No nos protejan más
Santiago de Chile (AIPE).- Lo que peor hacen los gobiernos es cumplir con las funciones elementales que todos reconocen como una obligación del Estado: seguridad, justicia, algunas obras públicas, defensa de la propiedad y el apoyo a los verdaderamente pobres. ¿Por qué ocurre esto? Porque es más vistoso y da votos dedicarse a otras tareas, casi todas inútiles y que no requieren de la presencia estatal. El talento de las personas y los enormes recursos fiscales no se concentran en combatir el crimen o en dar buenos servicios judiciales, sino en fomentos-regalos a los menos pobres, o en organismos que están de más, como los ministerios de Planificación, Minería, Agricultura o Economía. Mientras las calles de Santiago se hacen insuficientes y el transporte cada vez más dificultoso, se han subido en la última década los sueldos de grupos de empleados públicos poderosos hasta en más de cien por cien real en algunos casos. Según los políticos, los pobres siguen esperando y la distribución del ingreso no mejora. ¿Cómo es esto, después de tantos años de subirnos los impuestos, de gasto público en aumento y de regulaciones protectoras a grupos localizados?
La respuesta es simple, y es que el constructivismo social, como el económico, no funciona. Más aún, es un engaño a los pobres porque les hace creer que mejorarán su condición con empleados públicos inútiles y mejor pagados.
Lo que más necesitan los desposeídos para progresar es seguridad. Que lo poco que ganan no les sea robado a diario, o que si logran comprar un bien durable no se lo quiten en un ambiente de creciente impunidad. Lo otro que necesitan son puestos de trabajo, pero para que éstos aumenten se requiere de inversiones, y éstas, otra vez, sólo prosperan en un Estado de Derecho, donde los contratos y la propiedad se respeten. Es decir, necesitamos policía eficiente, justicia, castigo a los delincuentes y, también, esas obras públicas que aumentan la productividad. Pero no. Da más votos botar la plata pública en hospitales y escuelas estatales de baja calidad y de oferta rígida. Y el engaño cruel continúa, con una normativa que impedirá trabajar a los jóvenes pobres, que ahora serán delincuentes, y a las niñas en edad de merecer, porque nadie las contratará por el riesgo de embarazo. Y sigamos con las bandas de precios en el agro, para encarecer los alimentos; el salario mínimo, para generar desempleo; la sobretasa a la importación de ropa usada y la interminable lista de "protecciones positivas" a jóvenes, viejos, indígenas, enfermos, asalariados, mujeres y, por qué no, hombres. Es fácil: un problema, una ley y dos funcionarios públicos para que nos cuiden. Como dijo un día Mark Twain: "Hoy he visto una escena sorprendente: un político con las manos metidas en sus propios bolsillos".
La respuesta es simple, y es que el constructivismo social, como el económico, no funciona. Más aún, es un engaño a los pobres porque les hace creer que mejorarán su condición con empleados públicos inútiles y mejor pagados.
Lo que más necesitan los desposeídos para progresar es seguridad. Que lo poco que ganan no les sea robado a diario, o que si logran comprar un bien durable no se lo quiten en un ambiente de creciente impunidad. Lo otro que necesitan son puestos de trabajo, pero para que éstos aumenten se requiere de inversiones, y éstas, otra vez, sólo prosperan en un Estado de Derecho, donde los contratos y la propiedad se respeten. Es decir, necesitamos policía eficiente, justicia, castigo a los delincuentes y, también, esas obras públicas que aumentan la productividad. Pero no. Da más votos botar la plata pública en hospitales y escuelas estatales de baja calidad y de oferta rígida. Y el engaño cruel continúa, con una normativa que impedirá trabajar a los jóvenes pobres, que ahora serán delincuentes, y a las niñas en edad de merecer, porque nadie las contratará por el riesgo de embarazo. Y sigamos con las bandas de precios en el agro, para encarecer los alimentos; el salario mínimo, para generar desempleo; la sobretasa a la importación de ropa usada y la interminable lista de "protecciones positivas" a jóvenes, viejos, indígenas, enfermos, asalariados, mujeres y, por qué no, hombres. Es fácil: un problema, una ley y dos funcionarios públicos para que nos cuiden. Como dijo un día Mark Twain: "Hoy he visto una escena sorprendente: un político con las manos metidas en sus propios bolsillos".