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Misericordia quiero, dice el Señor (II)


Ahora bien, Jesús quiere que así como somos perdonados, perdonemos a los demás. Misericordia consiste en comprender que detrás de las ofensas que nos hacen hay almas enfermas, ciegas, ignorantes y que por lo tanto el perdonar implica un acto de sabiduría en donde nos compadecemos de las limitaciones humanas y no dejamos que el resentimiento y el rencor se adueñen de nuestras vidas. Perdonar setenta veces siete nos asemeja más a Dios y nos hace rendir honor y gloria al Amor eternamente compasivo de nuestro Padre.

La misericordia consiste en perdonar, pero también en sentir el dolor ajeno y a hacer algo por los demás. Dice San Agustín que misericordia es “compasión de la miseria ajena, que nos mueve a remediarla hasta donde es posible”. En la parábola del Buen Samaritano vemos hasta donde llega la misericordia del que atendió al apaleado “y medio muerto”. Se compadeció de éste y le dio todo lo que tenía en ese momento para aliviar su dolor y lo “subió a su cabalgadura” y lo llevó a una posada para ser atendido. Isaías 58,10 nos dice “Cuando des de tu pan al hambriento y sacies al alma indigente, brillará tu luz en la oscuridad y tus tinieblas serán cual mediodía”. Jesús nos manda: “Den y se les dará; una medida buena, apretada, colmada, rebosante, será derramada en su regazo. La medida que con otros usen, esa se usará con ustedes”, (Lc. 6,38).

En el milagro de la multiplicación de los panes, vemos a un Jesús que no quiere que haya hambre en el mundo y manda a los discípulos a repartir el pan que de Dios viene, es decir a facilitar que todos participemos del Bien Común. Misericordia implica compartir lo que Dios nos ha dado. San Remigio dijo: “Se llama misericordioso al que considera la desgracia de otro como propia, y se duele del mal del otro como si fuera suyo”. Y el Señor “dirá a los que estén a su derecha: Vengan ustedes, los que han sido bendecidos por mi Padre; reciban el reino que está preparado para ustedes desde que Dios hizo el mundo. Pues tuve hambre, y ustedes me dieron de comer, tuve sed, y me dieron de beber; anduve como forastero, y me dieron alojamiento”,(Mt 25, 34-35)“. Si somos misericordiosos como Dios lo es, con Él seremos invencibles a nuestra maldad y seremos felices.

101 años de Panamá América

 
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