¿Niños asesinos o asesinos de niños?
La muerte de un escolta, sumado a asesinatos en Tocumén y Curundú perpetrados por jóvenes armados, desata la polémica de cómo resolver esta situación. La reacción a la propuesta de dar 20 años de cárcel a los menores asesinos no ha sido positiva, simplemente porque la raíz del problema no está en encarcelar a la gente, sino más bien en cómo prevenir que nos tornemos menos violentos.
Cada día la sociedad panameña sube sus niveles de violencia; hay menos tolerancia social. Lo vemos en las calles cuando los vehículos y los buses convierten calles y avenidas en tormentos de ruidos. Cuando la gente para trabajar tiene que tomar un bus a las 4 de la mañana para llegar a su hogar de vuelta en horas de la noche, sin saber qué hicieron sus hijos durante el día. Lo vemos en la forma de resolver todo; ahora la violencia llega hasta los campos de juegos donde protagonizan batallas campales equipos rivales.
Pero hay otra clase de violencia que carcome más nuestra sociedad. Aquella que se da en los hospitales sin medicinas ni equipos, porque las donaciones de China y Corea fueron despilfarradas, y sus responsables gozan de las casas de campo que adquirieron con los dineros donados. Aquella que se da en las escuelas, sin aulas ni servicios adecuados, porque algunos bellacos se robaron los fondos que debían servir ese propósito. Aquella que se da en los proyectos que hace el gobierno y que en el camino muchos millones se quedan en las manos de quienes no debían tenerla.
Cuando vamos a Tocumen y vemos lo lindo que está, nos preguntamos el porqué no nos han dicho cuánto terminó costando toda su rehabilitación y cuánto adicional hubo que gastar. O cuando vemos las constantes muertes que se dan en el mal construido Puente Centenario, nos hacemos preguntas similares. Ojalá que en todas las instancias gubernamentales se practique la transparencia que todo indica se da en la Autoridad del Canal de Panamá
Vivimos una sociedad violenta que no se corregirá porque seamos más severos castigando a los menores infractores, sino cuando comencemos a castigar a los mayores sinvergüenzas, cuyas muertes quizás no se produzcan con las balas que ahora usan esos niños, pero sí con lo que le roban al pueblo a través de sus corruptos gobiernos. Preguntémonos, ¿cuántos mueren en las áreas indígenas, en los hospitales y clínicas porque no hay recursos, en muchos casos existentes pero que gobierno tras gobierno se los roba o los dilapida? ¿Podremos llamarle a éstos “asesinos de niños”? Creo que sí, para lo cual tenemos que comenzar a castigar severamente a esa otra clase de delincuentes.