"No creo en el derecho"
EN EL DÍA DE ayer, 9 de agosto del año en curso, fecha en que recordamos el natalicio del más célebre patricio del decimonono, Dr. Justo Arosemena, así como también en su rememoración celebramos el Día de los Abogados, sería aproximadamente las 7:30 de la mañana, cuando al entrar a los estacionamientos del edificio en donde quedan nuestras oficinas, había un joven abogado a quien pude reconocer inmediatamente dado que había sido, tal vez hace ocho años atrás, mi alumno en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá.
Sin esperar llegar a mi estacionamiento hice un alto, bajé el vidrio lateral derecho de la puerta delantera y lo saludé como corresponde expresándole en qué podíamos servirle. El joven abogado, mustio, casi suplicando, con la mirada triste y perdida en la incertidumbre que producen los siete "años de la vaca flaca", imploraba lo ayudara a conseguir un trabajo. Añadió: "Como usted comprenderá, del Derecho no se puede vivir en este país y estoy dedicado a predicar la Palabra de Dios". Acto seguido le di palabras de aliento, de incentivo y entusiasmo con la consiguiente promesa de que retornara el próximo lunes a nuestro despacho. Él se marchó feliz, creyendo, plagado de esperanzas mil. ¡Ojalá me permita Dios poderlo ayudar!
Como mi despacho se encuentra en el primer piso del edificio, subí por la escalera trasera y mientras daba pasos lentos escalón por escalón, me vino un pensamiento perturbador: "Del Derecho no se puede vivir en este país". Me resonaba lo dicho por el núbil abogado, realmente me afectaba. Un profesional que no pasa de los 32 años, lleno de vida, diciendo que "Del Derecho no se puede vivir en este país", nos resulta, más que triste, patético. No se trata de censurarle su falta de fe en el Derecho; tampoco de restregarle en su cara una aparente bulimia mental. No, se trata de algo más delicado: No creer en la profesión que se escogió, dese la edad ensoñadora de los muchachos y muchachas que arriban, generalmente, a los 18 años, para definir el estilo y modo de vida; de satisfacer metas y fines con una carrera o profesión; de dejar de creer en los ideales del Derecho y de la Justicia, conceptos éstos de los cuales, nosotros, como docentes en la Facultad, hacemos tantas predicaciones y discursos, y que a estas alturas al joven profesional de mi relato le parezcan cantos de sirena o "puro cuento", es harto preocupante. Pero lo es más aún el saber que no se trata de un joven abogado solamente, sino que hacen ejércitos los profesionales del derecho, y se suma a ellos un elevado sector de la población panameña, que ha dejado de creer en el Derecho, en la Ley y en la Justicia como conceptos que puedan ser traductores de concretas definiciones y apetencias de seguridad jurídica, de resolución legítima de los conflictos entre los seres humanos a través del proceso judicial como método dialéctico y civilizado de heterocomposición de esos litigios; en la seguridad jurídica como manifestación de la voluntad de la Ley al caso concreto; de que la Ley es igual para todos y que en el Estado de Derecho, del cual Panamá hace gala frecuente, hay "igualdad de oportunidades para todos". ¡Qué pena que muchos abogados hayan dejado de creer en lo que tanto han estudiado, reflexionado, analizado, aplicado, instrumentado, como medio y método de luchas y defensas!
Recuerdo que en una ocasión, entre tanto explicaba a mis alumnos el concepto del debido proceso y el tema de las garantías constitucionales y legales, de cómo funcionan en los distintos procesos judiciales, una alumna me hizo cierta reclamación: "Profesor, ¿y para qué sirve todo eso si nada de eso se aplica?". Quedé, lo mismo que con el abogado de mi artículo, ensimismado, perplejo. A esa ex alumna le dije, según recuerdo: "Precisamente, le enseño esto para que conozca y sepa en qué consisten las instituciones del Derecho Procesal, cómo funcionan y cómo deben operar y para que así, de este modo, conociendo usted los conceptos jurídicos sepan cómo realmente defender o llevar adelante una causa; no se puede -le insistí- corregir a nadie si no estamos en condiciones de sostener cómo es tal o cual cuestión en el mundo del Derecho".
Me alegra todavía recordar que la mayoría de los estudiantes del salón al que pertenecía esa estudiante entendieron y comprendieron el mensaje.
