediaciones de Juan Díaz. Los perros con hogar, si es verdad lo que dicen los dueños, no "evacuan" en la calle.
Los perros dejan la calle que es una vergüenza. Se lo hacen en cualquier sitio. Los niños juegan entre excrementos. Y los viejos se resbalan y se caen por culpa de las "plastas" de los apestosos perros. A los dueños habría que obligarles a recogerlo con... mejor no lo digamos. Los residuos de los animales son, según quien no tiene perro, un peligro público, una canallada, un escándalo a la sanidad colectiva o una broma del mal gusto, por decir lo menos. Será que en realidad todo depende de algo. Y, desde luego, no de los animales.
"Para tener un perro hay que saber tenerlo", me dice un dueño de uno. Y de un restaurante de comida rápida: "A mí, más que a nadie, me interesa que la calle esté limpia. Por aquí cuando vemos uno en soltura, lo mandamos a rodar a punta de piedras. Ya ve usted".
El Ministerio de Salud, específicamente el Departamento de Controles de Vectores y Zoonosis, tiene la responsabilidad por parte del Estado de vigilar los asuntos sanitarios y de salud que representan para la comunidad la gran cantidad de perros en soltura. Este es un problema que se ha convertido en una pesadilla para la comunidad en general. La gente se siente impotente y se tiene que aguantar semejante espectáculo, incapaz de poder hacer nada. Si uno se fija - y conviene hacerlo - en lo que pisa, se puede apreciar que todos los intentos que se han hecho para evitar que los perros no ensucien las áreas verdes y calles de la ciudad, han sido infructuosos. La verdad es que ni los veterinarios del MINSA ni los inspectores municipales del "Bin Bin" están haciendo su trabajo.
Mañana azul. Salgo a caminar en las calles del barrio. Desde que llego a la acera se huele un aroma de podredumbre. Miro de reojo. ¿Y qué veo allá? Un perro haciendo de las suyas. Da suerte, dicen. Alguna gente se desea "caca" para desearse suerte. Y pisarla, dicen, es pisar la suerte. Qué cosa más tonta. Será mucha suerte, pero caminar por la ciudad de Panamá es una aventura que en ocasiones, como decía aquel, es lo más parecido a participar en una carrera de malolientes obstáculos. Ningún habitante de esta "si la bota se nota" ciudad metropolitana, puede darse el lujo de esgrimir que en su barrio está exento de este problema. Yo no sé usted, pero para mí esto es peor en Marbella, Paitilla, Alameda y el Carmen. Aquello es tremendo. Yo creo que la culpa no es del perro. La tiene el dueño, que yo a veces, hasta he visto cómo le mira defecar: como si fuera un espectáculo la caquita del perrito, hombre...
Y los que caminan a mi lado, se dicen entre sí, "tremendo y rotundo pedazo que tendrá que recogerlo el alcalde o la Señora". Tampoco es eso. El alcalde no tiene la culpa. Y la Señora, menos. Lo que les diría a ambos es que hace un tiempo vino al barrio a la inauguración del parque Benito Juarez, una alcaldesa y el embajador de un país amigo. Y que ella saludó al embajador y que le dijo: "a ver si viene por aquí más a menudo...", aclarándole que sólo cuando personalidades visitan los lugares dejan las calles más limpias que nunca.
Y es que ese es un derecho universal que tenemos los consumidores de disfrutar de un ambiente limpio, sano y seguro. La CLICAC ha realizado numerosas campañas educativas dirigidas al consumidor con el fin de orientarlos a que mantengan sus comunidades libres de peligros para la salud. Y en su momento la CLICAC ha denunciado a las autoridades sanitarias competentes por permitir la venta de artículos que representan un riesgo para el consumidor. En el operativo Sol Naciente en 1997, la CLICAC descubrió que en la mayoría de las panaderías y abarroterías del país viven perros y otros animales que hacen sus necesidades dentro del área de panificación, y que duermen debajo de los anaqueles donde se guardan los productos para la venta.
En el presente año la Alcaldía de Panamá se gastará miles de balboas en la limpieza de la ciudad. Pero qué partidas y cuánto recursos se han asignado para recoger los residuos caninos, haciendo la salvedad de que, si no se hace nada pronto al respecto, cada año tendrán que aumentarse estas partidas. Y no es que haya más perros, pero si hay cada vez más conciencia sobre la suciedad de las calles. Es uno de los problemas que más afecta a los panameños. Lo medular no es que se preocupen solamente, sino que vean y huelan, y lo recojan.
