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Nueva Orleáns, la otra tormenta


Tropas recién llegadas de Irak han manifestado su consternación por lo encontrado en las calles de barrios arrasados de Nueva Orleáns. Todos los entrevistados por los medios de comunicación coinciden en que no hay diferencia entre el ambiente de miseria, destrucción y sufrimiento que vieron en Irak, los de Nueva Orleáns. De pronto, los televidentes y el público norteamericano se encontraron con la cara maquillada de la pobreza y la discriminación racial en su forma más cruda, dentro de las fronteras de la nación más rica del planeta.
Todos los damnificados son negros y pobres, todos vivían precariamente, ninguno de ellos tenía a dónde huir, y pocos contaban con medios para hacerlo.
Tropas mexicanas acaban de arribar también a las calles y vecindarios y han quedado igualmente atónitas, el paisaje no se diferencia de los peores de Haití y Mogasdicio. Las cifras tampoco: 50% de pobreza, 40% de analfabetismo y 30% de pobres extremos, todos negros. Para la gente común, hay pocas dudas, en medio de un emporio de riquezas subyace subterránea la miseria más cruel. Lo ocurrido no tiene justificación.
La respuesta al huracán fue lenta, los diques de la ciudad cedieron ante el recorte de los recursos para su mantenimiento, la desnutrición campeaba como consecuencia de los recortes en los programas sociales y la indolencia frente a la pobreza.
Ya no hay espacio para lamentos. Nueva Orleáns debe ser reconstruida hasta el ultimo clavo, sus diques deben ser reestructurados conforme a los mejores estándares, como lo merece una ciudad que tanto representa en historia y cultura.

101 años de Panamá América

 
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