Muertes por hambre
Para los panameños siempre ha sido un orgullo afirmar que aquí nunca hemos padecido la pobreza como en otros lares, comparado con cualquier país del hemisferio. Quienes trabajamos en los medios sabemos, desde hace mucho tiempo, que eso no es así. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Panamá registra aterradores índices de pobreza que se ubican en 40.5% la normal - si es que así puede llamársele-, y en 26.5% la extrema. Aproximadamente uno de cada cinco niños de edad escolar padece desnutrición, según fuentes oficiales. Pero aún así, pocos panameños sabían que la gente aquí se muere de hambre, no muy distinto a lo que ocurre a algunos hermanos de Centroamérica. ¿No será que mueren en silencio guardando un mínimo de dignidad humana mal concebida?
La verdad sea dicha. Desde hace años el hambre viene azotando a más de un millón de panameños; y en ese escenario, algunos mueren, sobre todo niños y ancianos. En las áreas indígenas -asumimos-, se muere en forma anónima, sin registros demográficos, en lugares apartados, lejos de la modernización.
Hace un lustro supimos que murió de hambre una niña de diez años proveniente del sur de Veraguas. Cuando preguntamos, nos dijeron que allá no hay ni "chumico" para comer. Es una tierra seca y árida donde hasta la hierba se niega a crecer. Hay programas aislados de cría de peces y siembras autóctonas, pero su impacto es mínimo.
Los medios publicamos hace pocas semanas el drama de algunas familias en tierras de Divalá, Chiriquí, que padecen hambre extrema. Como se sabe, se trata de un lugar que depende de las alicaídas siembras bananeras. La reconversión es un fracaso.
Puede que Divalá suene a lugar lejano para algún capitalino desprevenido, pero hace tres días, divulgamos la muerte por hambre de la niña Yaritza Pérez de 18 meses, quien residía en La Playita de Arraiján, a tan sólo media hora de la opulencia citadina. Es una realidad dolorosa pero perfectamente previsible. Es consecuencia de la prolongada postración económica que viene arrastrando el país. El hambre se pasea a lo largo y ancho de la geografía nacional y tenemos que enfrentarla, antes que se asocie a otras enfermedades y se convierta en una tragedia mayor. La meningitis, de la cual hay registrados hoy más de 150 casos a nivel nacional, si bien se le vincula al desaseo y falta de agua potable, tiene campo fértil también en el hambre y la pobreza.
Cuanto antes hay que reforzar los programas de nutrición escolar y redoblar esfuerzos a través del Ministerio de la Niñez y la Familia para coordinar una efectiva estrategia nacional para ese propósito.
La verdad sea dicha. Desde hace años el hambre viene azotando a más de un millón de panameños; y en ese escenario, algunos mueren, sobre todo niños y ancianos. En las áreas indígenas -asumimos-, se muere en forma anónima, sin registros demográficos, en lugares apartados, lejos de la modernización.
Hace un lustro supimos que murió de hambre una niña de diez años proveniente del sur de Veraguas. Cuando preguntamos, nos dijeron que allá no hay ni "chumico" para comer. Es una tierra seca y árida donde hasta la hierba se niega a crecer. Hay programas aislados de cría de peces y siembras autóctonas, pero su impacto es mínimo.
Los medios publicamos hace pocas semanas el drama de algunas familias en tierras de Divalá, Chiriquí, que padecen hambre extrema. Como se sabe, se trata de un lugar que depende de las alicaídas siembras bananeras. La reconversión es un fracaso.
Puede que Divalá suene a lugar lejano para algún capitalino desprevenido, pero hace tres días, divulgamos la muerte por hambre de la niña Yaritza Pérez de 18 meses, quien residía en La Playita de Arraiján, a tan sólo media hora de la opulencia citadina. Es una realidad dolorosa pero perfectamente previsible. Es consecuencia de la prolongada postración económica que viene arrastrando el país. El hambre se pasea a lo largo y ancho de la geografía nacional y tenemos que enfrentarla, antes que se asocie a otras enfermedades y se convierta en una tragedia mayor. La meningitis, de la cual hay registrados hoy más de 150 casos a nivel nacional, si bien se le vincula al desaseo y falta de agua potable, tiene campo fértil también en el hambre y la pobreza.
Cuanto antes hay que reforzar los programas de nutrición escolar y redoblar esfuerzos a través del Ministerio de la Niñez y la Familia para coordinar una efectiva estrategia nacional para ese propósito.