¡No hemos aprendido nada!
La estéril discusión que sobre el salario mínimo llevaron por varios meses empleadores y trabajadores, y el desafortunado papel que jugó el Gobierno en este tema, parece llevará a las partes, en un futuro no muy lejano, a un inevitable enfrentamiento.
Precisamente ahora que la economía nacional requiere más que nunca que estos dos componentes del sector productivo giren en el mismo sentido la rueda del trabajo para aprovechar las oportunidades que se le presentan al país en beneficio del crecimiento y desarrollo de los panameños, vemos una vez más que las posiciones adoptadas por las dirigencias de ambos lados sólo reflejaron el deseo de hacer prevalecer sus mezquinos intereses, presentando argumentos vacíos de toda lógica y fundamento, al parecer sin importar las necesidades de las grandes mayorías.
Un salario mínimo de B/.500.00 era una ilusión, casi que una burla, pero ciertos líderes obreros parecían estar dispuestos a llevar sus planteamientos hasta las últimas consecuencias, aun si con ello inmolaban innecesariamente la integridad de la clase obrera. Al final, cuando la lucha se perdió, estos dirigentes sacaron a relucir, sin vergüenza alguna, reductos y harapos de dignidad, que lastimosamente no evitarán un retroceso en el proceso de afianzar el importante sitial que le corresponde a los trabajadores del país en la permanente tarea de contribuir a crear y mantener una economía sana, capaz de rendir frutos y beneficios para todos los panameños.
Por otra parte, algunos empleadores regatearon las aspiraciones de sus empleados ofreciendo mantener salarios de miseria de ellos bien saben no satisfacen las necesidades mínimas para llevar una vida saludable, ya ni siquiera decorosa, haciendo alarde del total desconocimiento de la realidad del costo de la vida en Panamá, lo cual nos obliga a solicitar una revisión exhaustiva y detallada de los salarios que tanto la empresa privada como el gobierno pagan a sus trabajadores.
Que la dirigencia empresarial, cada vez que se aborda el tema de salarios, invoque conceptos casi teológicos como "productividad" y "eficiencia", tiene la pretensión de hacer ver que está en manos de los trabajadores encontrar los métodos y las formas de incrementar los mismos, cuando son precisamente los empleadores, como buenos católicos de domingo, quienes después que predican que sus trabajadores son "el recurso más importante" de sus empresas, los manejan de manera antojadiza y caprichosa sin invertir en su entrenamiento ni en su capacitación, ni en la adopción de nuevas formas de producción que aseguren una mayor productividad y una mejor eficiencia en sus empresas. Todos sabemos que esas decisiones simplemente no están en manos de los trabajadores.
Desafortunadamente nos volvimos a equivocar en el método de negociación, tratando cada una de las partes de sacar más de la otra, en vez de ingeniarse de manera conjunta para mejorar el clima laboral y fomentar así la creación de más empleos mejor remunerados. Otra vez ambos sectores desperdiciaron la oportunidad de buscar y crear una relación de asociación y participación entre trabajadores y empleadores, donde ambas partes puedan unir talentos y esfuerzos para lograr el fortalecimiento del sector productivo.
La presencia del Gobierno en la mesa y las posiciones tan erráticas y variantes que llegaron a manifestar los funcionarios públicos que se refirieron al salario mínimo, sólo sirvieron para empeorar las cosas. La falla en reconocer la conveniencia de evitar un desgaste y un enfrentamiento entre empleadores y trabajadores, y el no haber tomado la iniciativa del salario mínimo como un asunto de política económica y justicia social, creó sin querer, pienso yo, un ambiente de confusión, polarización y desconcierto, situación que al final de la jornada, le rebotará al mismo Gobierno en las decisiones que tenga que afrontar sobre éste y otros temas.
Como para añadir condimentos al cocido, el Gobierno propició instancias paralelas de negociación que desconocieron o redujeron la institucionalidad de la Comisión Nacional del Salario Mínimo, y aún todavía más preocupante, el Gobierno permitió que gremios laborales bastante alejados del problema del salario mínimo tomaran un liderazgo en el tema y lo convirtiesen en un asunto político, plasmándolo muchas veces como una cuestión de clases, un rumbo que estoy seguro, nadie en este país quiere emprender, tan siquiera por aquello de que todos sabemos como empiezan esas cosas, pero nadie sabe como terminan.
Como resultado de esta mala experiencia, que el Gobierno ha tratado de convertir en un triunfo político, no podemos dejar de recapacitar y ajustar nuestras actuaciones. El método del diálogo, la consulta, el análisis y la elaboración de propuestas conjuntas es ahora más válido que nunca. Los empleadores y los trabajadores le debemos a este país mucho más que una demostración de habilidades para utilizar términos descalificativos y peyorativos de uno y del otro. De no ser así tendremos que concluir que ha pasado el tiempo y lastimosamente ¡no hemos aprendido nada!.
