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Obcecación excluyente


El miércoles 18 de julio, y en medio de un sigilo totalmente ajeno para con la actitud que debió establecerse desde su reversión a la República de Panamá, cruzó por el Canal el Pacific Sandpiper y su basura radioactiva.
Pasó de noche el istmo -recordando a Caronte y su barcaza, y sus míticas travesías de muerte por la laguna Estigia- para no hacer más evidente el repudio colectivo que este peligroso tránsito había generado por doquier.
De nada sirvió que hace dos años un presidente nuestro firmara el Acuerdo de Santo Domingo para impedir que surquen el Caribe estas naves y su letal carga, como tampoco que el canciller de turno se hubiese comprometido con el Grupo de Río en una causa similar sobre las aguas territoriales de los países miembros.
Menos importó el rechazo en pleno del Parlamento Centroamericano y el pronunciamiento en contra de la República de Costa Rica. Igual suerte tuvo la repulsa sustentada de abogados y científicos panameños, el comunicado de ANCON y los reclamos de importantes grupos ambientalistas del mundo entero, pues el Pacific Sandpiper y sus fardos mortales atravesaron el Canal amparados por las sombras de la noche.
Pagó menos de 10 mil dólares para malgastar 52 millones de galones de agua dulce mientras navegaba por el Gatún -ese lago noble y que apuntala a diario la vida de muchos moradores en la región interoceánica- sólo para el provecho de consorcios en otros pueblos muy lejanos.
Y transitó de nuevo sin problema aparente, pero esta vez a oscuras para desafiar aún más la saña de un hado impredecible. ¡Ay, pro mundi beneficio! ¡Hasta cuándo seguirá enraizada dentro de nuestra cultura la parte mala del famoso lema!
Nada dijo el Ejecutivo y sus ministros, especialmente ése que avaló con su firma las políticas que debimos haber adoptado desde hace ya buen tiempo sobre tan delicado asunto. Tampoco se escuchó una voz de alerta por parte de la ANAM y el celo de que hace gala para mantener sano nuestro ambiente, como también enmudeció la Autoridad Marítima Nacional respecto al control que en teoría ejerce sobre los mares panameños.
El Pacific Sandpiper volvió a cruzar el istmo - esta vez sin sol y en silencio - escoltado por aviones, lanchas y radares, pero haciendo caso omiso de las advertencias y acuerdos internacionales pactados sobre tan importante tema.
Sinceramente espero que este infortunado evento haya sido el último acto de esa dicotomía innecesaria en que se han sumido la ACP y el resto de las estructuras gubernamentales. Para comenzar, no se trata de dos países distintos, sino de una sola nación donde la vía interoceánica forma parte de ella, y no a la inversa. Vuelvo a destacar que la República de Panamá y el Canal aún no se han ajustado a los deberes que esta nueva relación demanda mutuamente, como tampoco han percibido el beneficio agregado que ambos pudieran obtener si se complementaran de manera armónica dentro de un gran esquema nacional de desarrollo.
Dada la innegable obcecación demostrada frente al caso que hoy motiva este artículo, pregunto: ¿Cómo manejará, entonces, la ACP la necesaria imparcialidad y obediencia que demandará el dictamen respecto a la modernización del Canal que tomemos todos los que aquí habitamos, especialmente en lo que concierne a comprometer parte significativa de nuestro territorio para efectuar una inversión billonaria en nuevos embalses y un posible tercer juego de esclusas?
Por el futuro mismo de la Nación panameña anhelo no ver más actitudes similares a la que se dio con el Pacific Sandpiper. Es hora ya de que el Canal se incorpore plenamente al país, no como ente único y razón de ser de nuestra nacionalidad, mas sí como otro elemento de que disponemos para aprovechar plenamente nuestra vocación histórica. (rbermudez@cableonda.net)

101 años de Panamá América

 
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