¡Mujeres vulnerables! (III)
Una de las obras clásicas de la literatura española y universal es una creación correspondiente al siglo XVI denominada La Celestina, nombre que recibe comúnmente la tragicomedia de Calisto y Melibea, atribuida a Fernando de Rojas y que representa la vida de una mujer dedicada a complacer deseos y voluntades de los varones de la época. La labor de este personaje consistía en seducir y convencer a damas y damiselas de la conveniencia o no, de establecer relaciones con los caballeros o galanes que tenían pretensiones hacia ellas. Esta es una vieja profesión. Trascendemos el tiempo y nos ubicamos en nuestro Panamá del siglo XXI. Hago referencia a este tema, debido a que hace poco más de un año, fue causa de gran revuelo una denuncia hecha a través de uno de los canales de televisión más visto del país.
Por cierto que lo denunciado en ese documental del Canal Antena 3 de la televisión española, era la visita a nuestro país de algunos periodistas de esa nacionalidad, cuya intención era demostrar que en Panamá, la trata de blancas, en particular de menores de edad, era un hecho de extraordinaria magnitud.
Lo más notorio de todo esto es que esa victoriana sociedad española de antaño, aferrada al tradicionalismo del ya caído generalísimo Francisco Franco, cambió totalmente los patrones culturales y la España antigua no es ahora ni ejemplo de moral ni de las mejores artes ni costumbres. De tal manera que para los panameños no hubiese sido extraño que aquella sociedad fuera presentada en el reportaje de los periodistas hispanos y no los señalamientos hechos en contra de la nuestra.
De manera alguna pretendo justificar la actitud de la protagonista de este episodio acontecido en nuestro país, que fue llevado al máximo de la notoriedad cuando, inclusive, el mismo documental fue reproducido en el seno de nuestra Asamblea Legislativa, casualmente a instancias de quien presidía la Comisión de la Mujer.
En modo alguno pretendo decir que los señalamientos contra la denunciada matrona "Madame Tonya" dedicada a tan antigua profesión, como fue el caso de La Celestina, no tengan valor como denuncia pública.
Desde el inicio de la República y de la construcción del Canal de Panamá, y durante toda la larga presencia de tropas militares extranjeras en nuestro país, ha existido todo tipo de lupanares, algunos de los cuales perduran aún en el centro de la ciudad.
Muchos de estos burdeles, manejados muchos de ellos por ibéricos y otros ciudadanos de origen mediterráneo, han estado presentes en nuestro país, y yo creo que hubiera sido supremamente interesante que a raíz de las denuncias realizadas por la Comisión de la Mujer en el seno de la Asamblea Legislativa, se hubiera puesto el dedo en la llaga.
Gracias a una adecuada fiscalización de nuestras autoridades migratorias, no hace mucho vimos en la televisión escenas de alrededor de cincuenta "alternadoras" deportadas de Panamá, una de las cuales, inclusive, agredió a una periodista local.
Todo este negocio de trata de blancas, de este tipo de albergues donde se hace el amor tarifado, no ha sido motivo de escándalo que yo recuerde, ya que la sociedad panameña los ha venido aceptando con el paso del tiempo.
Lo cierto es que el proxenetismo en Panamá, creo que no está en manos femeninas sino, por el contrario, los tratantes de blancas, sean estas menores o mayores de edad, pertenecen al género masculino y posiblemente en contubernio con algunos codiciosos abogados que transgreden la legislación migratoria panameña, ubicando en los diversos centros de tolerancia de la República a mujeres muy jóvenes y quizás menores de edad, de limitados recursos y que a la sazón, también se convierten en víctimas de la avaricia y la ambición de estos oscuros personajes.
Pareciera que ante la existencia de estos lugares donde la prostitución puede ser abierta o simulada ni la sociedad, ni las autoridades, en este caso la Asamblea, habían festinado tanto como en el caso de Madame Tonya, a consecuencia de la denuncia de la televisión española.
Me pregunto si acaso esta actitud no presume la existencia de una doble y condicionada moral, ajustada al protagonismo de la acción censurable y en donde la mujer, por atavismos seculares entronizados en nuestra cultura falocrática, siempre termina siendo prejuzgada sin establecer la verdadera responsabilidad de los hechos.
Y es que aquí, vuelvo y pregunto: ¿no será que nuestra predisposición a señalar vicios, defectos o quebrantamientos de la ley, está particularmente dirigida a las mujeres? ¿Será que éstas son vulnerables y que por el contrario, no será que los hombres dentro de toda esta red de tratantes de blancas, de manejos de menores, se convierten en impunes personajes al margen de la ley?.
Todas estas reflexiones nos deben llamar la atención y repito: por qué señalar a las mujeres o a una muy en particular y no ahondar en el tema del manejo de la trata de blancas, el proxenetismo y aún de "celestinos", porque de esos también hay muchos que se dedican a actividades tan execrables como las que se denunciaron por la televisión española, que demuestran el mencionado prejuicio; y por otra parte, ¿por qué no pedirle a los españoles que hagan documentales sobre su propia sociedad madrileña o de su famoso barrio lavapie?.