Precisamente ahora que la economía nacional requiere más que nunca que estos dos componentes del sector productivo giren en el mismo sentido la rueda del trabajo para aprovechar las oportunidades que se le presentan al país en beneficio del crecimiento y desarrollo de los panameños, vemos una vez más que las posiciones adoptadas por las dirigencias de ambos lados sólo reflejaron el deseo de hacer prevalecer sus mezquinos intereses, presentando argumentos vacíos de toda lógica y fundamento, al parecer sin importar las necesidades de las grandes mayorías.
Un salario mínimo de B/.500.00 era una ilusión, casi que una burla, pero ciertos líderes obreros parecían estar dispuestos a llevar sus planteamientos hasta las últimas consecuencias, aun si con ello inmolaban innecesariamente la integridad de la clase obrera. Al final, cuando la lucha se perdió, estos dirigentes sacaron a relucir, sin vergüenza alguna, reductos y harapos de dignidad, que lastimosamente no evitarán un retroceso en el proceso de afianzar el importante sitial que le corresponde a los trabajadores del país en la permanente tarea de contribuir a crear y mantener una economía sana, capaz de rendir frutos y beneficios para todos los panameños.
Por otra parte, algunos empleadores regatearon las aspiraciones de sus empleados ofreciendo mantener salarios de miseria de ellos bien saben no satisfacen las necesidades mínimas para llevar una vida saludable, ya ni siquiera decorosa, haciendo alarde del total desconocimiento de la realidad del costo de la vida en Panamá, lo cual nos obliga a solicitar una revisión exhaustiva y detallada de los salarios que tanto la empresa privada como el gobierno pagan a sus trabajadores.
Que la dirigencia empresarial, cada vez que se aborda el tema de salarios, invoque conceptos casi teológicos como "productividad" y "eficiencia", tiene la pretensión de hacer ver que está en manos de los trabajadores encontrar los métodos y las formas de incrementar los mismos, cuando son precisamente los empleadores, como buenos católicos de domingo, quienes después que predican que sus trabajadores son "el recurso más importante" de sus empresas, los manejan de manera antojadiza y caprichosa sin invertir en su entrenamiento ni en su capacitación, ni en la adopción de nuevas formas de producción que aseguren una mayor productividad y una mejor eficiencia en sus empresas. Todos sabemos que esas decisiones simplemente no están en manos de los trabajadores.
Desafortunadamente nos volvimos a equivocar en el método de negociación, tratando cada una de las partes de sacar más de la otra, en vez de ingeniarse de manera conjunta para mejorar el clima laboral y fomentar así la creación de más empleos mejor remunerados. Otra vez ambos sectores desperdiciaron la oportunidad de buscar y crear una relación de asociación y participación entre trabajadores y empleadores, donde ambas partes puedan unir talentos y esfuerzos para lograr el fortalecimiento del sector productivo.
La presencia del Gobierno en la mesa y las posiciones tan erráticas y variantes que llegaron a manifestar los funcionarios públicos que se refirieron al salario mínimo, sólo sirvieron para empeorar las cosas. La falla en reconocer la conveniencia de evitar un desgaste y un enfrentamiento entre empleadores y trabajadores, y el no haber tomado la iniciativa del salario mínimo como un asunto de política económica y justicia social, creó sin querer, pienso yo, un ambiente de confusión, polarización y desconcierto, situación que al final de la jornada, le rebotará al mismo Gobierno en las decisiones que tenga que afrontar sobre éste y otros temas.
Como para añadir condimentos al cocido, el Gobierno propició instancias paralelas de negociación que desconocieron o redujeron la institucionalidad de la Comisión Nacional del Salario Mínimo, y aún todavía más preocupante, el Gobierno permitió que gremios laborales bastante alejados del problema del salario mínimo tomaran un liderazgo en el tema y lo convirtiesen en un asunto político, plasmándolo muchas veces como una cuestión de clases, un rumbo que estoy seguro, nadie en este país quiere emprender, tan siquiera por aquello de que todos sabemos como empiezan esas cosas, pero nadie sabe como terminan.
Como resultado de esta mala experiencia, que el Gobierno ha tratado de convertir en un triunfo político, no podemos dejar de recapacitar y ajustar nuestras actuaciones. El método del diálogo, la consulta, el análisis y la elaboración de propuestas conjuntas es ahora más válido que nunca. Los empleadores y los trabajadores le debemos a este país mucho más que una demostración de habilidades para utilizar términos descalificativos y peyorativos de uno y del otro. De no ser así tendremos que concluir que ha pasado el tiempo y lastimosamente ¡no hemos aprendido nada!.