Nos han dejado un “cerro” de corrupción
Cuando uno quiere acabar con algo; es decir, dejarlo en “CERO”, uno empieza por uno mismo; por lo suyo. Es decir, empieza por negarse a sí mismo, de modo que la entrega empiece a ser total y cierta. Y ese negarse a sí mismo significa que hay que restar en vez de sumar. ¡Restar lo malo o lo que es representativo del mal!
En tiempos de la dictadura escuchábamos toda clase de latrocinios. En casi todos los ministerios, especialmente los de Educación, Salud y Obras Públicas. Pero, también en algunas entidades autónomas. La tónica usual y consabida era la adulteración de precios.
Las órdenes de compras o de hacer eran de abajo, pero tenían la aprobación de arriba. Y parecía ser que no había auditores de la Contraloría. Aunque sí habían algunos buenos, pero eran los menos, y pocos de ellos terminaron sin empleo.
Fueron años vergonzosos y corrosibles. Muchas de las fortunas actuales se hicieron a costa de saquear al erario público. Al patrimonio del Estado que tenía que haber sido usado de la manera más honrada posible para beneficio de sus asociados. La dignidad dejó de importar. Y el bien agonizaba porque se actuaba a espaldas de Dios. Lo superfluo de estos nuevos ricos hizo menos felices a muchos pobres. ¿Cuántos hubieran sido más felices con la felicidad con que se derrochaba el dinero mal habido?
Cayó la dictadura y tuvimos al fin un gobierno mucho menos corrupto. Aunque lo bueno también se acaba. Surgieron, entonces, en sucesión tres malos gobiernos. Quedaron enquistados, nuevamente en el poder público, muchos de los que hicieron pingües negocios en tiempo de la dictadura y que han hecho de la política una forma sucia y baja de vivir. Pero, también de hacer más pobre al país y a sus ciudadanos. La corrupción que había quedado como una pequeña loma, apenas distinguible, comenzó a amontonarse, a juntarse otra vez para ser lo que es hoy día: “Un cerro de corrupción”
Si empezamos por nosotros mismos, dejando a un lado nuestro propio interés y egoísmo estaremos reformando esas viejas y malsanas costumbre de explotar a los demás y de tener lo que no nos pertenece. Lo que no nos hemos ganado con honradez y con el sudor de nuestra frente.
Sólo fomentando las buenas obras con nuestro ejemplo podemos reducir a cero esa corrupción viciada y perversa que está dañando nuestras instituciones, nuestro prestigio y nuestra decencia ciudadana. Y esto, simplemente, ¡no puede continuar!