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Mujer, desigualdad y pobreza


Históricamente, se consideró a la mujer como el sexo débil, y su función se identificó con las actividades dirigidas a la reproducción, mantenimiento y protección del mundo familiar. Domesticidad y feminidad en la cultura se convierten en conceptos inseparables ya que desde los primeros tiempos la mujer fue relegada a las tareas del hogar o domésticas, incluso algunos lo estiman como su hábitat natural.
Contradictoriamente la vinculación de la mujer con la esfera doméstica es un estereotipo que se transmite y aprende desde la infancia: de madre a hija ya que la mujer, en algunas culturas, es la que excluye al varón de las tareas domésticas al negarse a transmitir a sus hijos varones habilidades y destrezas consideradas femeninas o que considera asociadas con la homosexualidad. Es común que la participación masculina en la esfera doméstica se considere o valore como una colaboración voluntaria, incluso se aprecia y agradece; en cambio para la mujer es obligatoria y la no-ejecución de esta labor podría dar lugar a escenas de violencia y maltrato por parte del cónyuge, padres o hermanos. Esta aceptación natural de la función doméstica y su no-valoración afecta negativamente la percepción que tienen las mujeres de sí mismas.
Fueron los movimientos feministas y los esfuerzos internacionales los que lograron situar paulatinamente a la mujer en un sitial de igualdad con relación al hombre, promoviendo su realización personal, su participación política y cultural y la superación laboral fundamentados en el principio de igualdad: educativa, económica y política. También a principios del siglo se logró reivindicar constitucionalmente los derechos jurídicos de la mujer e incluso se logró la modificación y erradicación de algunas prácticas discriminatorias, jurídicas y consuetudinaria contra la mujer en el ámbito de la familia, en la esfera civil y comercial, administrativa y laboral, que atentaban contra el derecho de la mujer. En documentos internacionales, de mediados de siglo, se proclamó la igualdad y se recomendó a los Estados garantizar una mayor igualdad jurídica entre el hombre y la mujer. En la actualidad son pocos los Estados que no reconocen la igualdad de "jure" aunque de hecho o facto no funcione en algunas sociedades. Con estos principios y con la división sexual del trabajo se permite que la mujer ocupe aquellos espacios u oficios considerados denigrantes para los hombres por ser típicamente femeninos como la máquina de coser, de escribir y trabajos manuales, cuyo pago era ínfimo. Sin embargo la incorporación de la mujer al mercado laboral no significó una redistribución de funciones dentro del núcleo familiar, sino más bien una prolongación de la jornada laboral o una duplicación de sus funciones.
Esto permite la situación social de la mujer y cada vez es mayor el porcentaje de mujeres que luchan por insertarse en el mercado laboral en búsqueda de igualdad de oportunidades y de estrategias colectivas de supervivencia para enfrentar la pobreza. Sin embargo, su economía sigue siendo deprimente, dado que su incorporación se reduce a los sectores económicos de menor desarrollo y baja productividad, unido a los bajos salarios y a la discriminación por razones de sexo que aún persiste en el mercado laboral. Puede decirse que el desempleo y el subempleo la afectan en mayor medida ya que sus ingresos no superan el costo de la canasta básica familiar, especialmente en los hogares que tienen a mujeres como cabezas de familias.
Pero el problema más grave lo enfrenta la mujer indígena y la rural, ya que tienen menos oportunidades de sobrevivencia que la urbana. Por su condición misma la pobreza la afecta en mayor grado por la presencia de factores como el analfabetismo, la discriminación, la violencia y la desigualdad en la tenencia de la tierra y en las oportunidades económicas. Observamos mujeres con igual capacidad y preparación que el hombre devengando salarios inferiores en comparación con éstos. Aún, a finales de siglo, y pese a todos los avances, en algunas empresas, se prohíbe la contratación de mujeres en edad fértil; o se les contrata bajo la condición de no quedar embarazadas o se les exige pruebas de esterilidad; se les despide si se sospecha embarazo, o simplemente no se les renueva el contrato laboral para evitar los pagos de licencias por el fuero de maternidad, obviando normas establecidas en la Constitución Nacional y el Código de Trabajo, que protegen el derecho de las mujeres al trabajo y el principio de igualdad. La maternidad, sigue siendo un estigma para la propia mujer; en la búsqueda y la estabilidad de empleos pues anualmente cientos de mujeres son despedidas de su trabajo por simple sospecha de embarazo, por acoso y por contraer nupcias, especialmente la trabajadora doméstica. Mientras la sociedad moderna o actual, no cambie de actitud respecto a la mujer y la considere como ser humano dotado de capacidad y razón; promueva la efectiva igualdad de oportunidades, de derecho y de hecho; valore el espacio que ocupa la mujer en la sociedad y exija una profunda modificación de actitudes respecto al trabajo doméstico, la consecución de igualdad de oportunidades no será efectiva.

101 años de Panamá América

 
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