Monterrey + 5
El tema del financiamiento del Desarrollo ha estado ausente de la agenda interamericana en los últimos años. Sin embargo, después de la Conferencia de las Naciones Unidas, recientemente celebrada en Monterrey, su tratamiento se torna imperativo. El desarrollo, integral o sostenible, según se prefiera calificarlo, es una meta cada vez más lejana. Para alcanzar el desarrollo son imprescindibles dos factores: un mayor crecimiento económico y una mejor distribución de los beneficios de la globalización. Ambos están casados indisolublemente.
Según el más reciente pronóstico de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL) nuestra región sólo crecerá un 0.5% en el 2002. Ese porcentaje es en términos reales un retroceso.
Por otra parte, la globalización continúa avanzando sin que los países menos desarrollados vislumbren vías concretas para beneficiarse de sus ventajas.
¿Cómo pasar de un crecimiento negativo a uno positivo y cómo insertarnos provechosamente en la globalización? Para que ello ocurra será necesario que los países desarrollados le brinden más ayuda a los no desarrollados, por dos vías muy claras y definidas: la primera, mediante el traslado de un porcentaje mayor de su producto interno, mediante donaciones o verdaderos préstamos blandos, la segunda, facilitándoles un mayor acceso a sus mercados. Si esas condiciones no se cumplen, la anhelada meta del desarrollo seguirá inscrita en el libro de las ilusiones. Así de sencilla es la cosa.
En la Cumbre de Monterrey, los Estados Unidos, la principal fuente de ayuda bilateral para Latinoamérica y, a su vez, el principal socio del Banco Mundial, del Fondo Monetario y del Banco Interamericano de Desarrollo volvió a reiterar la cartilla que días antes había anunciado en el discurso que pronunció en este último. Su ayuda estará condicionada a que los eventuales recipientes tengan gobiernos transparentes, inviertan en salud y educación, practiquen la democracia y abran sus mercados.
¿Cuándo, cómo y quién medirá qué países subdesarrollados han alcanzado ese estado de gracia que los haría acreedores a la ayuda por la que claman desesperadamente? Ese es un campo plagado de imprecisiones.
Por experiencia sabemos que la aprobación de las ayudas financieras, tanto bilaterales como las que provienen de las IFIs son procesos lentos. Y si a las condicionalidades ya existentes se les agrega la nueva cartilla, el panorama es todavía más sombrío, por decir lo menos.
De Monterrey salieron en claro algunas cosas: 1) los países desarrollados declararon, sólo declararon, que están dispuestos a aumentar el monto de la ayuda que dirigen a los países más pobres, pero los niveles ofrecidos están muy por debajo de las cantidades mínimas necesarias 2) los países desarrollados demandaron, antes de que siquiera se inicie el análisis de las ayudas que puedan solicitarles los países menos desarrollados, que éstos cumplan una serie de condiciones que harán más difíciles que esa ayuda llegue oportunamente 3) no se adoptaron medidas prácticas para aliviar el endeudamiento que es el principal lastre que arrastran las economías subdesarrolladas 4) no se asumieron compromisos para abrir los mercados de los países desarrollados a las exportaciones de los menos desarrollados.
111Los líderes del mundo subdesarrollado que como la presidenta Moscoso aprovecharon esa tribuna para marcar nuestras insatisfacciones y reclamar tratos más justos hicieron muy bien.
En esas condiciones, es muy difícil considerar que Monterrey fue éxito, y todavía más difícil estimar que habrá avances significativos en el corto plazo. La meta del desarrollo parece seguir tan elusiva como antes.
Los líderes del mundo subdesarrollado que como la presidenta Moscoso aprovecharon esa tribuna para marcar nuestras insatisfacciones y reclamar tratos más justos hicieron muy bien. Lo que necesitamos es un balance equitativo entre los países ricos y los pobres, construido sobre bases más solidarias. Eso era importante decirlo, pero será más importante que nos concentremos para demandarlo. De lo contrario pocos resultados veremos cuando se convoque a la conferencia que ya se ha denominado Monterrey + 5.
Según el más reciente pronóstico de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL) nuestra región sólo crecerá un 0.5% en el 2002. Ese porcentaje es en términos reales un retroceso.
Por otra parte, la globalización continúa avanzando sin que los países menos desarrollados vislumbren vías concretas para beneficiarse de sus ventajas.
¿Cómo pasar de un crecimiento negativo a uno positivo y cómo insertarnos provechosamente en la globalización? Para que ello ocurra será necesario que los países desarrollados le brinden más ayuda a los no desarrollados, por dos vías muy claras y definidas: la primera, mediante el traslado de un porcentaje mayor de su producto interno, mediante donaciones o verdaderos préstamos blandos, la segunda, facilitándoles un mayor acceso a sus mercados. Si esas condiciones no se cumplen, la anhelada meta del desarrollo seguirá inscrita en el libro de las ilusiones. Así de sencilla es la cosa.
En la Cumbre de Monterrey, los Estados Unidos, la principal fuente de ayuda bilateral para Latinoamérica y, a su vez, el principal socio del Banco Mundial, del Fondo Monetario y del Banco Interamericano de Desarrollo volvió a reiterar la cartilla que días antes había anunciado en el discurso que pronunció en este último. Su ayuda estará condicionada a que los eventuales recipientes tengan gobiernos transparentes, inviertan en salud y educación, practiquen la democracia y abran sus mercados.
¿Cuándo, cómo y quién medirá qué países subdesarrollados han alcanzado ese estado de gracia que los haría acreedores a la ayuda por la que claman desesperadamente? Ese es un campo plagado de imprecisiones.
Por experiencia sabemos que la aprobación de las ayudas financieras, tanto bilaterales como las que provienen de las IFIs son procesos lentos. Y si a las condicionalidades ya existentes se les agrega la nueva cartilla, el panorama es todavía más sombrío, por decir lo menos.
De Monterrey salieron en claro algunas cosas: 1) los países desarrollados declararon, sólo declararon, que están dispuestos a aumentar el monto de la ayuda que dirigen a los países más pobres, pero los niveles ofrecidos están muy por debajo de las cantidades mínimas necesarias 2) los países desarrollados demandaron, antes de que siquiera se inicie el análisis de las ayudas que puedan solicitarles los países menos desarrollados, que éstos cumplan una serie de condiciones que harán más difíciles que esa ayuda llegue oportunamente 3) no se adoptaron medidas prácticas para aliviar el endeudamiento que es el principal lastre que arrastran las economías subdesarrolladas 4) no se asumieron compromisos para abrir los mercados de los países desarrollados a las exportaciones de los menos desarrollados.
111Los líderes del mundo subdesarrollado que como la presidenta Moscoso aprovecharon esa tribuna para marcar nuestras insatisfacciones y reclamar tratos más justos hicieron muy bien.
En esas condiciones, es muy difícil considerar que Monterrey fue éxito, y todavía más difícil estimar que habrá avances significativos en el corto plazo. La meta del desarrollo parece seguir tan elusiva como antes.
Los líderes del mundo subdesarrollado que como la presidenta Moscoso aprovecharon esa tribuna para marcar nuestras insatisfacciones y reclamar tratos más justos hicieron muy bien. Lo que necesitamos es un balance equitativo entre los países ricos y los pobres, construido sobre bases más solidarias. Eso era importante decirlo, pero será más importante que nos concentremos para demandarlo. De lo contrario pocos resultados veremos cuando se convoque a la conferencia que ya se ha denominado Monterrey + 5.