Finalmente, nos preguntamos, ¿por qué escoger a Panamá como destino de su reportaje al investigar la trata de blancas, cuando existen lugares en el mundo donde lo anterior es un hecho cotidiano, como por ejemplo Bangkok, la capital del reino de Tailandia (país asiático donde existe una red de prostitución de mujeres jóvenes y menores de edad), Nueva York, Los Angeles, Río de Janeiro, París, Manila en Filipinas o por qué no decirlo, la misma España, procedencia de algunos de los dueños de los burdeles y hoteles de ocasión más conspicuos y antiguos de nuestra ciudad?
Por cierto que lo denunciado en ese documental del Canal Antena 3 de la televisión española, era la visita a nuestro país de algunos periodistas de esa nacionalidad, cuya intención era demostrar que en Panamá, la trata de blancas, en particular de menores de edad, era un hecho de extraordinaria magnitud.
Lo más notorio de todo esto es que esa victoriana sociedad española de antaño, aferrada al tradicionalismo del ya caído generalísimo Francisco Franco, cambió totalmente los patrones culturales y la España antigua no es ahora ni ejemplo de moral ni de las mejores artes ni costumbres. De tal manera que para los panameños no hubiese sido extraño que aquella sociedad fuera presentada en el reportaje de los periodistas hispanos y no los señalamientos hechos en contra de la nuestra.
De manera alguna pretendo justificar la actitud de la protagonista de este episodio acontecido en nuestro país, que fue llevado al máximo de la notoriedad cuando, inclusive, el mismo documental fue reproducido en el seno de nuestra Asamblea Legislativa, casualmente a instancias de quien presidía la Comisión de la Mujer.
En modo alguno pretendo decir que los señalamientos contra la denunciada matrona "Madame Tonya" dedicada a tan antigua profesión, como fue el caso de La Celestina, no tengan valor como denuncia pública.
Desde el inicio de la República y de la construcción del Canal de Panamá, y durante toda la larga presencia de tropas militares extranjeras en nuestro país, ha existido todo tipo de lupanares, algunos de los cuales perduran aún en el centro de la ciudad.
Muchos de estos burdeles, manejados muchos de ellos por ibéricos y otros ciudadanos de origen mediterráneo, han estado presentes en nuestro país, y yo creo que hubiera sido supremamente interesante que a raíz de las denuncias realizadas por la Comisión de la Mujer en el seno de la Asamblea Legislativa, se hubiera puesto el dedo en la llaga.
Gracias a una adecuada fiscalización de nuestras autoridades migratorias, no hace mucho vimos en la televisión escenas de alrededor de cincuenta "alternadoras" deportadas de Panamá, una de las cuales, inclusive, agredió a una periodista local.
Todo este negocio de trata de blancas, de este tipo de albergues donde se hace el amor tarifado, no ha sido motivo de escándalo que yo recuerde, ya que la sociedad panameña los ha venido aceptando con el paso del tiempo.
Lo cierto es que el proxenetismo en Panamá, creo que no está en manos femeninas sino, por el contrario, los tratantes de blancas, sean estas menores o mayores de edad, pertenecen al género masculino y posiblemente en contubernio con algunos codiciosos abogados que transgreden la legislación migratoria panameña, ubicando en los diversos centros de tolerancia de la República a mujeres muy jóvenes y quizás menores de edad, de limitados recursos y que a la sazón, también se convierten en víctimas de la avaricia y la ambición de estos oscuros personajes.
Pareciera que ante la existencia de estos lugares donde la prostitución puede ser abierta o simulada ni la sociedad, ni las autoridades, en este caso la Asamblea, habían festinado tanto como en el caso de Madame Tonya, a consecuencia de la denuncia de la televisión española.
Me pregunto si acaso esta actitud no presume la existencia de una doble y condicionada moral, ajustada al protagonismo de la acción censurable y en donde la mujer, por atavismos seculares entronizados en nuestra cultura falocrática, siempre termina siendo prejuzgada sin establecer la verdadera responsabilidad de los hechos.
Y es que aquí, vuelvo y pregunto: ¿no será que nuestra predisposición a señalar vicios, defectos o quebrantamientos de la ley, está particularmente dirigida a las mujeres? ¿Será que éstas son vulnerables y que por el contrario, no será que los hombres dentro de toda esta red de tratantes de blancas, de manejos de menores, se convierten en impunes personajes al margen de la ley?.
Todas estas reflexiones nos deben llamar la atención y repito: por qué señalar a las mujeres o a una muy en particular y no ahondar en el tema del manejo de la trata de blancas, el proxenetismo y aún de "celestinos", porque de esos también hay muchos que se dedican a actividades tan execrables como las que se denunciaron por la televisión española, que demuestran el mencionado prejuicio; y por otra parte, ¿por qué no pedirle a los españoles que hagan documentales sobre su propia sociedad madrileña o de su famoso barrio lavapie?.
Finalmente, nos preguntamos, ¿por qué escoger a Panamá como destino de su reportaje al investigar la trata de blancas, cuando existen lugares en el mundo donde lo anterior es un hecho cotidiano, como por ejemplo Bangkok, la capital del reino de Tailandia (país asiático donde existe una red de prostitución de mujeres jóvenes y menores de edad), Nueva York, Los Angeles, Río de Janeiro, París, Manila en Filipinas o por qué no decirlo, la misma España, procedencia de algunos de los dueños de los burdeles y hoteles de ocasión más conspicuos y antiguos de nuestra ciudad?