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¡No todo lo que brilla es oro!


Este refrán viene como anillo al dedo en el caso de la denominada Cinta Costera. Contra viento y marea, el gobierno anterior decidió hacer de esa obra “su legado para la posteridad.” Y, también, contra viento y marea adjudicaron la construcción a la “empresa amiga”, Norberto Oderbrecht (sumaron cerca del millar de millones los contratos que les adjudicó el gobierno PRD), a pesar de que su oferta fue superior a la de la otra compañía que aspiraba a ganar el jugoso contrato.

Cuando Mireya Moscoso, en los últimos días de su mandato inauguró el Puente Centenario, sin que estuvieran terminados los accesos, Torrijos y sus cancerberos le cayeron en pandilla. El puente estaba terminado y, por tanto, no me pareció mal que ella insistiera en colocar allí su placa recordatoria. El puente es una estructura de primera línea y sobre su diseño y construcción nadie ha expresado criterios adversos, técnicos o económicos. En cambio, los accesos al puente, que fueron terminados por el recién inaugurado gobierno de “la difunta patria nueva” están plagados de defectos de construcción, como ha quedado en evidencia con los constantes derrumbes y fracturas de la carretera.

Cuando le llegó su turno al, en buena hora fenecido gobierno del PRD, el expresidente de marras, aunque la Cinta Costera estuviera lejos de estar terminada, montó un espectáculo circense y muy orondo se paseo por ella, para simular una inauguración y hasta pretendieron, él y su flamante ministro, pagarle al contratista, a pesar de que éste reconocía que la obra estaba inconclusa.

Algunos de los sempiternos aduladores celebraron la iniciativa del presidente, en fase terminal. Pero el balde de agua fría no demoró mucho en bañarles a todos. La Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos, en un demoledor informe, ha rendido un prolijo veredicto que desnuda un sinnúmero de fallas técnicas de la construcción, que deben corregirse y que concluye afirmando que, antes que una solución vial, lo que se ha construido es un gran parque de estacionamientos, que no responde a una correcta visión urbanística del sector, y que ni siquiera coincide con los diseños originales.

¿Cuánto costará desfacer el entuerto? Por el momento, nadie lo sabe. ¿Quién responderá por el chasco? Mucho menos. Es de esperar que las nuevas autoridades profundicen en todos los aspectos de ese gran negociado que por todos los costados huele tan fétido como se ha vuelto al área, debido a las evacuaciones de los visitantes que ni siquiera disponen de un retrete para descargar sus urgencias.

En sus ímpetus iniciales, el nuevo alcalde ha adelantado algunas ideas relacionadas con el mantenimiento de las áreas verdes o encaminadas a buscar vías para solventar los gastos que ocasionaría la conservación de la obra. No critico su deseo de “hacer cosas”; pero antes de que se pase a su desarrollo, deben pensarse con mayor detenimiento. Al asunto no se circunscribe al aseo del área. Antes de que el municipio, o quien sea, se involucre, sería recomendable que se ataquen los problemas señalados por la SPIA y que se investiguen y aclaren temas como el de “concesiones privilegiadas” otorgadas para favorecer a unos cuantos, con perjuicio evidentes para los intereses públicos. Primero hay que llegar a fondo, y bien a fondo.

101 años de Panamá América

 
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