Nuevo gobierno y revolución educativa
El gobierno arnulfista careció, como todos en los últimos 40 años, de voluntad política y capacidad suficiente para gestar la revolución educativa que requiere Panamá al inicio del nuevo siglo. Esa tarea corresponderá iniciarla al nuevo mandatario de la Nación que lo suceda.
La situación ya no admite más postergaciones. El país está enfrentando grandes retos internos y externos. Los primeros, conciernen a la búsqueda de un modelo económico - social que acabe con el desempleo y la pobreza. Los segundos se refieren a la imperiosa necesidad de competir de cara a un mundo globalizado en el que sólo los más aptos - hombres y naciones - sobrevivirán.
Todos los estudiosos coinciden en que no habrá país viable sin una reforma educativa que, por su profundidad, preferimos llamarla revolución. Hemos llegado al extremo de afirmar, en esta misma columna, que el cambio exige incluso dejar de lado a todas las generaciones presentes y a las que vengan durante los 20 años siguientes. Son generaciones perdidas, irredimibles por causa del viejo sistema.
La revolución educativa requerirá empezar por la forja de una nueva generación de educadores con cambios a nuevos métodos y principios, quienes trabajarán luego con los jardines de infancia y de allí sucesivamente hacia arriba, hasta la secundaria.
No será un educador del montón. Será una elite de la flor y nata de egresados, no de cualquier escuela sino de una que hoy no existe y que debemos fundar, proponiendo que la establezcamos en un centro de estudios con tradición, colmado de glorias e historia, hablamos de la Escuela Normal de Santiago, Juan Demóstenes Arosemena. No vemos ningún otro centro de ese perfil.
Los alumnos recibirán una educación personalizada, según sus inclinaciones y aptitudes. Cada uno recibirá una formación básica e integral que enfatizará sin embargo en las áreas que respondan a las particularidades de cada uno.
Los actuales maestros y profesores no serán despedidos. Seguirán trabajando con los alumnos del viejo sistema, hasta terminar el ciclo. Luego de eso, se jubilarán o serán adscritos a tareas de apoyo, no de enseñanza, labor que ha de ser servida sólo por los maestros de la nueva generación. Mientras tanto, se reforzará al Instituto Nacional de Formación Profesional (INAFORP) que fungirá como puente de transición entre las nuevas generaciones producto de la revolución educativa y los egresados o quedados del viejo sistema, a fin de procurarles espacio para su propio quehacer, hasta que por imperio inexorable del tiempo cedan los últimos su lugar a los que vienen. De ese modo, al cabo de 20 años, tendremos un país nuevo y mejor por lo que reste de la centuria.
La situación ya no admite más postergaciones. El país está enfrentando grandes retos internos y externos. Los primeros, conciernen a la búsqueda de un modelo económico - social que acabe con el desempleo y la pobreza. Los segundos se refieren a la imperiosa necesidad de competir de cara a un mundo globalizado en el que sólo los más aptos - hombres y naciones - sobrevivirán.
Todos los estudiosos coinciden en que no habrá país viable sin una reforma educativa que, por su profundidad, preferimos llamarla revolución. Hemos llegado al extremo de afirmar, en esta misma columna, que el cambio exige incluso dejar de lado a todas las generaciones presentes y a las que vengan durante los 20 años siguientes. Son generaciones perdidas, irredimibles por causa del viejo sistema.
La revolución educativa requerirá empezar por la forja de una nueva generación de educadores con cambios a nuevos métodos y principios, quienes trabajarán luego con los jardines de infancia y de allí sucesivamente hacia arriba, hasta la secundaria.
No será un educador del montón. Será una elite de la flor y nata de egresados, no de cualquier escuela sino de una que hoy no existe y que debemos fundar, proponiendo que la establezcamos en un centro de estudios con tradición, colmado de glorias e historia, hablamos de la Escuela Normal de Santiago, Juan Demóstenes Arosemena. No vemos ningún otro centro de ese perfil.
Los alumnos recibirán una educación personalizada, según sus inclinaciones y aptitudes. Cada uno recibirá una formación básica e integral que enfatizará sin embargo en las áreas que respondan a las particularidades de cada uno.
Los actuales maestros y profesores no serán despedidos. Seguirán trabajando con los alumnos del viejo sistema, hasta terminar el ciclo. Luego de eso, se jubilarán o serán adscritos a tareas de apoyo, no de enseñanza, labor que ha de ser servida sólo por los maestros de la nueva generación. Mientras tanto, se reforzará al Instituto Nacional de Formación Profesional (INAFORP) que fungirá como puente de transición entre las nuevas generaciones producto de la revolución educativa y los egresados o quedados del viejo sistema, a fin de procurarles espacio para su propio quehacer, hasta que por imperio inexorable del tiempo cedan los últimos su lugar a los que vienen. De ese modo, al cabo de 20 años, tendremos un país nuevo y mejor por lo que reste de la centuria.