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Narcotráfico y seguridad


Informaciones provenientes de México revelan que son cinco mil las víctimas que este año deja el narcotráfico en ese país, el doble que las registradas en el 2007. Desde que Felipe Calderón asumió la presidencia, México ha encarado con energía la lucha contra los carteles de la droga, al término que, desplazado el ejército hacia la zonas donde es más influyente el flagelo, se diría con propiedad que el norte es un área en guerra.

Pero las cifras y la decisión del gobierno mexicano permiten una conclusión: es evidente no sólo un esfuerzo descomunal del estado mexicano, sino también el poder del narcotráfico. Un drama en el que también parece estar sumergida Guatemala, y a quien varios organismos certifican ya como el país más violento de Centroamérica. Razón tienen quienes han señalado al narcotráfico como la expresión más acabada del alto nivel organizativo del crimen transnacionalizado, y que exige esfuerzos regionales dado que las gestiones nacionales pueden enfrentarlo con un esfuerzo casi inútil.

Como un cáncer que ataca todo el sistema, el narcotráfico ha llevado su crimen hasta las recámaras de las familias. Tras captar a sus hijos y minarlos, ha vuelto adictos a los propios familiares que, desesperados por la forma como se pierden sus seres queridos, hacen hasta lo imposible por tratar de rescatarlos. Las drogas han creado un mercado paralelo que reta al propio sistema, y convertido campos, avenidas, callejones y matorrales, en tumbas improvisadas. No se trata de un simple delito, sino de un verdadero reto a la inteligencia colectiva.

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