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Monseñor Laboa


Al leer los medios esa mañana y enterarme de la muerte del gran amigo que fue Monseñor Laboa, el Tío, como cariñosamente le decíamos, no pude menos que hacer un alto en las tareas diarias y dedicarle unos minutos al recuerdo y a la memoria de ese singular amigo de Panamá y los panameños. Tuve el honor de conocerle y de forjar una buena relación por razón de mi participación en la dirigencia de la Cruzada Civilista Nacional. Luego, como Decano del Cuerpo Diplomático, me tocó tratarlo, por poco tiempo por cierto, cuando fungí como Vicecanciller de la República a partir de 1990. Los unos y los otros fueron momentos de gran camaradería, pero sobre todo de mutuo respeto, aún en los momentos tensos y delicados en los cuales, por razón del papel que siempre jugó, de mediador por excelencia, nos aconsejaba y protegía cuando la persecución del dictador, luego refugiado en su casa, o cuando, como diplomático, mantuvo alojado en su Sede a connotados militares cercanos a Noriega, mientras se resolvían los trámites de salvoconducto propios de esos delicados momentos.
En el plano familiar, también ocupa un lugar en mi familia. Al nacer mis hijas mellizas, Monique y Alexandra, le pedí que me las bautizara en la Nunciatura, a lo cual accedió, no sin antes decirme que si no se lo hubiera pedido, hubiera tenido una seria disputa con él. A mi hijo mayor, José Raúl, lo bautizó el también querido y recordado Padre Javier Villanueva, en el templo del civilismo que es la Iglesia de Cristo Rey, en agosto de 1989, época de gran incertidumbre en mi vida por todo lo que nos ocurría y lo inmerso que estaba en la lucha por la democratización. Quise hacer de esos dos momentos fundamentales en nuestras vidas, testigos a dos grandes hombres que dejaron huellas imborrables en la historia del país y en la vida de muchos de nosotros. Hoy ambos, en ese reencuentro seguro que todos tendremos, estarán celebrando, aunque al margen de las conspiraciones y conjuras con que tanto se entretenían en la época más negra de nuestra historia política.
Recuerdo cuando Noriega buscó refugio en la Nunciatura. Fue el 24 de diciembre de 1989. El país aún estaba ocupado y salíamos Alberto Boyd y yo de una reunión en la Cancillería, que era la sede temporal del gobierno. Al tratar de llegar a la Nunciatura fue imposible por el cerco de los soldados norteamericanos.
222 ...a pesar de su recia personalidad, debajo de la alta investidura vivía un hombre humano, un diplomático sagaz, de esos que hablan poco pero que hacen mucho y un político consumado...
Pasaron los días y la Cruzada recibía toda suerte de pedidos para organizar una demostración en la Balboa que presionara a Noriega a entregarse, antes de que las masas enardecidas rebasaran la cerca y lo lincharan, como era el clamor y deseo de muchos. Para el 3 de enero de 1990 organizamos la marcha. Esa mañana, el Presidente Endara nos llamó a la Presidencia a Alberto y Fernando Boyd, al maestro Milcíades Cerrud, Pierre Leignadier , Calicho Abadía y a mí, quizás entre otros amigos que se me escapan sus nombres, para una reunión urgente. Allá estaban, el Presidente Endara, el Padre Villanueva, creo que los vicepresidentes Arias y Ford y dos coroneles del ejército Estadounidenses, de los cuales recuerdo a uno de apellido Steele (que luego jugó un rol importante en el intento de golpe de 5 de diciembre, que en otra ocasión escribiré). El motivo de la citación urgente era para pedirnos que, por encargo del Nuncio, suspendiéramos la marcha. Allí ardió Troya. Los militares norteamericanos fueron claros al decir que ellos no impedirían por la fuerza que la gente entrara a la Nunciatura a sacar a Noriega, simplemente acordonarían el área para aislar a los manifestantes hasta donde fuera posible. Pero la misión más dura era comunicarle al Tío que la marcha no se detendría, a pesar del ruego del padre Villanueva, quien era, sin lugar a dudas, un válido y respetado interlocutor, pero que de seguro en el fondo deseaba la marcha más que todos. El Presidente Endara hizo lo que pudo, pero luego en su despacho, le dije que era imposible y que la "vaina iba" porque ya a esa hora la gente estaba dirigiéndose a pie para la Balboa. En el despacho del Presidente, la misión de llamar al Nuncio se le encomendó a Alberto Boyd, ya que Fernando, no recuerdo por qué razón, había tenido su cruce de criterios con él. De todo dijo, pero aceptó el hecho y eso le sirvió de buena manera para dejarle claro a Noriega que él no se metería y que su final sería triste si la gente entraba a la Nunciatura. Lo que pasó después de la marcha es historia conocida.
Muchas fueron las vivencias y muchos los sustos y temores que compartimos. Lo cierto es que, a pesar de su recia personalidad, debajo de la alta investidura vivía un hombre humano, un diplomático sagaz, de esos que hablan poco pero que hacen mucho y un político consumado de gran experiencia y habilidad. Al salir de Panamá le decíamos que lo enviaban a Paraguay, porque ya en ese país habían derrocado al dictador y que lo tomara como un merecido descanso, aunque aburrido de seguro, después de las cosas que vivió e hizo en Panamá a favor de la democracia y los derechos humanos.
