Nuestra Señora de Guadalupe
En medio de todas las actividades religiosas que de una manera u otra en este Adviento mantienen a las personas entretenidas y, sobre todo, después de la celebración del Día de la Inmaculada Concepción que coincide con la celebración del día de las madres, en donde muchos coincidieron en agradecer a Dios el hecho de que aún se lucha porque se le dé el debido respeto al atributo femenino de la maternidad y, al mismo tiempo, se anhela porque se respeten los valores en torno a la maternidad especialmente en menores y se continúe la lucha contra la violencia familiar y contra la mujer. Hecho que alcanza no sólo despliegues periodísticos, sino cifras alarmantes de víctimas invitándonos a todos a salir del ambiente festivo y iniciar una campaña agresiva contra este flagelo que no dice nada bien de esta sociedad, supuestamente civilizada, donde el machismo ha sufrido una desviación peligrosa.
Saliendo de este ambiente, nos encontramos que mañana es la celebración de la patrona de América Latina, Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen Morena. Ya en otra ocasión hice alusión a mi experiencia de descubrir que en Centroamérica, Nicaragua. El Salvador y Guatemala la devoción a esta advocación mariana es mucho más notoria que en entre nosotros los panameños. Ni qué decir de la macro devoción que es para el pueblo mexicano. Asimismo, recuerdo la multitud de peregrinaciones que de distintos sitios de la gran república mexicana concurren a la Basílica.
Existen dos templo, el nuevo y el viejo. Uno totalmente moderno con su escalera eléctrica para que los devotos puedan pasar delante de la imagen, y el otro, antiguo, en reparación, en donde se hace el milagro de la reflotación de la estructura mediante métodos muy avanzados de ingeniería.
La historia es bastante conocida y el núcleo de ella nos habla de un hecho insólito, y cuando digo insólito, es porque no suele ocurrir tan frecuente como quieren algunos en estos días, sino muy raras veces como fueron las apariciones de la Virgen en el Tepeyac.
Los personajes fuera de la Madre de Dios, son San Juan Diego Cuahtlatoatzin, el tío Bernardino, Fray Juan de Zumárraga, franciscano. Los objetos, la tilma, las rosas frescas. El lugar , una colina llamada Tepeyac, fecha 1531, en el mes de diciembre.
Ninguna de las naciones latinas que forman el nuevo mundo cristiano, puede quejarse de no haber tenido siempre la pronta protección de la Santísima Virgen María, antes bien, en todas ellas ha manifestado que es verdadera madre de los pecadores y ha ofrecido ejemplos a veces extraordinarios, de que tienen un sitio especial en su misericordia, los pueblos de la América Latina. México presenta una de esos casos excepcionales en que la Madre de Dios descendió de las moradas celestiales para premiar a los habitantes de aquellas tierras, fieles devotos suyos, con sus innumerables beneficios y honrarlos con su presencia.
Apenas consumadas la conquista de Cortés en los territorios que hoy forman la república mexicana, cuando la religión cristiana tomaba posesión de un país desconocido, al mismo tiempo que se establecía el dominio del rey católico de España, la Virgen María, viendo desde el trono de la gloria que los nuevos discípulos del Evangelio, los indígenas mexicanos convertidos formaban ya una iglesia respetable, quiso dispensarles sus misericordias, bajó visiblemente del cielo para aparecerse a un indio sencillo y temeroso de Dios, Juan Diego y dejó para siempre su verdadera imagen a los mexicanos como un testimonio de su amor.
Aquella aparición estuvo llena de prodigios y de circunstancias tan singulares que, testificada por la tradición constante del pueblo y por los escritos de los mismos indios, ha merecido una devoción indeclinable Que ojalá siga floreciendo en este país.
Saliendo de este ambiente, nos encontramos que mañana es la celebración de la patrona de América Latina, Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen Morena. Ya en otra ocasión hice alusión a mi experiencia de descubrir que en Centroamérica, Nicaragua. El Salvador y Guatemala la devoción a esta advocación mariana es mucho más notoria que en entre nosotros los panameños. Ni qué decir de la macro devoción que es para el pueblo mexicano. Asimismo, recuerdo la multitud de peregrinaciones que de distintos sitios de la gran república mexicana concurren a la Basílica.
Existen dos templo, el nuevo y el viejo. Uno totalmente moderno con su escalera eléctrica para que los devotos puedan pasar delante de la imagen, y el otro, antiguo, en reparación, en donde se hace el milagro de la reflotación de la estructura mediante métodos muy avanzados de ingeniería.
La historia es bastante conocida y el núcleo de ella nos habla de un hecho insólito, y cuando digo insólito, es porque no suele ocurrir tan frecuente como quieren algunos en estos días, sino muy raras veces como fueron las apariciones de la Virgen en el Tepeyac.
Los personajes fuera de la Madre de Dios, son San Juan Diego Cuahtlatoatzin, el tío Bernardino, Fray Juan de Zumárraga, franciscano. Los objetos, la tilma, las rosas frescas. El lugar , una colina llamada Tepeyac, fecha 1531, en el mes de diciembre.
Ninguna de las naciones latinas que forman el nuevo mundo cristiano, puede quejarse de no haber tenido siempre la pronta protección de la Santísima Virgen María, antes bien, en todas ellas ha manifestado que es verdadera madre de los pecadores y ha ofrecido ejemplos a veces extraordinarios, de que tienen un sitio especial en su misericordia, los pueblos de la América Latina. México presenta una de esos casos excepcionales en que la Madre de Dios descendió de las moradas celestiales para premiar a los habitantes de aquellas tierras, fieles devotos suyos, con sus innumerables beneficios y honrarlos con su presencia.
Apenas consumadas la conquista de Cortés en los territorios que hoy forman la república mexicana, cuando la religión cristiana tomaba posesión de un país desconocido, al mismo tiempo que se establecía el dominio del rey católico de España, la Virgen María, viendo desde el trono de la gloria que los nuevos discípulos del Evangelio, los indígenas mexicanos convertidos formaban ya una iglesia respetable, quiso dispensarles sus misericordias, bajó visiblemente del cielo para aparecerse a un indio sencillo y temeroso de Dios, Juan Diego y dejó para siempre su verdadera imagen a los mexicanos como un testimonio de su amor.
Aquella aparición estuvo llena de prodigios y de circunstancias tan singulares que, testificada por la tradición constante del pueblo y por los escritos de los mismos indios, ha merecido una devoción indeclinable Que ojalá siga floreciendo en este país.