Dicen algunos que hemos llegado al punto que si los dueños de perros no se ocupan de recoger lo que sueltan sus perritos, tendremos que sugerir el uso de pañales desechables. Creo que aún quedan otras alternativas. El problema tiene una solución lógica y es que los dueños eduquen a sus mascotas. Una señora me comentaba que ella educó el suyo para que lo hiciera en un periódico en casa. Y el animalito se acostumbró y no era capaz de hacerlo en otro sitio. Educar al perro y educar al amo. La Alcaldía, el MINSA y el Ministerio de Educación, tal como lo establece la Ley 30 de 2000, debieran dedicar cursos de concienciar al ciudadano sobre las limpiezas de la calle. Espero que la gente les preste más atención a estas cosas. Hay unos que llevan sus perros a una escuela canina. Y total, le enseñan a no subirse al sofá, a no morder las cortinas, a no atacar a los niños. Y hay otros que, no insistiendo y resignándose al mal oler, aceptan con tranquilidad que el perro les ensucie la casa, hasta que llega el punto que ni ellos mismos lo aguantan. Lo que se busca son dueños con su bolsa para recoger la "porquería" que deja al pasear con su cochino animal.
Que bonito sería que un día una persona saque a caminar su perro y vea a un vecino que recoge los excrementos y, aunque sólo sea para no quedar mal, él también lo haga. La plaza de Santa Ana ha sido una de esas zonas que han ido mejorando. "Lo malo es que te manches, que malo es, pero lo peor es que resbales y para mí una caída sería fatal", dice una señora mayor que va andando despacito llevando una bolsa y se apoya en un reluciente bastón. "Los dueños, hijo, los dueños son los que tienen que recoger los excrementos. Ahora está mucho mejor. Pero es que hay muchos perritos en la avenida".
En Panamá no existe un censo canino oficial. Hay cifras, pero no son confiables. Aparentemente no hay nadie que se sienta responsable por enfrentar esta problemática. Por un lado, la mayoría de los perros no han sido registrados por sus dueños en la Dirección de Tesorería de la Alcaldía del Distrito de Panamá y mucho menos han pagado los impuestos correspondientes. De acuerdo a las leyes vigentes, "sólo podrán circular por los barrios y centros urbanos los perros que porten las placas". Investigamos y encontramos que nadie en la Alcaldía sabe cuántos perros hay registrados ni cuántas multas se han cobrado; lo que sí cuestionaron fue para qué quería yo saber todo esto. Por otro lado, existe una disposición legal que faculta al MINSA a "custodiar los perros en solturas, y si vencidas las 48 horas y el animal no ha sido reclamado por su dueño, se procederá a disponer del mismo de conformidad a los reglamentos de sanidad". ¡Vaya usted a saber que significa esto! Lo cierto es que se necesita una campaña con sentido práctico en que la Alcaldía y las otras instituciones donen las bolsas recolectoras y se dejen de tanto "si se bota, se nota" y comiencen a "si no la recoges, te multo". Tampoco es una solución la exterminación masiva de los perros, como se hizo en los tiempos de la dictadura. Hay que custodiarlos y para ello es necesario la habilitación de un terreno especial para uso canino. La idea es que tampoco se convierta aquello en el cagódromo perruno.
En fin, que por una deyección de los perros se discute y se pierden amistades y hasta se puede llegar a los puños. Aquel empresario vio, asombrado, cómo una chica guapa paseaba su perrito y cómo el perrito ensuciaba justo en la puerta del local donde trabajaba, pero por tratar de "echarle los perros", no pudo decirle nada. Y aquel otro vecino que harto de tanta necedad, espero al perro en su jardín, lo apedreó y su querido dueño salió a la defensa del animal, sin considerar el regalito que le había dejado sembrado su perrito al pobre vecino. Pero no hay que ser tan extremistas y creo que se puede actuar dentro de rangos con límites razonables. Me decía un sobrino que una vez le dijo a la dueña de un perro que regularmente le embarraba su entrada, "lo recogerá usted luego, ¿no?" Y ella contestó: "otros lo hacen en mi portal y tampoco lo quitan". Así que la llamó "perra". Es lo mínimo, pero si te pones a discutir, no paras. Lo que yo digo es son pobres animalitos. Pero animalitos los dueños, ¡eh! Los dueños. No los perros.
