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Monóxido de carbono, muerte silenciosa


Cada día despertamos con noticias sobre personas que mueren producto de la imprudencia al dejar sus autos encendidos en casas de citas con habitaciones construidas sin considerar las normas elementales de seguridad que garanticen la vida de sus ocupantes ocasionales. Muchas veces, los aires acondicionados están en los estacionamientos sin puertas exteriores que ofrezcan ventilación adecuada para evitar la concentración del monóxido de carbono con consecuencias letales.

El monóxido de carbono (CO) se describe como un gas tóxico, incoloro, insípido e inodoro que se produce cuando los combustibles que contienen carbono no se queman de manera completa, cuyos vapores, al ser aspirados, reducen la capacidad de la sangre de transportar oxígeno. Niveles bajos de oxígeno pueden ocasionar la muerte de las células, incluyendo las de los órganos vitales como el cerebro y el corazón.

Estos lucrativos negocios que laboran durante todo el año las 24 horas al día y que cierran sólo el Viernes Santo, deberían tener una supervisión permanente para que protejan a sus clientelas, no únicamente por los riesgos de contagios de enfermedades, mejorando las condiciones higiénicas como también ante los daños comprobados que causan las emisiones de gases contaminantes y letales.

En esos locales también se han registrado, recientemente conatos de incendios que pudieron ocasionar terribles consecuencias. Resulta un imperativo establecer una legislación más rigurosas en estas actividades para que sus administradores diseñen estacionamientos con puertas ventiladas y extractores de aire que impidan la concentración letal de gases venenosos, evitando que las habitaciones estén expuestas a emisiones desde los estacionamientos. Ayudaría también la instalación de centrales de aire acondicionado, detectores del CO y de controles de registro de temperaturas que, ubicados contiguos a las habitaciones, activen alarmas para socorrer y despertar a sus ocupantes ocasionales, dándoles tiempo suficiente para que puedan salvarse.

Como medida inmediata deben fijarse claras advertencias sobre los peligros de muerte que representa dejar vehículos encendidos en estos locales. Además, para los administradores infractores de las normas de seguridad e higiene dirigidas a proteger la salud y la vida de quienes acuden a satisfacer sus necesidades humanas, sean sancionados ejemplarmente y hacerlos responsables civil y penalmente en caso de siniestros.

Cuántos muertos necesitamos para que la sociedad reaccione ante esta situación, que expone particularmente a los jóvenes ante la falta de orientación familiar y reglamentos de seguridad pública. Entidades como el Sinaproc, Cuerpo de Bomberos, Ingeniería Municipal y Ministerio de Salud deben establecer una reglamentación que contemplen verificaciones de los planos de construcción de estas trampas de muerte. Estas tragedias que han causado luto y dolor en las familias panameñas pueden evitarse por lo que debe movernos a una seria reflexión, creando conciencia ciudadana con campañas de prevención.

101 años de Panamá América

 
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