Necesitamos solidaridad y acciones urgentes
Los países de América Latina comenzamos a sentir los efectos económicos adversos de los actos terroristas del pasado 11 de septiembre de manera inmediata. Por ejemplo, el cierre de los aeropuertos de los Estados Unidos cortó en cuestión de minutos los desplazamientos de viajeros hacia los destinos turísticos de nuestra región ocasionando, casi instantáneamente, la pérdida de ingresos vitales para muchas de nuestras economías, principalmente de las naciones caribeñas y de los países centroamericanos.
El estado de la economía mundial, que depende como nadie ignora de la salud de las economías de los países más desarrollados, ya mostraba antes de los actos terroristas claros signos de debilidad y apuntaba hacia la recesión que ahora abiertamente se reconoce que existe. Las economías más pequeñas y dependientes veíamos venir el temporal, pero muy lejos de nuestras posibilidades estaba evitarlo.
Los efectos del 11 de septiembre obligaron a instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a revisar previas estimaciones sobre el crecimiento de la economía, que ahora se anuncia que sólo registrará un aumento del 0.9 al final del año 2001, y no el 1.9 que originalmente se había pronosticado.
El bajo o casi nulo crecimiento de la economía mundial en el 2001 ya era una calamidad para los países más pobres. Sin embargo, aunque estábamos padeciendo los efectos de una economía enferma, también existían fundadas esperanzas de que la recuperación comenzaría en la primera parte del 2002. Ahora sabemos, porque en ello coinciden los más avezados expertos, que la recuperación sólo empezará bien avanzado el segundo semestre del próximo año.
Lo preocupante de ese panorama es que los países pobres, contrario a lo que ocurrió con los efectos negativos que se hicieron sentir de manera inmediata, sólo empezaremos a ver los efectos de la recuperación, si acaso, en el 2003.
En resumen y para no alargar el relato, la situación a grandes rasgos en la siguiente:
La desaceleración en el crecimiento de la economía mundial que existía y se agudizaba antes de los actos terroristas ya era un panorama sombrío para las economías más pobres y dependientes; Después del 11 de septiembre, al entrar la economía mundial en un período de recesión, la situación se ha tornado todavía más difícil alcanzando proporciones de calamidad; A la disminución de los ingresos que ya registran las economías más pobres, se agrega la necesidad de incurrir en nuevos costos no previstos para implementar medidas adicionales de seguridad en puertos, aeropuertos o en las fronteras y para estrechar el seguimiento de las actividades en las que pudieran estar involucrados presuntos terroristas o para mejorar los controles bancarios con el fin de prevenir el financiamiento de actos terroristas; Adicionalmente, el aumento en los costos de los seguros que protegen las mercaderías o a las aeronaves de las líneas latinoamericanas encarecerán el precio de nuestras exportaciones restándonos competitividad.
Si a todo lo anterior se suma, como ya he señalado, que los efectos de la recuperación económica mundial no se harán visibles en los países más pobres antes del año 2003, hay que concluir que nos esperan tiempos especialmente difíciles y que necesitaremos de recursos y medidas excepcionales mientras esperamos a que se produzca la anunciada recuperación.
Ahora más que nunca es urgente entablar un diálogo tanto con los países de economías más desarrolladas como con las instituciones financieras internacionales para concretar medidas rápidas de ayuda, preferiblemente concesionales, que sirvan para construir un puente que nos permita esperar a que las economías más desarrolladas vuelvan a un ritmo normal de crecimiento y sus efectos reboten en las nuestras.
El paso inmediato podría ser una conferencia o reunión especial que sea convocada conjuntamente por la OEA y el BID para examinar y cuantificar los daños que han sufrido las economías más débiles de nuestra región y acordar un programa de ayudas de emergencia que, entre otras medidas contemple aspectos como la reducción de la deuda externa y su servicio, para liberar recursos o crear espacio para nuevos créditos que ayuden a paliar temporalmente la crisis.