No importa de cuál grupo hayamos sido en esos momentos, todos le debemos mucho. Unos, porque propició reales entendimientos que, por la arrogancia demencial de Noriega y sus allegados, no se concretaron, produciendo en definitiva el final lamentable de esa crisis política. Otros, porque nos dio refugio, protección y sabios consejos para maniobrar en medio de la más peligrosa crisis política de nuestros tiempos, con la escasa experiencia que teníamos y que a golpes desarrollamos para enfrentar por métodos no violentos a un cuerpo armado que nos secuestró la Nación.
En el recuerdo positivo de ese buen amigo, le reitero como panameño las gracias y exhorto a todos a que, como tributo a su memoria, nos esforcemos sinceramente por encontrarle pronto un mejor rumbo a este país, que se nos está saliendo irresponsablemente de las manos.
Cada semestre el Patronato del Hospital Santo Tomás, por ejemplo, recibe B/. 150 por cada estudiante, lo que constituye una contribución importante si se toma en consideración que la Universidad Latina tiene unos 130 estudiantes en el nivel clínico, mientras que la Columbus University tiene aproximadamente 120.
Con satisfacción, Staff señaló que desde hace varios semestres la CSS ha seleccionado entre un 30% y un 40% de los egresados de la Universidad Latina para que realicen en sus instalaciones el internado que se exige como requisito previo para obtener la idoneidad.
A juicio de Staff, en esta relación, que ha sido productiva y de gran colaboración, el Seguro Social ha podido medir el trabajo y la calidad de la formación que reciben "nuestros egresados".
Por su parte, Quintero reconoció que la CSS también ha seleccionado a un número menor de sus egresados para el internado, no obstante, atribuyó esta situación a la necesidad de "recurso humano" que enfrenta la entidad de seguridad social, "porque ha sido objeto de muchas críticas por parte de la población que demanda servicios a tiempo y de calidad".
Con miras a buscar una solución a la distribución del estudiantado en todas las instalaciones hospitalarias del país, Carlos Staff recomendó definir cuáles son los hospitales con capacidad docente y cuál es la capacidad de recepción de estudiantes de cada uno de ellos y, sobre esa base, hacer una distribución equitativa de los espacios.
Esta distribución equitativa, agregó, debe estar contenida en un "plan nacional de rotación clínico-quirúrgica", que permita a todos los estudiantes pasar por las mismas experiencias, y acceder a una educación de calidad enmarcada en lo que el país demanda.
Asimismo sugirió que, como una forma de darle prioridad al estudiante de la UP, se les asignen los primeros espacios de las prácticas, pues esta facultad tiene un prestigio ganado que nadie puede poner en duda.
Por su parte, Emperatriz de Quintero considera que con organización y planificación puede hacerse un calendario de rotaciones clínicas, y se podrá comprobar que hay espacio para todos "y sobra", tal como lo han hecho la Columbus University y la Latina en las instalaciones del Ministerio de Salud.
En ese sentido, señaló que desde hace dos semestres, los estudiantes de ambas universidades realizan sus rotaciones en hospitales del MINSA y hasta ahora no se ha presentado "esa situación de desastres, que vislumbraba el decano Mendoza", quien aseguraba que los pacientes iban a estar muy demandados por los futuros médicos.
Ello es así, sostuvo, porque en los convenios se ha establecido que los preceptores clínicos, es decir, los funcionarios de la institución, no deben atender más de cinco estudiantes.
Para el decano de la Facultad de Medicina de la UP, Enrique Mendoza, un aspecto que no debe perderse de vista es que las universidades privadas son agentes económicos y, "desde una perspectiva ética, no deben lucrar con los bienes del Estado".
A su juicio, lo anterior es evidenciado en la reciente resolución N° 201-2756 de 25 de septiembre de 2002, dictada por la Dirección General de Ingresos y promulgada en la Gaceta Oficial, que elimina el privilegio que tenían las universidades privadas de no pagar el Impuesto a la Transferencia de Bienes Corporales Muebles.
Sobre este particular, Mendoza citó una noticia publicada en El Panamá América sobre este tema en la que se afirma que "fuentes del sector educativo consultados sobre la aplicación de esta medida explicaron que ésta obedece a que el Gobierno considera a la educación superior privada como un negocio bien lucrativo".
Sin embargo, para los voceros de las facultades de medicina particulares, éstas están llenando un vacío que existía en el país, pues vale recordar que previo a su creación, un número importante de jóvenes panameños que no alcanzaban un cupo para estudiar medicina y carreras afines en la Universidad de Panamá se iban al extranjero, lo que representa una gran fuga de divisas para el país.
Staff explicó que en el año de 1992 se realizó un estudio que determinó que anualmente once millones de dólares se escapaban del país, debido al alto número de jóvenes panameños que se iban a otros países a formarse en estas profesiones, no obstante, desconoce cómo ha cambiado esta situación en la actualidad.
Explicó que de no existir las nuevas facultades de medicina, quizás un tercio de los jóvenes que allí se forman, se hubiese ido a México, Costa Rica u otros países, mientras que los restantes no hubiesen podido continuar sus estudios y hubieran visto frustradas sus aspiraciones.

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