Obligaciones de ganadores y perdedores
En toda contienda democrática interna de un partido existen vencedores y perdedores, pero como no se trata de una contienda militar no es justificable ni la soberbia y arrogancia de los ganadores, ni el resentimiento y divisionismo de los derrotados. Al concluir el recuento oficial de los votos, la práctica democrática universal establece que los sectores en pugna deben reconciliarse en aras de la unidad partidaria y trabajar mancomunadamente en la consecución de sus objetivos políticos.
A quienes a pesar de sus esfuerzos, no lograron el respaldo mayoritario de la militancia, corresponde quizá la parte más difícil y delicada. Deben saber asimilar con humildad y realismo la voluntad de sus copartidarios y respetarla. Deben descartar y rechazar con determinación las tentaciones e invitaciones al cisma que formulan los que anteponen sus intereses personales o de grupo al mandato superior de la unidad. Deben entender que la contienda concluyó con el pronunciamiento de las bases partidarias y que, por ende, persistir en mantener divisiones de criterios o tratar de condicionar entendimientos, como si nada hubiera acontecido, en nada enaltece ni abona a sus posibilidades futuras.
El arnulfismo ha enfrentado a lo largo de su historia diversos intentos de divisionismo interno que a finales de la década de los fatídicos ochenta se llegó al clímax con la usurpación norieguista del nombre del partidario. Empero la historia de dicho partido y otros muchos demuestra que aquellos subterfugios siempre fracasan y continuarán fracasando porque son incompatibles con el espíritu de solidaridad y fortaleza interna que caracteriza a todo partido de raigambre e historia.
A la tendencia liderada por Mireya Moscoso corresponde un esfuerzo de conciliación. El revanchismo, el ajuste de cuentas, o la infravaloración del adversario coyuntural, resienten la unidad partidaria y alimentan la estrategia terceras fuerzas, urdidas para fragmentar a la oposición y para satisfacer inquinas personales.
Por eso, ante el hecho insoslayable del resultado de las primarias y los deberes que conlleva el pronunciamiento democrático de las bases, no cabe otra postura a los arnulfistas que olvidar las diferencias momentáneas, cicatrizar las heridas abiertas en el fragor de la contienda, reconocer el liderazgo de Mireya Moscoso y estrechar la mano que a ella corresponde tender. En alta política, se debe ser grande en la derrota y gigante en la victoria.
A quienes a pesar de sus esfuerzos, no lograron el respaldo mayoritario de la militancia, corresponde quizá la parte más difícil y delicada. Deben saber asimilar con humildad y realismo la voluntad de sus copartidarios y respetarla. Deben descartar y rechazar con determinación las tentaciones e invitaciones al cisma que formulan los que anteponen sus intereses personales o de grupo al mandato superior de la unidad. Deben entender que la contienda concluyó con el pronunciamiento de las bases partidarias y que, por ende, persistir en mantener divisiones de criterios o tratar de condicionar entendimientos, como si nada hubiera acontecido, en nada enaltece ni abona a sus posibilidades futuras.
El arnulfismo ha enfrentado a lo largo de su historia diversos intentos de divisionismo interno que a finales de la década de los fatídicos ochenta se llegó al clímax con la usurpación norieguista del nombre del partidario. Empero la historia de dicho partido y otros muchos demuestra que aquellos subterfugios siempre fracasan y continuarán fracasando porque son incompatibles con el espíritu de solidaridad y fortaleza interna que caracteriza a todo partido de raigambre e historia.
A la tendencia liderada por Mireya Moscoso corresponde un esfuerzo de conciliación. El revanchismo, el ajuste de cuentas, o la infravaloración del adversario coyuntural, resienten la unidad partidaria y alimentan la estrategia terceras fuerzas, urdidas para fragmentar a la oposición y para satisfacer inquinas personales.
Por eso, ante el hecho insoslayable del resultado de las primarias y los deberes que conlleva el pronunciamiento democrático de las bases, no cabe otra postura a los arnulfistas que olvidar las diferencias momentáneas, cicatrizar las heridas abiertas en el fragor de la contienda, reconocer el liderazgo de Mireya Moscoso y estrechar la mano que a ella corresponde tender. En alta política, se debe ser grande en la derrota y gigante en la victoria.