En la reciente reunión del Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI), celebrada el pasado 12 de diciembre en la sede de la OEA en Washington, adelanté una iniciativa en ese sentido que mereció una reacción inmediata y favorable de las delegaciones asistentes. Procede ahora que iniciemos acciones concretas para hacerla realidad a corto plazo.
El estado de la economía mundial, que depende como nadie ignora de la salud de las economías de los países más desarrollados, ya mostraba antes de los actos terroristas claros signos de debilidad y apuntaba hacia la recesión que ahora abiertamente se reconoce que existe. Las economías más pequeñas y dependientes veíamos venir el temporal, pero muy lejos de nuestras posibilidades estaba evitarlo.
Los efectos del 11 de septiembre obligaron a instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a revisar previas estimaciones sobre el crecimiento de la economía, que ahora se anuncia que sólo registrará un aumento del 0.9 al final del año 2001, y no el 1.9 que originalmente se había pronosticado.
El bajo o casi nulo crecimiento de la economía mundial en el 2001 ya era una calamidad para los países más pobres. Sin embargo, aunque estábamos padeciendo los efectos de una economía enferma, también existían fundadas esperanzas de que la recuperación comenzaría en la primera parte del 2002. Ahora sabemos, porque en ello coinciden los más avezados expertos, que la recuperación sólo empezará bien avanzado el segundo semestre del próximo año.
Lo preocupante de ese panorama es que los países pobres, contrario a lo que ocurrió con los efectos negativos que se hicieron sentir de manera inmediata, sólo empezaremos a ver los efectos de la recuperación, si acaso, en el 2003.
En resumen y para no alargar el relato, la situación a grandes rasgos en la siguiente:
La desaceleración en el crecimiento de la economía mundial que existía y se agudizaba antes de los actos terroristas ya era un panorama sombrío para las economías más pobres y dependientes; Después del 11 de septiembre, al entrar la economía mundial en un período de recesión, la situación se ha tornado todavía más difícil alcanzando proporciones de calamidad; A la disminución de los ingresos que ya registran las economías más pobres, se agrega la necesidad de incurrir en nuevos costos no previstos para implementar medidas adicionales de seguridad en puertos, aeropuertos o en las fronteras y para estrechar el seguimiento de las actividades en las que pudieran estar involucrados presuntos terroristas o para mejorar los controles bancarios con el fin de prevenir el financiamiento de actos terroristas; Adicionalmente, el aumento en los costos de los seguros que protegen las mercaderías o a las aeronaves de las líneas latinoamericanas encarecerán el precio de nuestras exportaciones restándonos competitividad.
Si a todo lo anterior se suma, como ya he señalado, que los efectos de la recuperación económica mundial no se harán visibles en los países más pobres antes del año 2003, hay que concluir que nos esperan tiempos especialmente difíciles y que necesitaremos de recursos y medidas excepcionales mientras esperamos a que se produzca la anunciada recuperación.
Ahora más que nunca es urgente entablar un diálogo tanto con los países de economías más desarrolladas como con las instituciones financieras internacionales para concretar medidas rápidas de ayuda, preferiblemente concesionales, que sirvan para construir un puente que nos permita esperar a que las economías más desarrolladas vuelvan a un ritmo normal de crecimiento y sus efectos reboten en las nuestras.
El paso inmediato podría ser una conferencia o reunión especial que sea convocada conjuntamente por la OEA y el BID para examinar y cuantificar los daños que han sufrido las economías más débiles de nuestra región y acordar un programa de ayudas de emergencia que, entre otras medidas contemple aspectos como la reducción de la deuda externa y su servicio, para liberar recursos o crear espacio para nuevos créditos que ayuden a paliar temporalmente la crisis.
En la reciente reunión del Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI), celebrada el pasado 12 de diciembre en la sede de la OEA en Washington, adelanté una iniciativa en ese sentido que mereció una reacción inmediata y favorable de las delegaciones asistentes. Procede ahora que iniciemos acciones concretas para hacerla realidad a corto plazo.