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¡Mira si somos irracionales!


La Navidad, época del año que por su contenido y por el mensaje que éste lleva, debiera ser la de mayor paz, comprensión y tranquilidad, se convierte, un año más, en la época de mayores privaciones, desesperos y agonías porque el presupuesto familiar no alcanza siquiera para la pequeña muñeca de la hija pequeña, ya que los más grandecitos probablemente comprenderán la situación. Mientras que para una reducida minoría, la Navidad y el Año Nuevo significan simplemente el cambiar la página del calendario después de haber embotado los sentidos con los más finos y exquisitos licores, además de haber sumado un par de pulgadas al ya obeso vientre como consecuencia de una gula desmedida o un afán de vana ostentación; para otros, la mayoría, la finalización del año representa el punto final de la época más dura del calendario, la cual año tras año viene cargada de sinsabores y sufrimientos.
Este corto período de tiempo sirve para mostrarnos de la manera más real que de toda la escala de seres en esta tierra, muy pocos son definitivamente tan irracionales como puede serlo el hombre. El hombre tiene la capacidad de razonar y ser influenciado por la razón, y esa capacidad no la tiene un tigre hambriento, así como tampoco son estos animales inferiores fácil presa de anunciantes y propagandistas. Hay que ser padre de familia sumamente responsable para ante las privaciones, desesperanzas y agonías que he señalado, no caer doblegado por ese inmenso y profundo dolor que le penetra el alma al no poder entregar a sus hijos los juguetes que piden.
Navidad, hoy día, ha dejado de ser ya el espacio de tiempo en donde los niños recibíamos con alegría los regalos que nos hicieran, no importa cuál fuere el obsequio. Simplemente éste provenía de lo más íntimo de los corazones de nuestros padres y no de la superficialidad de sus bolsillos. Esa era una época en que dar un sencillo y humilde regalo se convertía en el más espontáneo de los gestos de amor paternal, filial, fraternal o de la más pura comunión de amistad, y no en una obligación hipócrita impuesta por una sociedad que propugna el consumo masivo de bienes. Eran tiempos en que no se medía lo que se daba, sino el cómo se daba lo que se obsequiaba, y en donde no se guiaba la familia por aquellos preceptos de una sociedad que compara y juzga por lo que se posea, no importa el costo que se tenga que pagar para adquirirlo.
Hoy vivimos sumergidos en un bombardeo continuo de propaganda exclusivamente mercantilista que nos ha llevado a estructurar una sociedad en donde la niñez exige los juguetes que quiere y los que tiene el vecino, aunque para complacerlos los padres tengamos que privarnos hasta de la comida diaria. Si a eso sumamos los costos de los juguetes en el mercado panameño, podríamos decir con mayor seguridad que todavía son más irracionales las ansias infinitas de dinero de quienes los venden. ¡Corrijamos esa actitud! Si actitud es la tendencia favorable o contraria respecto a algún factor que se convierte en un valor positivo o negativo, entonces nuestro deber será iniciar un proceso de aprendizaje para acondicionar nuestras mentes y encontrar respuestas a fin de cambiar las tendencias desfavorables que año tras año nos agobian, haciéndonos parecer cada vez más como animales inferiores en cuanto a irracionalidad. Sólo así lograremos tener unas próximas Navidades más humanas, más felices, menos mercantiles y más unidos a Dios.

101 años de Panamá América

 
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