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Nueva Orleáns


HAGO un alto en el camino y me alejo del ruido diario de la vida nacional, para dedicar unas líneas a una ciudad que debe significar mucho en la vida de muchos panameños que allí hemos estudiado: Nueva Orleáns.
A inicios de los años 80 llegamos a ella, llenos de esperanzas y de metas por cumplir, como deben haber llegado antes y después muchos otros. Nuestra permanencia significaba el tramo final de nuestra educación universitaria. Junto a más o menos una docena de panameños, iniciamos allí, en la Universidad de Tulane, en la singular St. Charles Avenue, al lado de Loyola, nuestra maestría en derecho, teniendo como norte terminar de capacitarnos para lo que luego se convertiría en nuestra vida profesional en Panamá.
Fueron años repletos de aventuras, fiestas, amoríos de juventud, muchísimas horas de estudio, rivalidades en el fútbol universitario, conocer gente interesante, desde profesores hasta compañeros. Vivimos siempre acogidos por un ambiente insuperable, el cual se dejaba complementar con su excelente y variada cocina, parajes de río, lago y mar de gran contraste, su singular importancia como puerto marítimo del sur de los Estados Unidos, con una gran vinculación a Panamá, por su comercio y marina mercante, por los interesantes casos que en su "Fifth Circuit" se ventilaron como tribunal de apelaciones durante la extinta Corte de la Zona del Canal, en fin, desde la alegría de su barrio francés y su inolvidable Mardi Gras, hasta el ritmo del jazz originario, todo esto como marco de referencia para un grupo de panameños que a pesar del ambiente, teníamos que estudiar como locos.
Fueron tiempos únicos que, como le comentaba hace poco a unas abogadas de mi firma, si hubiera sido músico, sobretodo saxofonista, por allá me hubiera quedado.
El tiempo era inclemente. Al más mínimo aguacero había que correr a proteger los autos para evitar que se llenaran de agua, al tiempo que estábamos pendientes de la TV para ver si el temporal era de mayores consecuencias. Por suerte, los huracanes, salvo los del Pat O´Brien, que por lo regular duraban más de una noche, no nos azotaron. Sin embargo, la realidad de vivir bajo el nivel del mar era de por sí un fenómeno poco usual y lleno de complejas consecuencias.
La posibilidad de inundaciones era diaria y muchas veces fueron días aislados, gracias a Dios, sin mayores consecuencias.
El año pasado, para esta época, pretendí llegar a una reunión sobre política internacional. En Houston, caminando hacia al avión me detuve en un monitor y por casualidad observé como evacuaban la ciudad para prevenir consecuencias negativas del huracán Iván, que creo era el nombre.
Por suerte no pasó de ser algo manejable, con pocos costos materiales. Pero ahora, causa dolor ver la destrucción y la pérdida de vidas. Con detenimiento he pasado buenos ratos tratando de identificar puntos de referencia para ver hasta dónde llegó el desastre. Hoy, cuando escribo estas notas, mi amigo y "room mate" Marco Saavedra, me envió unas fotos de nuestra universidad bajo el agua. Las comentaba con mi socio Eduardo Molino, también de la época, para ver alguna referencia, pero nada, todo era agua. Las calles internas y aledañas, totalmente inundadas. Un cuadro lleno de tristeza para una ciudad que era todo, menos eso.
Ciertamente, duele Nueva Orleáns, por su gente, por su característica, por lo que significa para todos los que la llevamos dentro.
Estoy seguro que en unos meses resurgirá y el eco de un buen saxo en el Preservation Hall, le cantará al mundo sobre una experiencia trágica y dolorosa, pero a la vez, de un futuro que al mismo ritmo reconstruirán, como parece estar ya sucediendo, a pesar de todo. Es elogiosa la solidaridad dentro y fuera de los Estados Unidos, rompiendo hasta diferencias políticas añejas y complejas, pero pensando en la gente y su dolor humano, lo cual habla bien de todos.
Desde Panamá un mensaje de apoyo y de deseos de una positiva y pronta reconstrucción. Es lo mínimo que podemos hacer quienes por allí pasamos y vivimos momentos importantes de nuestras vidas.

101 años de Panamá América

 
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