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No pasó nada


PENOSA SORPRESA hemos sufrido por la desidia de nuestras autoridades a las cuales correspondía, de oficio, haber iniciado una investigación sobre los sucesos ocurridos en Colón y consecuentemente, encauzar a los responsables. En un Estado de Derecho nadie está autorizado para hacerse justicia por su propia mano, mucho menos si al pretender hacerlo, viola los derechos de terceros. La silente y sumisa actitud que han mostrado las autoridades ante el quebrantamiento de la ley no constituye otra cosa que un apadrinamiento del delito.
Los que impidieron que 1300 turistas pudieran abordar los autobuses contratados, comprometieron gravemente nuestra imagen internacional al par que causaron graves perjuicios económicos a Colón. Se ha sembrado el temor y la desconfianza de posibles inversionistas y han expuesto al ridículo a nuestro sistema de administración de justicia, dada su aletargada benevolencia.
¿Qué altos padrinos en las altas esferas del país han evitado que se les formulen cargos penales? Estas son las cosas que desprestigian a un gobierno a pesar de sus mejores intenciones acerca de la diligencia y la transparencia. Gobernar es difícil; por ello los mandatarios deben permanecer en alerta para detectar el apetito de los codiciosos que a veces pretenden circundarlos, también deben prestar oídos sordos a los alabanceros. Los que gobiernan deben evitar sucumbir ante los halagos fingidos y engañosos ni deben dejarse llevar por palabras melosas y lisonjeras. El gobernante debe recordarle a sus amigos y copartidarios que la mejor amistad es la que no perjudica.
Lo que ocurrió en Colón no tiene nombre. Se ha permitido que la infamia y la rapacidad prevalezcan sobre la ley y el bien común. Sólo falta que a los autores les ofrezcan algún cargo en el gobierno, con el peligro de que lo acepten. Mientras tanto, no pasa nada.
El principio común de toda innovación debe ser que los clientes deben tener el derecho a escoger lo que más les conviene entre diferentes oferentes, no ante un solo monopolio público.
Se han cometido errores. La privatización de los ferrocarriles británicos se hizo como lo estipuló la Comisión Europea, con un mínimo de competencia.
Las privatizaciones en Rusia y gran parte de América Latina han sido un reparto entre los compinches de los poderosos. Pero hoy en día ya nadie en su sano juicio cree en los monopolios gubernamentales.
(*) Director general de Institute of Economic Affairs, Londres.
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101 años de Panamá América

 
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