Los perros dejan la calle que es una vergüenza. Se lo hacen en cualquier sitio. Los niños juegan entre excrementos. Y los viejos se resbalan y se caen por culpa de las "plastas" de los apestosos perros. A los dueños habría que obligarles a recogerlo con... mejor no lo digamos. Los residuos de los animales son, según quien no tiene perro, un peligro público, una canallada, un escándalo a la sanidad colectiva o una broma del mal gusto, por decir lo menos. Será que en realidad todo depende de algo. Y, desde luego, no de los animales.
"Para tener un perro hay que saber tenerlo", me dice un dueño de uno. Y de un restaurante de comida rápida: "A mí, más que a nadie, me interesa que la calle esté limpia. Por aquí cuando vemos uno en soltura, lo mandamos a rodar a punta de piedras. Ya ve usted".
El Ministerio de Salud, específicamente el Departamento de Controles de Vectores y Zoonosis, tiene la responsabilidad por parte del Estado de vigilar los asuntos sanitarios y de salud que representan para la comunidad la gran cantidad de perros en soltura. Este es un problema que se ha convertido en una pesadilla para la comunidad en general. La gente se siente impotente y se tiene que aguantar semejante espectáculo, incapaz de poder hacer nada. Si uno se fija - y conviene hacerlo - en lo que pisa, se puede apreciar que todos los intentos que se han hecho para evitar que los perros no ensucien las áreas verdes y calles de la ciudad, han sido infructuosos. La verdad es que ni los veterinarios del MINSA ni los inspectores municipales del "Bin Bin" están haciendo su trabajo.
Mañana azul. Salgo a caminar en las calles del barrio. Desde que llego a la acera se huele un aroma de podredumbre. Miro de reojo. ¿Y qué veo allá? Un perro haciendo de las suyas. Da suerte, dicen. Alguna gente se desea "caca" para desearse suerte. Y pisarla, dicen, es pisar la suerte. Qué cosa más tonta. Será mucha suerte, pero caminar por la ciudad de Panamá es una aventura que en ocasiones, como decía aquel, es lo más parecido a participar en una carrera de malolientes obstáculos. Ningún habitante de esta "si la bota se nota" ciudad metropolitana, puede darse el lujo de esgrimir que en su barrio está exento de este problema. Yo no sé usted, pero para mí esto es peor en Marbella, Paitilla, Alameda y el Carmen. Aquello es tremendo. Yo creo que la culpa no es del perro. La tiene el dueño, que yo a veces, hasta he visto cómo le mira defecar: como si fuera un espectáculo la caquita del perrito, hombre...
Y los que caminan a mi lado, se dicen entre sí, "tremendo y rotundo pedazo que tendrá que recogerlo el alcalde o la Señora". Tampoco es eso. El alcalde no tiene la culpa. Y la Señora, menos. Lo que les diría a ambos es que hace un tiempo vino al barrio a la inauguración del parque Benito Juarez, una alcaldesa y el embajador de un país amigo. Y que ella saludó al embajador y que le dijo: "a ver si viene por aquí más a menudo...", aclarándole que sólo cuando personalidades visitan los lugares dejan las calles más limpias que nunca.
Y es que ese es un derecho universal que tenemos los consumidores de disfrutar de un ambiente limpio, sano y seguro. La CLICAC ha realizado numerosas campañas educativas dirigidas al consumidor con el fin de orientarlos a que mantengan sus comunidades libres de peligros para la salud. Y en su momento la CLICAC ha denunciado a las autoridades sanitarias competentes por permitir la venta de artículos que representan un riesgo para el consumidor. En el operativo Sol Naciente en 1997, la CLICAC descubrió que en la mayoría de las panaderías y abarroterías del país viven perros y otros animales que hacen sus necesidades dentro del área de panificación, y que duermen debajo de los anaqueles donde se guardan los productos para la venta.
En el presente año la Alcaldía de Panamá se gastará miles de balboas en la limpieza de la ciudad. Pero qué partidas y cuánto recursos se han asignado para recoger los residuos caninos, haciendo la salvedad de que, si no se hace nada pronto al respecto, cada año tendrán que aumentarse estas partidas. Y no es que haya más perros, pero si hay cada vez más conciencia sobre la suciedad de las calles. Es uno de los problemas que más afecta a los panameños. Lo medular no es que se preocupen solamente, sino que vean y huelan, y lo recojan.
