Múltiples rostros de una región conflictiva
Recientemente, distintos medios periodísticos de América Latina y Europa publicaron una columna de opinión del prestigioso escritor Mario Vargas Llosa. De dicha columna, titulada sugestivamente "El enemigo de Israel", se desprenden dos ideas principales. Por un lado, el novelista vincula la guerra en Afganistán con el persistente conflicto palestino-israelí. Mientras la disputa no sea resuelta, afirma Vargas Llosa, la situación "seguirá agravándose y provocando violencias de incalculables consecuencias para el futuro de la humanidad". Según su visión, la paz en Medio Oriente depende casi exclusivamente de alcanzar un acuerdo definitivo entre la Autoridad Palestina y el Estado de Israel.
En segundo lugar se manifiesta partidario de un cambio de gobierno en Israel que desplace de la escena al actual primer ministro, Ariel Sharon. Su eventual salida, sugiere el escritor, posibilitará un retorno a la mesa de negociación. Entre los calificativos que utiliza para referirse al militar y político israelí se encuentran "dogmático intolerante", "fundamentalista" equiparable a "los intolerantes de la Jihad Islámica o de Hamas" y responsable de una gestión "catastrófica". Por último, Vargas Llosa acusa al premier nada menos que de implementar el "terrorismo de Estado".
Por un lado, sostener como lo hace el escritor peruano que la violencia que envuelve al Medio Oriente deriva del enfrentamiento entre palestinos e israelíes constituye una simplificación excesiva de los hechos. ¿Qué lugar ocupan los otros problemas regionales -distintos e independientes- de aquella disputa? ¿Se olvida Vargas Llosa del impredecible régimen iraquí y de su formidable capacidad desestabilizadora? ¿De su constante amenaza a las monarquías petroleras del Golfo Pérsico? ¿Se puede sustraer del cuadro regional a Irán, una teocracia radicalizada lanzada a la adquisición de tecnología nuclear y militar de última generación? ¿Qué decir de Argelia, una bomba de tiempo a punto de estallar bajo la presión del fundamentalismo local? ¿Podemos olvidarnos de Egipto, una autocracia férrea que se niega a avanzar hacia formas más democráticas de gobierno? ¿O de Siria y su militarismo crónico que sabotea las iniciativas de paz? ¿O sugiere acaso el novelista que la retirada de las tropas israelíes del sur del Líbano convirtió a ese país en un territorio pacificado y libre de grupos terroristas? ¿Se puede omitir de un análisis general a las vecinas ex repúblicas soviéticas enfrentadas con un panislamismo extremo? Estos ejemplos ponen de relieve la gran complejidad regional, la pluralidad de sus causas y los numerosos actores involucrados.
Respecto de su segunda tesis, Vargas Llosa recurre a una calificación muy grave: el "terrorismo de Estado". Este implica la subversión total del sistema democrático, su perversión más absoluta. Gobernado por autoridades elegidas democráticamente, en comicios regulares, limpios y libres; con alternancia en el poder de los distintos partidos políticos y coaliciones; bajo el imperio de una plena libertad de expresión y prensa (comparable a cualquiera de los países de Occidente); con representación parlamentaria de la minoría árabe en la Knesset (parlamento israelí); y un poder judicial encabezado por la Corte Suprema (difícilmente considerada una mera formalidad institucional), Israel es una democracia plena donde no hay espacio para la utilización del terrorismo como herramienta de defensa del Estado.
Las acciones de seguridad y defensivas implementadas (incluso aquellas consideradas más drásticas y controvertidas) están orientadas a proteger a su población civil del asedio permanente del terrorismo y no a "aterrorizar" deliberadamente a los residentes palestinos. Sin dudas, las transgresiones al orden legal que puedan producirse durante los enfrentamientos deben ser resueltas por los órganos jurisdiccionales apropiados, procurando el máximo respeto a los derechos y libertades básicos de las personas involucradas (sean israelíes o palestinas). Pero ello no habilita la utilización ligera --como hace Vargas Llosa-- de una expresión más apropiada para referirse a los regímenes militares latinoamericanos de las décadas del "70 y "80. Estos gobiernos, electos por el poder de la fuerza, fueron responsables de la violación sistemática y masiva de los derechos humanos, del silenciamiento absoluto de la prensa y la opinión pública en general, de la clausura total de la vida política y del vaciamiento de los sistemas de justicia. Como tales, no pueden ser equiparados a la democracia israelí.
