Misericordia quiero, dice el Señor
Si usted quiere ser feliz, tiene que parecerse a Dios y Él es Misericordioso. Si quiere ser un infeliz, un amargado y vivir como un “perro rabioso”, entonces cultive toda clase de rencores y sea lo más egoísta que pueda. Se convertirá en un ser solitario y se frustrará a nivel profundo. Quiero que observe esto: El mensaje que corre transversalmente en el Antiguo Testamento y que es extraordinariamente evidente en los Evangelios es este: “Quiero que seas compasivo como yo. Yo soy el Padre de la Misericordia y quiero que aprendas de mi Hijo, que es manso y humilde de corazón”. Podríamos decir que la misericordia divina es la esencia de la historia de la Salvación. De hecho la Buena Nueva, el Evangelio, es que Dios es Misericordioso y nos salva, nos perdona a través de su Hijo Jesucristo. Jesús con la gran parábola del hijo pródigo nos revela el corazón del Padre que es compasivo. Nuestro Dios tiene entrañas maternales y un corazón infinitamente amoroso, de tal manera que no importa los pecados que la humanidad haya cometido porque aún así “entrega su Hijo” para redimirnos y nos perdona. El no “saber lo que hacemos cuando pecamos” como exclama Jesús cuando está muriendo en la Cruz nos hace ver hasta dónde llega la comprensión y la paciencia divina. Su intercesión por nosotros es tan grande que “pide al Padre que nos perdone” aún cuando lo estamos matando a Él. Mire hasta donde llega el amor infinito de Jesús, a pedir la salvación de sus asesinos, sin quejarse de los que cometen el más grande y horroroso crimen de la historia.
La misericordia divina es infinita y la prontitud del Padre en acoger a los “hijos pródigos” de todos los tiempos es inagotable. Jesucristo es la encarnación de la misericordia de Dios. Vino a salvar, a perdonar, a reconciliar. Así quiere Él que seamos nosotros: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia,” (Mt. 5,7). “Sean más bien unos para otros bondadosos, compasivos, y perdónense los unos a los otros, como Dios los ha perdonado en Cristo”, (Ef. 4,32). Todos nuestros pecados serán perdonados si nos arrepentimos. “Vuélvanse ustedes al Señor su Dios, y desgárrense el corazón en vez de desgarrarse la ropa. Porque el Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor”, (Joel 2,12). El amor de Dios supera en grandeza infinita cualquier pecado que por desgracia hayamos cometido. (Continúa el sábado).