Mujeres heroicas y anónimas
E ste 8 de marzo, nos interesa destacar el papel que desempeña un ejército de mujeres, la mayoría jefes de hogar, que derivan sus ingresos del trabajo realizado en el veleidoso sector de la economía informal. Se trata de mujeres que por diversas razones (educativas, culturales, sociales, etc.) no tienen acceso a una ocupación formal y, no obstante, logran, con el sudor de su frente, atender las necesidades básicas de un hogar, gran parte carente de la figura masculina, como la alimentación, vivienda, educación y salud de su prole. Ellas son dignas de encomio porque se han permitido todo, menos el robar o prostituirse para mantener y educar a sus hijos. Es por eso que se comprueba una vez más que la mujer tiende a constituirse en uno de los motores del cambio social, expresado en la promoción del progreso familiar. "Los niveles de aspiración femeninos para alcanzar la mejor educación para sus hijos es un ingrediente de la movilidad ocupacional y social ascendiente" (Néstor Porcell, Niveles de Aspiraciones Educativas de las Madres Panameñas) Muchas han sido altamente recompensadas, ya que en honor a su sacrificio los y las hijos (as) se han convertido en magníficos profesionales que hacen reverencia al esfuerzo de sus madres, reconociendo en ello el alto costo social que implicó, porque en estos casos "las mujeres no sólo tienen que enfrentar las estructuras patriarcales del mundo del trabajo que oprimen a las trabajadoras, aunque desempeñen una profesión, aunque se ganen la vida en el taller, en una fábrica en una oficina, las mujeres no son las iguales del hombre" (Elizabeth Reid, Las Trabajadoras OIT, 1976), también tienen que sortear una serie de impedimentos por la informalidad del trabajo.
El trabajo informal agudiza la explotación de género que aún sufren las mujeres, porque a su doble condición de mujer y de trabajadora, se le añade la ausencia de un salario fijo, estipulado legalmente, amén de la carencia de prestaciones sociales. No conocen de vacaciones remuneradas, subsidios de maternidad, de enfermedad, bonificaciones o jubilaciones; de tal manera que a su pesada faena deben agregar el desgaste corporal de una vida sin descanso y, por supuesto, sin esparcimiento, pues también deben cubrir el trabajo doméstico de su hogar y la atención de la familia.
Excluidas de la economía formal por la falta de educación y-o adiestramiento, terminan al final de su vida productiva con enfermedades no atendidas o mal atendidas, por la falta de recursos que no son más que secuelas de los penosos trabajos a los que se expusieron por largos años. Es el caso de las planchadoras, muchas atienden dos casas diariamente, durante siete días. Existen otras que lavan y planchan; hay quienes sólo cocinan. Sé del caso de Vielka, quien se sienta en la entrada de mi barriada desde que asoma el sol o la lluvia, bajo una carpa, construida por ella, para vender sus periódicos y dar de comer a sus hijitos, y después se va a planchar. Según me dijo, sufre de reumatismo por los cambios climáticos.
Evelina tiene 40 años y nueve hijos. Su esposo murió hace 10 años. Con mucho esfuerzo ha colocado un puesto de frutas nacionales a la entrada de otra barriada. Lleva en esto 8 años, durante los cuales los amigos de lo ajeno le han robado dos veces. Cada vez le resulta más difícil realizar su tarea porque padece de osteoporosis, cuyos medicamentos son tan caros. Pudo ser diagnosticada gracias a una donación de una cliente, ya que ella no podía pagar 50.00 por la radiografía. Comenta con tristeza lo conveniente que sería contar con Seguro Social. Lo que no sabe es que éste, aunque comprende muchos beneficios, no incluye dentro de los mismos el aparato de detección de dicha enfermedad, tampoco los medicamentos, a pesar de que la misma tiene alta incidencia en el sexo femenino; que el 45% de la población asegurada, tal vez un poquito más, es mujer y que la osteoporosis tiene graves repercusiones económicas y sociales.
A las mujeres en términos generales, y las de la economía informal en particular, se les niega constantemente su calidad de ciudadanas en salud, no obstante que todos los Estados suscriben acuerdos en que reconocen "El derecho de las mujeres a la salud como un derecho de ciudadanía de las mujeres, al que deben acceder sin restricciones o exclusiones de ningún tipo, y a través de todo su ciclo vital".
