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Ni con el pétalo de una rosa


El domingo de carnaval, en la ciudad de Las Tablas, unos desalmados se dieron a la tarea de lanzar botellas, papel sanitario y hasta un martillo a la tuna y carroza que paseaba a la reina contraria. Por algún providencial milagro, no se reportó heridos mayores entre la abrumadora y desprevenida multitud, para quien los peligrosos objetos venidos desde la oscuridad y que volaban desde un balcón sobre sus cabezas lucían como caprichosas lechuzas de plata bajo la luna y los fuegos de artificio que adornaban el cielo. Pese a todo, la soberana no dejó apagar un instante su sonrisa inocente, mientras zurcaban los proyectiles sobre su cabeza.
Fue un ataque alevoso y cobarde contra quienes no hacen más que salvaguardar una tradición de varios siglos, cuyos orígenes se pierden en los albores de la Colonia. El pueblo era apenas un polvoriento villorrio de una sola calle que dio origen a una sana rivalidad entre "los de arriba" y "los de abajo" que perdura hasta la actualidad. Hoy Las Tablas presenta el mejor carnaval panameño gracias en parte a esa rivalidad y al estímulo que entraña pero, en adición a eso, -lo que es más importante aún-, gracias a que las más distinguidas familias tableñas permiten cada año que alguna de las más bellas, cultas y virtuosas jóvenes damas de su seno, presida como reina su respectiva tuna.
Es una competencia dura, -y por fortuna, sin perdedora-, en las que las familias y las tunas invierten cuantiosas sumas de dinero y miles de agotadoras horas de trabajo, nunca remunerados, salvo en términos de gloria para la calle y Las Tablas. Fuera de eso, lo demás se quema con los fuegos y se los lleva el viento entremezclado con el humo y el olor a pólvora, con las notas de tambor diseminadas por los rincones patrios. Si la funesta práctica de agredir a las reinas y sus tunas se generaliza, se acabarán los carnavales.
Al carnaval tableño hay que preservarlo y rescatarlo con su riqueza autóctona y auténticas raíces, liberarlo de la chabacanería y ritmos exógenos, de la vulgaridad y, sobre todo, de los criminales potenciales como los que el domingo pasado agredieron sin más razón que la de exhibir la soberana contraria de Calle Arriba su exuberante belleza, igual condición que compartió con donaire su colega de Calle Abajo. A tan hermosas damas, sólo flores, besos y poemas cabe lanzarles; jamás groserías, ni insultos y mucho menos botellas, papel sanitario, ni martillos. En fin, "ni pétalos de rosa"


101 años de Panamá América

 
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