default

No somos Dios


Como curiosamente entiende Eduardo Galeano, nuestro mundo actual es un mundo al revés. En demasiadas ocasiones, vivimos una realidad que no debería ser "a thing that should not be"-, según una frase de Lovecraft. Un mundo en que los verdaderos ideales y valores no valen nada y aquellos que son falsos, lo valen todo.
En este orden (o desorden) de cosas, hay quienes predican que la voluntad lo puede todo, que el éxito depende totalmente de la voluntad personal. Así, atribuyen todo éxito a los propios esfuerzos y todo fracaso a la falta de voluntad. Este credo consiste en que todo triunfo depende solamente de uno mismo. Es una doctrina propagada por ciertas doctrinas religiosas y filosóficas "neo-gnósticas", para las cuales la sola mente individual es capaz de transformar totalmente al universo.
Estas formas de pensamiento, incluso, encuentran expresión en algunas doctrinas económico-políticas, en las que el pensamiento y voluntad del individuo es el fundamento último de toda la riqueza de un sistema.
Sin negar o desacreditar los méritos y potenciales muchas veces insospechados y admirables- de la voluntad personal, resulta un error atribuir la totalidad del éxito de las cosas a uno mismo. Tal error es producto de cierto "hiper-optimismo", megalomanía, o "autismo de la voluntad" y no corresponde a una visión objetiva de la realidad.
Al respecto, resulta útil recordar la historia del rey Nabudoconosor. (Utilizo aquí este relato sólo como una ilustración, no cómo prédica). Según la narración bíblica, al pasearse por su palacio y contemplar a Babilonia, el rey exclamó: "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué como residencia real, con la fuerza de mi poder y para la gloria de mi majestad?"(Dan, 4:30). En ese mismo instante, Yahvé obnubiló la razón del rey y le convirtió en bestia. Al tiempo, Yahvé retornó al rey a su estado original y le hizo saber de quién verdaderamente provenía todo poder y gloria. La falsa creencia del rey se reveló injustificada.
Como enseña el escrito bíblico, el error y pecado de Nabudoconosor consistió precisamente en creer que él sólo era la causa de todo su poder y gloria. Nabucodonosor atribuyó todo lo que había logrado a su propia voluntad, hasta que se le demostró lo contrario.
En nuestras vidas solemos atribuir el éxito logrado exclusivamente a nuestros esfuerzos individuales. Así, no tomamos en cuenta que gran parte de nuestros logros no se deben tanto a nosotros mismos, sino a toda la ayuda recibida por otros. Ésta, en conjunción con nuestra voluntad, logran realizar nuestras aspiraciones. Si fuéramos lo suficiente conscientes, nos daríamos perfecta cuenta de que el esfuerzo personal es apenas una fracción ínfima en comparación con todo aquello que nos rodea. Desde que nacemos hasta que morimos, casi todo se lo debemos en enorme medida a agentes exteriores, a saber, nuestros padres, familiares, amigos, conocidos, maestros, al igual que innumerables situaciones que se dan tanto en el mundo creado por los hombres, así como el que nos ha dado la naturaleza.
El orgullo y vanagloria por nuestros logros no encuentra justificación ante una visión objetiva de las cosas. Esto es así porque el mundo no es la creación exclusiva de una sola mente o voluntad, sino de muchas, además del concurso de la naturaleza. La totalidad del mundo es una mancomunidad de personas y cosas que desbordan nuestra individualidad. El individual es como una gota de agua en la inmensidad del océano.
Lo anterior se puede aplicar también al fracaso. Nuestro poder de voluntad o voluntad de poder- es limitado. No somos Dios. El éxito o el fracaso en el mundo no es algo que dependa enteramente de uno mismo. Así como no somos vencedores por nuestro esfuerzo único, tampoco somos perdedores por nuestra sola voluntad. Comprender esto nos ayudará a ser más justos y compasivos al valorar los éxitos y los fracasos de los demás y los de uno mismo. Nos daremos cuenta de que debemos ser más agradecidos por todo lo que recibimos y que debemos ser más tolerantes ante la falta de logros o éxitos de quienes nos rodean y de nosotros mismos.
En última instancia, no importa si a los ojos de los hombres la gente resulta exitosa o fracasada. Lo que en verdad importa es que a los ojos de Dios -quien siempre ve más y mejor- las personas hayan mantenido siempre la buena voluntad y sus buenos ideales, independientemente de que éstos se cumplan o no. Así, pues, las personas no deberían ser valoradas en función de sus logros o fracasos, sino más bien en base a su voluntad y sus sentimientos. Como enseñaba el gran filósofo Kant, la buena voluntad es lo único en el mundo que puede ser llamado bueno en sí mismo, esto es, independiente de lo que ocurra en el universo.
(rulingbarragan@hotmail.com)

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América