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¡No al periodismo inmoral!


Sabes lo que le acaban de publicar a Juan Carlos Tapia?, me preguntó una persona con sorna e ironía. Respondí: "Me interesa poco saberlo". Supuse de antemano que era alguna ofensa, y así fue. Poco me interesaba lo que se acababa de publicar contra la integridad moral del amigo que hacía unos seis años atrás inició sus cometarios públicos, con alta preocupación por la bienandanza nacional.
No tardó en llegar a mis manos anónimamente aquel sucio pasquín de comedia grosera y barata, pero aunque molesto por su contenido, decidí esperar la reacción del ofendido, la cual sabía iba a llegar.
No se necesita mucha reflexión para decirles el efecto que me causa la maldad demostrada por los responsables de tal publicación. Ella me hace sentir como si en Panamá nos encontramos inmersos de pronto en una sociedad de rateros, en un antro de bajo mundo, en la cual se les escucha a los ofensores compadecerse a sí mismos porque nuestra sociedad no comparte sus perversiones. Si aceptamos con placer o indiferencia tal actitud, el mal que les toque a los ofensores será mínimo, si se compara con el daño que sufrirán los hijos de la actual y futura generación. Ese perjuicio recaerá sobre el país y será una mayoría la que lo lamentaríamos.
Quien en su vida ha andado por caminos difíciles, como lo ha hecho Juan Carlos, siempre pone un poco de corazón en cada uno de ellos. Sus comentarios personales no han sido compartidos por algunas personas, pero no pueden negar que lo que nace de ellos es, y en abundancia, la pasión indignada contra la injusticia y la hipocresía, contra los que causan el mal de nuestros semejantes y de la patria. El manifiesta su opinión sobre temas nacionales y ha criticado severamente a quienes han hecho algo incorrecto o simplemente no han hecho lo que les correspondía hacer para beneficio general. ¿Que a lo mejor se ha equivocado algunas veces? Casi seguro, es humano. Pero nunca ha criticado al que ha estado en las escalas más humildes de nuestra sociedad, y eso precisamente es lo que le duele a muchos que no tienen capacidad intelectual, autoridad moral, ni la voluntad necesaria para enderezar los entuertos nacionales.
Faltando a la reserva y confidencialidad que me ha caracterizado, voy a compartir sólo un rasgo de la calidad humana de Juan Carlos Tapia, porque de lo bueno de una persona muy poco se publica. Son muchas las personas que en el transcurso de los años han sido ayudadas por él. A ellos les ha facilitado los medios para valederos propósitos: la operación urgente, la lucha para no perder la vista, el problema económico que pone en peligro la unidad familiar, becas escolares y universitarias, y muchas otras razones humanas. De ellas, nunca ha hablado y ni hecho alarde. Por ello, digo con orgullo que no hay mejor patria que la que cada hombre de buena voluntad lleva en su alma.
El supuesto periodismo de tal publicación, hoy denunciado por Tapia, no es más que ruindad incalculable que no puede ser de buena patria. Aceptarlo significará destruir los cimientos de una nación que busca, afanosa, mejores tiempos para sus ciudadanos. Si los periodistas nos contagiamos del sucio y mentiroso ambiente ofrecido por ese semanario, si permitimos que se ataque de esa forma a personas responsables y respetuosas en su modo de proceder y en sus opiniones, las actitudes cobardes se sentirán fortificadas y tendríamos que sonreír a quienes no alcanzan siquiera la categoría de ciudadanos, verdaderas llagas en el cuerpo deshonrado de esa noble profesión de periodismo, en una patria que nada perderá porque se habría convertido en irredimible y obtusa.
El juicio ético del hombre nunca debe descender a las frivolidades que rebajan al juez y tornan vulgar el criterio que aprecia su conducta. Seguros estamos de que nuestra justicia defenderá los principios morales, hoy violados por la publicación contra Juan Carlos; ella actuará porque es incompatible con la moral, con la civilización y con la virilidad de todo juicio, el acordarse de las bondades reales o supuestas del acusado a la hora en que éste debe ser enjuiciado o, peor aún, si al momento de estar enjuiciado ejerce mando o disfruta posición elevada. Y a aquellos que en la revisión jurídica les parezcan bandidos, los tratarán como tal y no intentarán darles baños de rosas a quienes aún andan hediondos por dentro. En esta denuncia, nuestra justicia no va a compartir tal caso de plagas con ningún juicio castrado.

101 años de Panamá América

 
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