Los abogados en este país de indefiniciones legales, imprecisiones jurisprudenciales y sentencias injustas con apariencia de "sentencias justas", no podemos perder la fe en el Derecho y en la Justicia; no podemos permitirnos darle paso expedito a la injusticia y a la ilegalidad; no podemos ser indiferentes ante la arbitrariedad y el improperio a la dignidad humana; no podemos ser fríos y quedar impávidos ante el señorío del fuerte sobre el débil y no hacer nada o, simplemente, guardar silencio; no podemos "dejar hacer y dejar pasar" como si nada estuviera aconteciendo en el mundo de la justicia y del derecho: debemos ser fuertes, enérgicos, implacables ante los burladores del Derecho y de la Justicia; salir al combate aun cuando sean despiadados e inmisericordes con nosotros; en fin, debemos creer lo que dicen las Sagradas Escrituras: "La Verdad siempre saldrá a la luz". El Derecho, la Ley y la Luz están emparentadas por lazos sanguíneos que provienen de un mismo útero y matriz: ¡La Justicia!
Es menester decirle al abogado de la desesperanza; a la ex alumna de la incredulidad, que el país requiere y demanda abogados que crean en el Derecho, pues perder la fe en él será dejar la Patria en manos de los desalmados que quieren pervertirle, destruirla y también poner en manos de los secuaces de la Justicia, de los violadores de la verdad, a tanta gente humilde que ve en los buenos abogados una ventana abierta por done puede penetrar un hálito de esperanza, un rayo de luz.
¡Que vivan los buenos abogados¡
"Con estos puentes se tratará de resolver el problema de los retornos en la vía Domingo Díaz.
La propuesta básica es un puente en herradura y serviría para los autos que vienen de Tocumen hacia la ciudad y el retorno sería para cruzar la calle 125 (que es la que pasa por metrovial) para salir a la vía José Agustín Arango.
La calle 125 es la que se encuentra entre Varela Hermanos y una gasolinera contígua.
Este viaducto no afectaría a ninguno de los comercios que se encuentran en el área, según Ho, porque ya se han realizados los estudios al respecto.
Sin esperar llegar a mi estacionamiento hice un alto, bajé el vidrio lateral derecho de la puerta delantera y lo saludé como corresponde expresándole en qué podíamos servirle. El joven abogado, mustio, casi suplicando, con la mirada triste y perdida en la incertidumbre que producen los siete "años de la vaca flaca", imploraba lo ayudara a conseguir un trabajo. Añadió: "Como usted comprenderá, del Derecho no se puede vivir en este país y estoy dedicado a predicar la Palabra de Dios". Acto seguido le di palabras de aliento, de incentivo y entusiasmo con la consiguiente promesa de que retornara el próximo lunes a nuestro despacho. Él se marchó feliz, creyendo, plagado de esperanzas mil. ¡Ojalá me permita Dios poderlo ayudar!
Como mi despacho se encuentra en el primer piso del edificio, subí por la escalera trasera y mientras daba pasos lentos escalón por escalón, me vino un pensamiento perturbador: "Del Derecho no se puede vivir en este país". Me resonaba lo dicho por el núbil abogado, realmente me afectaba. Un profesional que no pasa de los 32 años, lleno de vida, diciendo que "Del Derecho no se puede vivir en este país", nos resulta, más que triste, patético. No se trata de censurarle su falta de fe en el Derecho; tampoco de restregarle en su cara una aparente bulimia mental. No, se trata de algo más delicado: No creer en la profesión que se escogió, dese la edad ensoñadora de los muchachos y muchachas que arriban, generalmente, a los 18 años, para definir el estilo y modo de vida; de satisfacer metas y fines con una carrera o profesión; de dejar de creer en los ideales del Derecho y de la Justicia, conceptos éstos de los cuales, nosotros, como docentes en la Facultad, hacemos tantas predicaciones y discursos, y que a estas alturas al joven profesional de mi relato le parezcan cantos de sirena o "puro cuento", es harto preocupante. Pero lo es más aún el saber que no se trata de un joven abogado solamente, sino que hacen ejércitos los profesionales del derecho, y se suma a ellos un elevado sector de la población panameña, que ha dejado de creer en el Derecho, en la Ley y en la Justicia como conceptos que puedan ser traductores de concretas definiciones y apetencias de seguridad jurídica, de resolución legítima de los conflictos entre los seres humanos a través del proceso judicial como método dialéctico y civilizado de heterocomposición de esos litigios; en la seguridad jurídica como manifestación de la voluntad de la Ley al caso concreto; de que la Ley es igual para todos y que en el Estado de Derecho, del cual Panamá hace gala frecuente, hay "igualdad de oportunidades para todos". ¡Qué pena que muchos abogados hayan dejado de creer en lo que tanto han estudiado, reflexionado, analizado, aplicado, instrumentado, como medio y método de luchas y defensas!
