¡O Filii et Filiae, morte surrexit gloriae!
"Oh hijos e hijas, el Rey celestial, Rey de la Gloria resucitó de la muerte para la gloria, Aleluia! Letras de un viejo himno pascual que aún recuerdo con su música gregoriana. Otro Domingo de Resurrección que nos toca celebrar, gracias a Dios.
A pesar de los dobles discursos y otras invectivas salidas de las propias filas podemos, sin ningún triunfalismo, afirmar que la mayoría de nuestro pueblo sea por una razón o por otra durante esta cuaresma ha estado tratando de buscar una coherencia en sus vidas. Y creo que este esfuerzo merece ser coronado con la esperanza de una resurrección.
Toda la liturgia exulta. Más aún, céntrico y conspicuo es el lugar que tiene el pregón pascual conocido como el "Exsultet", que son las primeras palabras de la frase "Exsultet iam angelica turba coelorum", cuya traducción es simplemente: "Regocíjense en los cielos los coros angélicos, celébrense con júbilo los misterios divinos y para publicar la victoria de Rey tan glorioso resuena la trompeta sagrada..." Júbilo, regocijo, aleluia porque recordamos la resurrección del Señor.
Conferirá no poco en medio de las alegrías, ponderar los significados que tiene la palabra resucitar que de un autor conocido, comparto con Vds. "Esta palabra tiene dos significados muy diferentes y no entendemos nada si no los distinguimos. Buena parte de los equívocos sobre este problema vienen de olvidar esa distinción. Porque la frase "resucitar de entre los muertos" tiene dos acepciones completamente distintas y los hombres tendemos a entenderla siempre en la primera e inferior de ellas.
Es el sentido que podíamos llamar "terrestre". Resucitar sería simplemente volver a la misma vida que se tenía antes, reanudas lo que la muerte interrumpió, como se vuelve a casa tras un corto o largo viaje. En ese sentido, el resucitado no tiene una "nueva" vida, sino una segunda parte de la "misma" vida. Sigue atado a la fugitividad, continúa siendo mortal. Esta es la resurrección de Lázaro. Esta parece ser la única resurrección a la que el hombre aspira. Pero esa resurrección, aún siendo muy importante, aún necesitando para producirse un enorme milagro, en realidad no resuelve ninguno de los grandes problemas humanos. La muerte sigue siendo muerte, el hombre sigue encadenado al tiempo y a la fugacidad. Esa resurrección es realidad, más una suspensión o un retraso de los efectos de la muerte, que una verdadera resurrección. No es una victoria sobre la muerte, no es la entrada en una vida plena y total.
Cuando hablamos de la resurrección de Cristo, hablamos de mucho más. Jesús al resucitar, no da un paso atrás, sino un paso adelante. No es que regrese a la vida de antes, es que entra en la vida total. No cruza hacia atrás el umbral de la muerte, sino que da un vertiginoso salto hacia delante, penetra en la eternidad, no reingresa en el tiempo, entra allí donde no hay tiempo. Si la primera forma de resurrección es un milagro, esta segunda es además un misterio; si la primera resulta en definitiva, comprensible, la segunda se vuelve inalcalzable para la inteligencia humana. Jesús, tras su resurrección, no "vuelve a estar vivo" sino que se convierte, como les gusta decir a los evangelistas, en "el viviente", en el que ya no puede morir. No es que regrese por la puerta por la que salió, es que encuentra y descubre una nueva puerta por la que se escapa hacia las praderas de la vida eterna.
Su resurrección no aporta pues, un "trozo" más a la vida humana, descubre una nueva vida y, con ello, trastorna nuestro sentido de la vida, al mostrarnos una que no está limitada por la muerte.
Pero no se trata de una nueva vida en sentido sólo espiritual, tal y como decimos que nuestros muertos han pasado a ella. Jesús entra, por su resurrección, en esta nueva vida con toda la plenariedad de su ser, en cuerpo y alma entero. Y quien resucita es él y no es él. Es él porque no se trata de una persona distinta, y no es él, porque el resucitado inaugura una humanidad nueva, no atada ya a la muerte. Como ha escrito un poeta, "al resucitar todos creyeron que él había vuelto. Pero no era él sino más". Era él, pero más él, era el definitivo.
Esta es la gran apuesta que los creyentes nos jugamos en al resurrección de Cristo: si él no resucitó somos los más desgraciados de los hombres, como dijo San Pablo. Pero, si él resucitó, ser hombre es la cosa más exaltante que puede existir. Como afirma Bruckenberger: "Ahí es donde se capta el profundo optimismo del cristianismo en comparación con el pesimismo platónico o hindú. La revelación propia de Jesucristo en su resurrección es que el cuerpo humano, humilde y necesario instrumento del alma, puede erguirla hasta la eternidad y participar en la eternidad. Lo que se hizo una vez para uno sólo puede hacerse para todos. Nosotros, los cristianos, esperamos la "resurrección de la carne", su promoción a la eternidad. ¡Prodigiosa aventura!. Con la resurrección de nuestro Señor Jesucristo se pone fin a nuestra miserable filosofía de rampantes: estamos hechos para penetrar en cuerpo y alma en la eternidad, para gozar a Dios, para devorarle como hermoso fruto de nuestro destino".
