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Mundo secuestrado


La figura aterradora del secuestro no es exclusiva del fenómeno colombiano. Es un hecho denigrante y vergonzoso que debe analizarse desde la perspectiva de la sociedad mundial y no sólo de un bando o país específico.

El terrorismo también lo practican algunos Estados. Los beneficios del narcotráfico son parte de la economía de los países consumidores. Vivimos en un mundo secuestrado con imposiciones, discriminaciones y abusos que algunos pretenden ignorar. Convivimos en una sociedad con patronos elitistas-terroristas. Una sociedad castrada de valores con una Iglesia indiferente al evangelio de Cristo. Una sociedad que admite el mercado de seres humanos, vicios, invasiones, bombardeos en áreas civiles, una sociedad que permite el holocausto de miles de niños por desnutrición, asesinatos y torturas en prisiones y vuelos clandestinos, sobreexplotación y saqueo a los países empobrecidos, pretendiendo mediáticamente hacer creer que hay un grupo de malignos que, como deporte, decide vivir en la selva, sin vida propia y ante la negación permanente de sus derechos cuando sabemos que hay otros actores, con menor porcentaje de miembros pero con gran poder, que gozan de la lisonja reverente que les concede el poder económico-político. Estos tienen su séquito de alabarderos y bufones, así como disponen de medios de comunicación, desinformadores pagados, fuerzas paramilitares y de inteligencia financiadas con los inagotables recursos que les generan su hegemonía o su elección por minorías y con mentiras.

Echemos un vistazo a la injusticia social que campea impunemente ampliando los niveles de pobreza en países con grandes recursos naturales y humanos. A causa de ello, miles de niños, jóvenes y ancianos sobreviven acosados y sin esperanzas de redención. En su histórica desgracia algunos se involucran en revoluciones y movimientos sociales violentos, emulando, por esta vía, a quienes desde su opulencia los explotan y oprimen por siglos. Amigos lectores, no se trata sólo de los secuestrados por las FARC en Colombia, sino de la mayoría de los colombianos y seres humanos del mundo, secuestrados y olvidados por un sistema voraz, sin derecho a los más elementales derechos humanos. La paz y el desarrollo sostenido no se construyen con la guerra, ni con la injusticia, ni la mentira. Vayamos al fondo de la verdad, a las causas de esta vorágine que tiene solución sin hipocresía. No todo está perdido, los buenos son más.

101 años de Panamá América

 
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