Nepotismo en la cancillería
En los tiempos del Canciller de Hierro Bismarck, los representantes diplomáticos se elegían severamente entre la élite intelectual de Prusia. Y en tiempos modernos de cancilleres memorables como Chou en Lai, Bouteflika y Henry Kissinger, cada embajador, secretario, cónsul, pasaba por varios tamices antes de proceder a un nombramiento diplomático, ya fuera por vía de la carrera diplomática o por necesidad política.
Tradicionalmente en Panamá no fuimos muy rigurosos en la selección de personal diplomático. A la estrategia geopolítica, antepusimos el nepotismo, la recompensa partidista y la contraprestación de apoyos económicos. Sin embargo, hubo quienes alimentaron la esperanza que el actual gobierno podría ser la excepción en nombramientos diplomáticos de personal empírico se han llevado un chasco. No sólo persisten los males seculares sino que se han exacerbado. La relación de embajadores y cónsules nos muestra el vacío impresionante de la experiencia profesional y el abultamiento del favoritismo familiar y político. Apellidos emblemáticos de los clanes arnulfistas, así como de familiares de dirigentes y ministros del régimen constituyen la nueva generación de neófitos que hemos lanzado al mundo, no precisamente para que nos representen con eficacia en la era de la globalización y la revolución cibernética, sino para que gocen de vacaciones muy largas y muy bien remuneradas, simplemente por estar vinculados a los anillos del poder.
Se observa que la mayor parte de los neodiplomáticos son escasamente conocidos en Panamá. No son destacados como profesionales, líderes cívicos, o empresarios. No se han diferenciado por sus atributos personales, salvo contadas excepciones. No podríamos regatearles méritos como padres de familia, o amas de casa, pero las respetables virtudes domésticas no son suficientes para representar a un país como el nuestro, tan urgido de relaciones diplomáticas, culturales y comerciales que nos enriquezcan desde diversas perspectivas e intereses.
La nueva ley del servicio diplomático no puede ser por el momento el único cauce de selección de personal, dado que se requiere de un proceso de maduración para formar diplomáticos de carrera. Mientras la carrera diplomática se consolida, tenemos la opción de escoger representantes en el exterior con objetividad apolítica y con cierto rigor cultural selectivo. No debemos seguir haciendo el ridículo en el extranjero y mucho menos continuar despilfarrando recursos públicos pagando elevados sueldos y canonjías a elementos sin idoneidad ni aptitudes para la diplomacia.
La principal responsabilidad en los nombramientos diplomáticos recae en el Poder Ejecutivo, que no muestra perspectivas de cambio de mentalidad en ese ámbito y sigue atado a una tradición de favoritismo y de antiprofesionalismo. Por ello, no podemos quejarnos si en el extranjero nos subestiman y no tenemos relieve en los foros internacionales. En verdad tratan a Panamá en función de la personalidad de los diplomáticos que no son de carrera sino designados a la carrera.
Tradicionalmente en Panamá no fuimos muy rigurosos en la selección de personal diplomático. A la estrategia geopolítica, antepusimos el nepotismo, la recompensa partidista y la contraprestación de apoyos económicos. Sin embargo, hubo quienes alimentaron la esperanza que el actual gobierno podría ser la excepción en nombramientos diplomáticos de personal empírico se han llevado un chasco. No sólo persisten los males seculares sino que se han exacerbado. La relación de embajadores y cónsules nos muestra el vacío impresionante de la experiencia profesional y el abultamiento del favoritismo familiar y político. Apellidos emblemáticos de los clanes arnulfistas, así como de familiares de dirigentes y ministros del régimen constituyen la nueva generación de neófitos que hemos lanzado al mundo, no precisamente para que nos representen con eficacia en la era de la globalización y la revolución cibernética, sino para que gocen de vacaciones muy largas y muy bien remuneradas, simplemente por estar vinculados a los anillos del poder.
Se observa que la mayor parte de los neodiplomáticos son escasamente conocidos en Panamá. No son destacados como profesionales, líderes cívicos, o empresarios. No se han diferenciado por sus atributos personales, salvo contadas excepciones. No podríamos regatearles méritos como padres de familia, o amas de casa, pero las respetables virtudes domésticas no son suficientes para representar a un país como el nuestro, tan urgido de relaciones diplomáticas, culturales y comerciales que nos enriquezcan desde diversas perspectivas e intereses.
La nueva ley del servicio diplomático no puede ser por el momento el único cauce de selección de personal, dado que se requiere de un proceso de maduración para formar diplomáticos de carrera. Mientras la carrera diplomática se consolida, tenemos la opción de escoger representantes en el exterior con objetividad apolítica y con cierto rigor cultural selectivo. No debemos seguir haciendo el ridículo en el extranjero y mucho menos continuar despilfarrando recursos públicos pagando elevados sueldos y canonjías a elementos sin idoneidad ni aptitudes para la diplomacia.
La principal responsabilidad en los nombramientos diplomáticos recae en el Poder Ejecutivo, que no muestra perspectivas de cambio de mentalidad en ese ámbito y sigue atado a una tradición de favoritismo y de antiprofesionalismo. Por ello, no podemos quejarnos si en el extranjero nos subestiman y no tenemos relieve en los foros internacionales. En verdad tratan a Panamá en función de la personalidad de los diplomáticos que no son de carrera sino designados a la carrera.