Recuerdo que en una ocasión, entre tanto explicaba a mis alumnos el concepto del debido proceso y el tema de las garantías constitucionales y legales, de cómo funcionan en los distintos procesos judiciales, una alumna me hizo cierta reclamación: "Profesor, ¿y para qué sirve todo eso si nada de eso se aplica?". Quedé, lo mismo que con el abogado de mi artículo, ensimismado, perplejo. A esa ex alumna le dije, según recuerdo: "Precisamente, le enseño esto para que conozca y sepa en qué consisten las instituciones del Derecho Procesal, cómo funcionan y cómo deben operar y para que así, de este modo, conociendo usted los conceptos jurídicos sepan cómo realmente defender o llevar adelante una causa; no se puede -le insistí- corregir a nadie si no estamos en condiciones de sostener cómo es tal o cual cuestión en el mundo del Derecho".
Me alegra todavía recordar que la mayoría de los estudiantes del salón al que pertenecía esa estudiante entendieron y comprendieron el mensaje.
Los abogados en este país de indefiniciones legales, imprecisiones jurisprudenciales y sentencias injustas con apariencia de "sentencias justas", no podemos perder la fe en el Derecho y en la Justicia; no podemos permitirnos darle paso expedito a la injusticia y a la ilegalidad; no podemos ser indiferentes ante la arbitrariedad y el improperio a la dignidad humana; no podemos ser fríos y quedar impávidos ante el señorío del fuerte sobre el débil y no hacer nada o, simplemente, guardar silencio; no podemos "dejar hacer y dejar pasar" como si nada estuviera aconteciendo en el mundo de la justicia y del derecho: debemos ser fuertes, enérgicos, implacables ante los burladores del Derecho y de la Justicia; salir al combate aun cuando sean despiadados e inmisericordes con nosotros; en fin, debemos creer lo que dicen las Sagradas Escrituras: "La Verdad siempre saldrá a la luz". El Derecho, la Ley y la Luz están emparentadas por lazos sanguíneos que provienen de un mismo útero y matriz: ¡La Justicia!
Es menester decirle al abogado de la desesperanza; a la ex alumna de la incredulidad, que el país requiere y demanda abogados que crean en el Derecho, pues perder la fe en él será dejar la Patria en manos de los desalmados que quieren pervertirle, destruirla y también poner en manos de los secuaces de la Justicia, de los violadores de la verdad, a tanta gente humilde que ve en los buenos abogados una ventana abierta por done puede penetrar un hálito de esperanza, un rayo de luz.
¡Que vivan los buenos abogados¡
"Con estos puentes se tratará de resolver el problema de los retornos en la vía Domingo Díaz.
La propuesta básica es un puente en herradura y serviría para los autos que vienen de Tocumen hacia la ciudad y el retorno sería para cruzar la calle 125 (que es la que pasa por metrovial) para salir a la vía José Agustín Arango.
La calle 125 es la que se encuentra entre Varela Hermanos y una gasolinera contígua.
Este viaducto no afectaría a ninguno de los comercios que se encuentran en el área, según Ho, porque ya se han realizados los estudios al respecto.
Este tipo de puentes se le denomina "Mabey".
Además de este puente, se construirá uno a la altura de las Acacias; en la Ave. Nicanor de Obarrio con vía Brasil; Ave. Ricardo J.
Alfaro con la Ave. La Paz; a la entrada de Cerro Patacón; carretera Transístmica con la entrada a San Isidro; la intersección de la calle Canfield con la Avenida La Amistad; Ave. Israel con Vía Brasil; y la intersección de la Avenida Simón Bolívar con la vía Brasil.