En segundo lugar se manifiesta partidario de un cambio de gobierno en Israel que desplace de la escena al actual primer ministro, Ariel Sharon. Su eventual salida, sugiere el escritor, posibilitará un retorno a la mesa de negociación. Entre los calificativos que utiliza para referirse al militar y político israelí se encuentran "dogmático intolerante", "fundamentalista" equiparable a "los intolerantes de la Jihad Islámica o de Hamas" y responsable de una gestión "catastrófica". Por último, Vargas Llosa acusa al premier nada menos que de implementar el "terrorismo de Estado".
Por un lado, sostener como lo hace el escritor peruano que la violencia que envuelve al Medio Oriente deriva del enfrentamiento entre palestinos e israelíes constituye una simplificación excesiva de los hechos. ¿Qué lugar ocupan los otros problemas regionales -distintos e independientes- de aquella disputa? ¿Se olvida Vargas Llosa del impredecible régimen iraquí y de su formidable capacidad desestabilizadora? ¿De su constante amenaza a las monarquías petroleras del Golfo Pérsico? ¿Se puede sustraer del cuadro regional a Irán, una teocracia radicalizada lanzada a la adquisición de tecnología nuclear y militar de última generación? ¿Qué decir de Argelia, una bomba de tiempo a punto de estallar bajo la presión del fundamentalismo local? ¿Podemos olvidarnos de Egipto, una autocracia férrea que se niega a avanzar hacia formas más democráticas de gobierno? ¿O de Siria y su militarismo crónico que sabotea las iniciativas de paz? ¿O sugiere acaso el novelista que la retirada de las tropas israelíes del sur del Líbano convirtió a ese país en un territorio pacificado y libre de grupos terroristas? ¿Se puede omitir de un análisis general a las vecinas ex repúblicas soviéticas enfrentadas con un panislamismo extremo? Estos ejemplos ponen de relieve la gran complejidad regional, la pluralidad de sus causas y los numerosos actores involucrados.
Respecto de su segunda tesis, Vargas Llosa recurre a una calificación muy grave: el "terrorismo de Estado". Este implica la subversión total del sistema democrático, su perversión más absoluta. Gobernado por autoridades elegidas democráticamente, en comicios regulares, limpios y libres; con alternancia en el poder de los distintos partidos políticos y coaliciones; bajo el imperio de una plena libertad de expresión y prensa (comparable a cualquiera de los países de Occidente); con representación parlamentaria de la minoría árabe en la Knesset (parlamento israelí); y un poder judicial encabezado por la Corte Suprema (difícilmente considerada una mera formalidad institucional), Israel es una democracia plena donde no hay espacio para la utilización del terrorismo como herramienta de defensa del Estado.
Las acciones de seguridad y defensivas implementadas (incluso aquellas consideradas más drásticas y controvertidas) están orientadas a proteger a su población civil del asedio permanente del terrorismo y no a "aterrorizar" deliberadamente a los residentes palestinos. Sin dudas, las transgresiones al orden legal que puedan producirse durante los enfrentamientos deben ser resueltas por los órganos jurisdiccionales apropiados, procurando el máximo respeto a los derechos y libertades básicos de las personas involucradas (sean israelíes o palestinas). Pero ello no habilita la utilización ligera --como hace Vargas Llosa-- de una expresión más apropiada para referirse a los regímenes militares latinoamericanos de las décadas del "70 y "80. Estos gobiernos, electos por el poder de la fuerza, fueron responsables de la violación sistemática y masiva de los derechos humanos, del silenciamiento absoluto de la prensa y la opinión pública en general, de la clausura total de la vida política y del vaciamiento de los sistemas de justicia. Como tales, no pueden ser equiparados a la democracia israelí.