Nuevo giro del "Braguetagate"
Tras haber batallado durante meses para que los detalles de sus supuestas aventuras sexuales no fueran ventilados en público ante los tribunales, el presidente norteamericano Bill Clinton se ha visto forzado a enfrentar los cargos de perjurio y obstrucción de la justicia investigados por el fiscal especial Kenneth Starr.
Clinton ha acordado testificar indirectamente el 17 de agosto próximo, a través de un video filmado en sus oficinas, en presencia de sus abogados. De ese modo, evitó la penosa situación de ser el primer presidente de Estados Unidos en sentarse en el banquillo de los acusados ante un Gran Jurado.
El drama se inició en el curso de un juicio por acoso sexual que le interpuso una excolaboradora de campaña política, Paula Jones, cuando los abogados de ésta se esmeraban en demostrar que el presidente era un empedernido mujeriego. Una de las testigos reveló que Clinton había seducido a una joven pasante de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, hija de una distinguida familia norteamericana.
Lewinsky y Clinton fueron en esa ocasión obligados a declarar bajo juramento, negando haber tenido intimidad alguna. La declaración y el derrumbe de otros testimonios, hizo que Paula Jones perdiera el juicio en primera instancia, encontrándose hoy pendiente de apelación. Pero paralelamente, se encargó a Starr para que investigara la posibilidad de que aquéllos mintieran, luego de que surgiera una amiga de Lewinsky que reveló confidencias en ese sentido.
Desde entonces, 40 millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos se han dilapidado en la investigación, centrada por completo en determinar si el presidente y su pasante tuvieron relaciones sexuales. El juicio ha acaparado desde enero pasado la atención de todos los medios noticiosos de Estados Unidos y hasta la visita del Papa a Cuba fue abruptamente dejada sin cobertura por dar espacio al escándalo.
Para nosotros, un país machista, la situación es ridícula. Pero también lo es para gran parte del pueblo norteamericano, harto de que lo distraigan con nimiedades, por más que se les califique con altisonantes figuras penales. Ello explica las encuestas que mayoritariamente hablan bien de la gestión del mandatario, aunque perciban que mienta en relación con la joven.
Aquí tradicionalmente se educa al varón desde niño, bajo lemas tales como "los caballeros no tienen memoria", para indicar que bajo ningún apremio revelará su relación con una dama. Por eso nos resulta incomprensible que se pretenda que el presidente Clinton falte a un elemental deber de honor varonil, aceptando lo que la propia dama negó desde un inicio. Como una vez dijimos, si la hubo, la relación era entre dos, y a nadie importa, salvo a sus más allegados, esposa, hijos y padres. No es asunto de Estado. Seguramente así lo entenderá el Congreso, si es que le toca decidir si juzga o no al presidente, so pena de recibir una sonora carcajada internacional.
Clinton ha acordado testificar indirectamente el 17 de agosto próximo, a través de un video filmado en sus oficinas, en presencia de sus abogados. De ese modo, evitó la penosa situación de ser el primer presidente de Estados Unidos en sentarse en el banquillo de los acusados ante un Gran Jurado.
El drama se inició en el curso de un juicio por acoso sexual que le interpuso una excolaboradora de campaña política, Paula Jones, cuando los abogados de ésta se esmeraban en demostrar que el presidente era un empedernido mujeriego. Una de las testigos reveló que Clinton había seducido a una joven pasante de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, hija de una distinguida familia norteamericana.
Lewinsky y Clinton fueron en esa ocasión obligados a declarar bajo juramento, negando haber tenido intimidad alguna. La declaración y el derrumbe de otros testimonios, hizo que Paula Jones perdiera el juicio en primera instancia, encontrándose hoy pendiente de apelación. Pero paralelamente, se encargó a Starr para que investigara la posibilidad de que aquéllos mintieran, luego de que surgiera una amiga de Lewinsky que reveló confidencias en ese sentido.
Desde entonces, 40 millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos se han dilapidado en la investigación, centrada por completo en determinar si el presidente y su pasante tuvieron relaciones sexuales. El juicio ha acaparado desde enero pasado la atención de todos los medios noticiosos de Estados Unidos y hasta la visita del Papa a Cuba fue abruptamente dejada sin cobertura por dar espacio al escándalo.
Para nosotros, un país machista, la situación es ridícula. Pero también lo es para gran parte del pueblo norteamericano, harto de que lo distraigan con nimiedades, por más que se les califique con altisonantes figuras penales. Ello explica las encuestas que mayoritariamente hablan bien de la gestión del mandatario, aunque perciban que mienta en relación con la joven.
Aquí tradicionalmente se educa al varón desde niño, bajo lemas tales como "los caballeros no tienen memoria", para indicar que bajo ningún apremio revelará su relación con una dama. Por eso nos resulta incomprensible que se pretenda que el presidente Clinton falte a un elemental deber de honor varonil, aceptando lo que la propia dama negó desde un inicio. Como una vez dijimos, si la hubo, la relación era entre dos, y a nadie importa, salvo a sus más allegados, esposa, hijos y padres. No es asunto de Estado. Seguramente así lo entenderá el Congreso, si es que le toca decidir si juzga o no al presidente, so pena de recibir una sonora carcajada internacional.