Ernestina, de 33 años, se dedica a limpiar casas, lo que implica fregar los pisos, baños, ventanas, estufas etc. Lleva en esto un par de años, desde que su esposo la abandonó. Con seguridad limpia tres veces por semana y eventualmente alguna otra que surja. No es suficiente, pero con esto atiende las demandas de sus niñitos, porque el padre de éstos no la ayuda con nada. Ha tratado de ponerle pensión alimenticia, pero él abandona los trabajos para no pagar. Le explico los trámites a seguir, pero según refiere la burocracia es inoperante, cara y desalentadora. Coincido con ella. !No basta que existan las leyes; se requiere que se afinen los mecanismos que hagan más expedito el cumplimiento de las normas que benefician a las mujeres, sobre todo a estas heroicas y anónimas mujeres.
El trabajo informal agudiza la explotación de género que aún sufren las mujeres, porque a su doble condición de mujer y de trabajadora, se le añade la ausencia de un salario fijo, estipulado legalmente, amén de la carencia de prestaciones sociales. No conocen de vacaciones remuneradas, subsidios de maternidad, de enfermedad, bonificaciones o jubilaciones; de tal manera que a su pesada faena deben agregar el desgaste corporal de una vida sin descanso y, por supuesto, sin esparcimiento, pues también deben cubrir el trabajo doméstico de su hogar y la atención de la familia.
Excluidas de la economía formal por la falta de educación y-o adiestramiento, terminan al final de su vida productiva con enfermedades no atendidas o mal atendidas, por la falta de recursos que no son más que secuelas de los penosos trabajos a los que se expusieron por largos años. Es el caso de las planchadoras, muchas atienden dos casas diariamente, durante siete días. Existen otras que lavan y planchan; hay quienes sólo cocinan. Sé del caso de Vielka, quien se sienta en la entrada de mi barriada desde que asoma el sol o la lluvia, bajo una carpa, construida por ella, para vender sus periódicos y dar de comer a sus hijitos, y después se va a planchar. Según me dijo, sufre de reumatismo por los cambios climáticos.
Evelina tiene 40 años y nueve hijos. Su esposo murió hace 10 años. Con mucho esfuerzo ha colocado un puesto de frutas nacionales a la entrada de otra barriada. Lleva en esto 8 años, durante los cuales los amigos de lo ajeno le han robado dos veces. Cada vez le resulta más difícil realizar su tarea porque padece de osteoporosis, cuyos medicamentos son tan caros. Pudo ser diagnosticada gracias a una donación de una cliente, ya que ella no podía pagar 50.00 por la radiografía. Comenta con tristeza lo conveniente que sería contar con Seguro Social. Lo que no sabe es que éste, aunque comprende muchos beneficios, no incluye dentro de los mismos el aparato de detección de dicha enfermedad, tampoco los medicamentos, a pesar de que la misma tiene alta incidencia en el sexo femenino; que el 45% de la población asegurada, tal vez un poquito más, es mujer y que la osteoporosis tiene graves repercusiones económicas y sociales.
A las mujeres en términos generales, y las de la economía informal en particular, se les niega constantemente su calidad de ciudadanas en salud, no obstante que todos los Estados suscriben acuerdos en que reconocen "El derecho de las mujeres a la salud como un derecho de ciudadanía de las mujeres, al que deben acceder sin restricciones o exclusiones de ningún tipo, y a través de todo su ciclo vital".
Ernestina, de 33 años, se dedica a limpiar casas, lo que implica fregar los pisos, baños, ventanas, estufas etc. Lleva en esto un par de años, desde que su esposo la abandonó. Con seguridad limpia tres veces por semana y eventualmente alguna otra que surja. No es suficiente, pero con esto atiende las demandas de sus niñitos, porque el padre de éstos no la ayuda con nada. Ha tratado de ponerle pensión alimenticia, pero él abandona los trabajos para no pagar. Le explico los trámites a seguir, pero según refiere la burocracia es inoperante, cara y desalentadora. Coincido con ella. !No basta que existan las leyes; se requiere que se afinen los mecanismos que hagan más expedito el cumplimiento de las normas que benefician a las mujeres, sobre todo a estas heroicas y anónimas mujeres.