"Nobleza obliga"
Sacerdote jesuita
Señorita Xenia Esther Duque Gómez (1904-2001). Los innumerables feligreses que ejercen o han ejercitado el culto religioso en el recinto del templo del Colegio Javier, agradecen a esta honorable dama la construcción de esta obra de arquitectura.
Con toda propiedad podríamos atribuirle lapidariamente los versos del poeta latino Horacio: "Exegi monumentum aere perennius" (Mi obra es más perenne que el bronce).
El 5 de mayo pasado arribó a la extraordinaria fecha de los 107 años. Retirada y atendida por un grupo rotativo de consagradas enfermeras de la clínica hospital San Fernando, no sólo llegó al tercer milenio sino que la ayudaron a superarlo hasta cuando el Señor dijera.
De ilustre y conocida apreciada familia panameña, la familia Duque. Ultima superviviente de muchos hermanos, Tomas Gabriel, Alejandro, Félix y hermanas, Dora, Carmina, descendientes de don José Gabriel Duque Amaro. De un trato exquisito y de un temple acerado. Fortiter et suaviter. Enérgica y dulce al mismo tiempo.
La señorita Xenia Duque, directora y fundadora del ya hace años desaparecido "Coro Eucarístico de la parroquia de San Francisco de Asís" del Casco Viejo de la ciudad de Panamá. Coro Eucarístico cuyas integrantes con fidelidad siempre la acompañaron y aún se esfuerzan por no dejar morir las bellezas de tan dedicada educadora. Asimismo da testimonio de las virtudes que adornaron a Xenia, quien silenciosa ayudaba a multitud de personas. La diuturnidad de la relación con Xenia, las hace sus mejores confidentes y admiradoras y depositarias de sus secretos. Todos los años celebraban su cumpleaños. Este coro amenizó y musicalizó con melodías en castellano y con motetes latinos múltiples eucaristías, ceremonias litúrgicas y novenas solemnes de finales de la década de los "30 y principios de los "40. La muchachada de entonces, a la que pertenecí, fue invitada a pulirse en el canto y algo en el solfeo en las prácticas vespertinas en el famoso Salón Javier. Recuerdo cómo en ese mismo lugar ensayábamos a un lado los varones y al otro las niñas y al frente la maestra y virtuosa de la música, Xenia con su carácter severo y su delicadeza de artista. Los padres jesuitas la respaldaban; en una época el padre Teófilo Aldaz de feliz memoria que se hacía temer por sus sanciones físicas, posteriormente, el sencillo padre Juan Antonio Aróstegui.
Xenia los aventajó a todos en longevidad y en generosidad, ya que bien se le ha podido llamar con mayúscula la gran benefactora quien con su dadivosidad sin límites apoyó muchas de las obras apostólicas de loa padres jesuitas tanto en la ciudad de Panamá como en el oriente chiricano, así como en Managua, Nicaragua, en la obra del padre Roque Iriarte.
La señorita Xenia Duque es parte de la historia de la vida parroquial de la Iglesia de San Francisco de aquellos años de la Segunda Guerra Mundial, cuando estuvo al cuidado de los hijos de S. Ignacio, de los días de los presbíteros, Antonio Atucha, Manuel de Maguregui, Juan Antonio Aróstegui, Teófilo Aldaz, Javier Barón, Félix Ayuso, el P. Pariano Diez apóstol de los salvadoreños y de los hermanos José Apodaca, Manuel Guindano, Arsenio Urtasun, Luis Mejicanos, Ignacio Peña, José Belamendía, Francisco Eizmendi.
De una conciencia perfeccionista como buena amante de la música trató a su manera de hacer algo por la juventud de aquellos tiempos por donde desfilamos muchos de los que hoy la despedimos más que tristes, agradecidos a Dios por habernos dado la dicha de tener por tantos años a esa ilustre panameña consagrada a El en el desprendimiento que incluso, en su apariencia exterior, reflejaba una austeridad evangélica que contrastaba con la vanidad y vaciedad que nos es proverbial.
Doña Xenia pertenece a una época cuando existían "las bienhechoras" personas con una clara vocación que de lo que tenían con presteza lo ofrecían a las obras. Hoy queremos a nuestra manera agradecerle todo lo que hizo después de haberlo prometido.
Satisfecha por el deber cumplido y por haber intentado prolongar la obra de la mayor gloria de Dios, le decimos "Adiós" (que es un "hasta luego"); que el Señor la reciba en sus brazos para coronarla de gloria. Así sea.