Dicen algunos que hemos llegado al punto que si los dueños de perros no se ocupan de recoger lo que sueltan sus perritos, tendremos que sugerir el uso de pañales desechables. Creo que aún quedan otras alternativas. El problema tiene una solución lógica y es que los dueños eduquen a sus mascotas. Una señora me comentaba que ella educó el suyo para que lo hiciera en un periódico en casa. Y el animalito se acostumbró y no era capaz de hacerlo en otro sitio. Educar al perro y educar al amo. La Alcaldía, el MINSA y el Ministerio de Educación, tal como lo establece la Ley 30 de 2000, debieran dedicar cursos de concienciar al ciudadano sobre las limpiezas de la calle. Espero que la gente les preste más atención a estas cosas. Hay unos que llevan sus perros a una escuela canina. Y total, le enseñan a no subirse al sofá, a no morder las cortinas, a no atacar a los niños. Y hay otros que, no insistiendo y resignándose al mal oler, aceptan con tranquilidad que el perro les ensucie la casa, hasta que llega el punto que ni ellos mismos lo aguantan. Lo que se busca son dueños con su bolsa para recoger la "porquería" que deja al pasear con su cochino animal.
Que bonito sería que un día una persona saque a caminar su perro y vea a un vecino que recoge los excrementos y, aunque sólo sea para no quedar mal, él también lo haga. La plaza de Santa Ana ha sido una de esas zonas que han ido mejorando. "Lo malo es que te manches, que malo es, pero lo peor es que resbales y para mí una caída sería fatal", dice una señora mayor que va andando despacito llevando una bolsa y se apoya en un reluciente bastón. "Los dueños, hijo, los dueños son los que tienen que recoger los excrementos. Ahora está mucho mejor. Pero es que hay muchos perritos en la avenida".
En Panamá no existe un censo canino oficial. Hay cifras, pero no son confiables. Aparentemente no hay nadie que se sienta responsable por enfrentar esta problemática. Por un lado, la mayoría de los perros no han sido registrados por sus dueños en la Dirección de Tesorería de la Alcaldía del Distrito de Panamá y mucho menos han pagado los impuestos correspondientes. De acuerdo a las leyes vigentes, "sólo podrán circular por los barrios y centros urbanos los perros que porten las placas". Investigamos y encontramos que nadie en la Alcaldía sabe cuántos perros hay registrados ni cuántas multas se han cobrado; lo que sí cuestionaron fue para qué quería yo saber todo esto. Por otro lado, existe una disposición legal que faculta al MINSA a "custodiar los perros en solturas, y si vencidas las 48 horas y el animal no ha sido reclamado por su dueño, se procederá a disponer del mismo de conformidad a los reglamentos de sanidad". ¡Vaya usted a saber que significa esto! Lo cierto es que se necesita una campaña con sentido práctico en que la Alcaldía y las otras instituciones donen las bolsas recolectoras y se dejen de tanto "si se bota, se nota" y comiencen a "si no la recoges, te multo". Tampoco es una solución la exterminación masiva de los perros, como se hizo en los tiempos de la dictadura. Hay que custodiarlos y para ello es necesario la habilitación de un terreno especial para uso canino. La idea es que tampoco se convierta aquello en el cagódromo perruno.
En fin, que por una deyección de los perros se discute y se pierden amistades y hasta se puede llegar a los puños. Aquel empresario vio, asombrado, cómo una chica guapa paseaba su perrito y cómo el perrito ensuciaba justo en la puerta del local donde trabajaba, pero por tratar de "echarle los perros", no pudo decirle nada. Y aquel otro vecino que harto de tanta necedad, espero al perro en su jardín, lo apedreó y su querido dueño salió a la defensa del animal, sin considerar el regalito que le había dejado sembrado su perrito al pobre vecino. Pero no hay que ser tan extremistas y creo que se puede actuar dentro de rangos con límites razonables. Me decía un sobrino que una vez le dijo a la dueña de un perro que regularmente le embarraba su entrada, "lo recogerá usted luego, ¿no?" Y ella contestó: "otros lo hacen en mi portal y tampoco lo quitan". Así que la llamó "perra". Es lo mínimo, pero si te pones a discutir, no paras. Lo que yo digo es son pobres animalitos. Pero animalitos los dueños, ¡eh! Los dueños. No los perros.