A pesar de los dobles discursos y otras invectivas salidas de las propias filas podemos, sin ningún triunfalismo, afirmar que la mayoría de nuestro pueblo sea por una razón o por otra durante esta cuaresma ha estado tratando de buscar una coherencia en sus vidas. Y creo que este esfuerzo merece ser coronado con la esperanza de una resurrección.
Toda la liturgia exulta. Más aún, céntrico y conspicuo es el lugar que tiene el pregón pascual conocido como el "Exsultet", que son las primeras palabras de la frase "Exsultet iam angelica turba coelorum", cuya traducción es simplemente: "Regocíjense en los cielos los coros angélicos, celébrense con júbilo los misterios divinos y para publicar la victoria de Rey tan glorioso resuena la trompeta sagrada..." Júbilo, regocijo, aleluia porque recordamos la resurrección del Señor.
Conferirá no poco en medio de las alegrías, ponderar los significados que tiene la palabra resucitar que de un autor conocido, comparto con Vds. "Esta palabra tiene dos significados muy diferentes y no entendemos nada si no los distinguimos. Buena parte de los equívocos sobre este problema vienen de olvidar esa distinción. Porque la frase "resucitar de entre los muertos" tiene dos acepciones completamente distintas y los hombres tendemos a entenderla siempre en la primera e inferior de ellas.
Es el sentido que podíamos llamar "terrestre". Resucitar sería simplemente volver a la misma vida que se tenía antes, reanudas lo que la muerte interrumpió, como se vuelve a casa tras un corto o largo viaje. En ese sentido, el resucitado no tiene una "nueva" vida, sino una segunda parte de la "misma" vida. Sigue atado a la fugitividad, continúa siendo mortal. Esta es la resurrección de Lázaro. Esta parece ser la única resurrección a la que el hombre aspira. Pero esa resurrección, aún siendo muy importante, aún necesitando para producirse un enorme milagro, en realidad no resuelve ninguno de los grandes problemas humanos. La muerte sigue siendo muerte, el hombre sigue encadenado al tiempo y a la fugacidad. Esa resurrección es realidad, más una suspensión o un retraso de los efectos de la muerte, que una verdadera resurrección. No es una victoria sobre la muerte, no es la entrada en una vida plena y total.
Cuando hablamos de la resurrección de Cristo, hablamos de mucho más. Jesús al resucitar, no da un paso atrás, sino un paso adelante. No es que regrese a la vida de antes, es que entra en la vida total. No cruza hacia atrás el umbral de la muerte, sino que da un vertiginoso salto hacia delante, penetra en la eternidad, no reingresa en el tiempo, entra allí donde no hay tiempo. Si la primera forma de resurrección es un milagro, esta segunda es además un misterio; si la primera resulta en definitiva, comprensible, la segunda se vuelve inalcalzable para la inteligencia humana. Jesús, tras su resurrección, no "vuelve a estar vivo" sino que se convierte, como les gusta decir a los evangelistas, en "el viviente", en el que ya no puede morir. No es que regrese por la puerta por la que salió, es que encuentra y descubre una nueva puerta por la que se escapa hacia las praderas de la vida eterna.
Su resurrección no aporta pues, un "trozo" más a la vida humana, descubre una nueva vida y, con ello, trastorna nuestro sentido de la vida, al mostrarnos una que no está limitada por la muerte.
Pero no se trata de una nueva vida en sentido sólo espiritual, tal y como decimos que nuestros muertos han pasado a ella. Jesús entra, por su resurrección, en esta nueva vida con toda la plenariedad de su ser, en cuerpo y alma entero. Y quien resucita es él y no es él. Es él porque no se trata de una persona distinta, y no es él, porque el resucitado inaugura una humanidad nueva, no atada ya a la muerte. Como ha escrito un poeta, "al resucitar todos creyeron que él había vuelto. Pero no era él sino más". Era él, pero más él, era el definitivo.
Esta es la gran apuesta que los creyentes nos jugamos en al resurrección de Cristo: si él no resucitó somos los más desgraciados de los hombres, como dijo San Pablo. Pero, si él resucitó, ser hombre es la cosa más exaltante que puede existir. Como afirma Bruckenberger: "Ahí es donde se capta el profundo optimismo del cristianismo en comparación con el pesimismo platónico o hindú. La revelación propia de Jesucristo en su resurrección es que el cuerpo humano, humilde y necesario instrumento del alma, puede erguirla hasta la eternidad y participar en la eternidad. Lo que se hizo una vez para uno sólo puede hacerse para todos. Nosotros, los cristianos, esperamos la "resurrección de la carne", su promoción a la eternidad. ¡Prodigiosa aventura!. Con la resurrección de nuestro Señor Jesucristo se pone fin a nuestra miserable filosofía de rampantes: estamos hechos para penetrar en cuerpo y alma en la eternidad, para gozar a Dios, para devorarle como hermoso fruto de nuestro destino".